MAD MAX. SALVAJES DE AUTOPISTA (1979) -Parte 1/2-

MAD MAX. SALVAJES DE AUTOPISTA (1979) -Parte 1/2-

GEORGE MILLER

 

 

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Una de las sagas de ciencia ficción más influyentes estéticamente de la historia del cine, aunque su calidad cinematográfica sea más bien discreta, lo que es mérito añadido. Si no fuera por su estética y concepción realista, de futuro escalofriantemente posible, seco, duro y sencillo, verosímil, es posible que “Mad Max” no pasara el corte, más allá de ser una efectiva película de acción con sus evidentes defectos, un aseado entretenimiento de vigorosa e imaginativa dirección, lo que no es poco, pero que de ningún modo la hubiera situado como el referente que es.

Su estética apocalíptica ha sido, es y será imitada y obligada influencia para infinidad de películas. Una estética revolucionaria e innovadora, que hace de la necesidad virtud, maximizando con talento un presupuesto ínfimo.

Mad Max” es una película dispersa, episódica y algo falta de cohesión, pero eficaz y sencilla, con una dirección más que competente y un montaje excepcional, una de las grandes virtudes de la saga. Su trama es básica y a nivel conceptual su simpleza es absoluta. Una distopía sucia, dura, sin concesiones, que fue una revolución en su época y que ahora proliferan desesperantemente en las salas de todo el mundo.

 

 

Una mezcla entre thriller de ciencia ficción y western, que de la mano de George Miller se descubre como una mezcla entre Steven Spielberg y Sergio Leone. Set pieces sin excesiva cohesión que desarrollan una serie de peripecias y aventuras, escenas de acción donde sobresalen la imaginación, la puesta en escena y las coreografías ideadas por Miller, el gran aliciente de la cinta.

No es raro que George Miller fuera comparado con el primer Spielberg, el de “El diablo sobre ruedas” (1971) o “Tiburón” (1975), algo lleno de razón, porque lo que más destaca es la imaginación , virtuosismo y visión del espectáculo a la hora de escenificar la acción en su puesta en escena, con planos generales que nos la muestran a la perfección, un montaje extraordinario y una inventiva y planificación excepcionales para resultar siempre sorprendente y atractivo dando un poco más siempre de lo que se espera. Del mismo modo, ese universo seco, duro, apocalíptico, sin moral, nos remite al spaghetti western y a Sergio Leone, del cual además toma prestado su facilidad para la presentación de personajes, dotándolos de elementos carismáticos y especiales, excéntricos. La perfecta fusión entre Spielberg y Leone. Miller sacó partido a lo bien que encajan western y ciencia ficción, a lo bien que encaja el western con todo.

El universo que creó Miller, imitado hasta la saciedad, tiene unos elementos muy reconocibles, brillantes y efectivos. Esa estética revolucionaria que copiaron u homenajearon infinidad de títulos posteriormente. El feísmo; el naturalismo; el realismo y salvajismo de un futuro apocalíptico creíble; la violencia; la crudeza; la crueldad; lo desagradable; lo obsceno; lo desértico, lo arenoso y rocoso: los colores ocres; el mundo en declive; la podredumbre… Un mundo bestial, duro, nada edulcorado, truculento, opuesto a la asepsia glamurosa habitual de la ciencia ficción, que ha sobrepasado límites. Un universo que queda esbozado, aunque presente y paradigmático, en esta primera parte, pero será en la segunda, con ese eterno desierto como único decorado y donde los automóviles parecen el único hogar, donde todo ese universo y mitología se desarrollarán y definirán con más precisión, donde prima la ley del más fuerte porque ya es la única ley que vale y donde el combustible y la lucha por él son la única ambición.

Títulos como “Waterworld” (Kevin Reynolds, 1995), “Noé” (Darren Aronofsky, 2014), “The road” (John Hillcoat, 2009), “Resident Evil 3” (Russell Mulcahy, 2007), “Elysium” (Neill Blomkamp, 2013), “Distrito 9” (Neill Blomkamp, 2009), “Soy leyenda” (Francis Lawrence, 2007), “Oblivion” (Joseph Kosinski, 2013), “El libro de Eli” (Albert y Allen Hughes, 2010), “Snowpiercer” (Bong Joon-ho, 2013) , los mismos “Los juegos del hambre”, “1997: Rescate en Nueva York” (John Carpenter, 1981) y su secuela… son tributarios de la cinta de Miller… Incluso el mundo oriental, que tiene a la venganza como uno de sus pilares conceptuales y temáticos, se vio atraído por “Mad Max” y su estética, con numerosos ejemplos en cómics manga y películas, por ejemplo “El puño de la estrella del norte” (Toyoo Ashida, 1986)… El infinito…

Y es que las distopías sucias, el cine post apocalíptico y catastrofista, el cine moderno de este género que asola nuestras pantallas, tiene en “Mad Max” su principal referente, la columna vertebral estética y conceptual, incluso.

 

 

Mad Max” es una película muy modesta, realizada con cuatro duros, “de serie B”, con una evidente escasez de recursos y donde la mayoría de los miembros del equipo eran debutantes, que alcanzó un inesperado y sorprendente éxito. Una película de pasmosa sencillez, con la venganza como concepto motivador de los actos de los personajes, muy imperfecta, con muchos defectos, donde la trama es mera anécdota, compensado por el vigor, la energía y la potencia de una dirección y puesta en escena muy notables.

Los defectos son muy claros y se hacen evidentes: Escenas estiradas sin motivo que se descubren como mero relleno, aunque logran un buen suspense y resultar imprevisibles (la mayor parte de la historia y los personajes son mero relleno en escenas estiradas sin necesidad), donde los comportamientos resultan arbitrarios en demasiadas ocasiones, donde se abusa de coincidencias absurdas y gratuitas… Defectos que no evitan que se disfrute de las muchas escenas de acción que están verdaderamente bien rodadas, ejecutadas con una solvencia técnica sorprendente, un uso excepcional del plano general para que podamos disfrutar de toda la acción sin perdernos nada, así como una planificación en las coreografías y un montaje verdaderamente sobresalientes, y más teniendo los pocos medios con que se contaban.

En 1953, Fritz Lang, uno de los 5 mejores directores de la historia del cine y uno de los grandes pioneros, creó la figura del vengador justiciero, el policía que se tomaba la justicia por su cuenta, obviando la ley, tras un hecho traumático, con Glenn Ford en su obra maestra “Los sobornados”, una de las mejores películas de cine negro que se han hecho.

El vengador que busca saciar su sed tras perder a su familia o algún ser querido a manos de criminales despiadados, se ha convertido casi en un género propio, muy apegado al thriller, aunque en absoluto exclusivo de este (ciencia ficción, western, aventuras, el fantástico… incluyen esta figura en infinidad de títulos). Una figura que luego ha sido tremendamente recurrente en el cine, con grandes momentos de auge y apogeo, por ejemplo en las décadas de los 70 y 80, donde las películas de Clint Eastwood, Charles Bronson, Steven Seagal o Arnold Schwarzenegger proliferaron como ejemplos paradigmáticos. “Mad Max, Salvajes de autopista” se inserta en esta tendencia, con una misión personal, individual y vengadora, en una época, finales de los 70, llena de descaro y atrevimiento en muchos aspectos.

Todo esto encaja a la perfección con esta primera parte, pero la saga y la figura de su protagonista han ido evolucionando hasta casi la abstracción. Del vengador, individualizado, con una vida, un trabajo, el policía romántico y responsable, pasará a convertirse en un ser mitológico, abstracto, casi universal, un superviviente al que la humanidad se le va derramando por sus resecos poros. Un viaje hacia la locura que empezó con la tragedia de la película original, pero a la que nunca se entrega por entero. Una locura que parecía latir en el interior del personaje, aunque irá recomponiendo su humanidad de alguna forma durante la evolución de la saga. Hay que tener en cuenta que “Mad Max” es una saga no prevista, como todas las de aquella época, lo que producía una colección de títulos mediocres.

 

 

La secuela siempre ha existido en el cine, pero en el clásico eran algo muy excepcional. Es a partir de los 80 donde esta idea de secuela se empieza a desarrollar de forma constante y continua. Las secuelas se sucedían aprovechando un éxito repentino o no tanto, pero no se planificaban casi nunca, al contrario de lo que sucede ahora. Es por ello que en la actualidad, gracias a la planificación de las secuelas, es fácil encontrar que los mejores títulos de las sagas están en alguna de esas secuelas, que superan a la original sin dificultad. Esto no ocurría en los 70, los 80 ni los 90 generalmente.

Curiosamente sí sucede con “Mad Max”, donde la segunda parte, “Mad Max 2. El guerrero de la carretera” (George Miller 1981), supera en casi todo a la original, aunque sin su imprevisibilidad ni salvajismo. Es una película mucho más cuidada, cohesionada y depurada, con más medios, y que desarrolló y definió definitivamente el universo que se esbozó en la primera. Es la segunda película de la saga la que define el universo y mundo apocalíptico verdaderamente de “Mad Max”. “Mad Max 2. El guerrero de la carretera” es la mejor película de la trilogía original.

En cambio, la tercera parte de la saga, “Mad Max 3. Más allá de la cúpula del trueno”, sí tiene todos los defectos de las habituales secuelas de la época, resultando, con diferencia, la peor de todas, muy mediocre e infantil. De ínfulas filosóficas y pretendiendo extender la mitología de la saga creando un pasado mítico, resulta aburrida y casi ingenua, fallida, sin casi nada del vigor de las anteriores, donde los numerosos niños que salen acaban infantilizando y minimizando toda la fuerza salvaje característica de la saga. Los niños en esta tercera parte acaban siendo tan perjudiciales como los ewoks, muy monos ellos, en “El retorno del Jedi” (Richard Marquand, 1983).

 

 

El salvajismo se fue atemperando con los sucesivos episodios en la saga, dando paso a un espectáculo más accesible, desapareciendo las truculencias violentas, frenéticas y vigorosas que hicieron célebre a la cinta original, aunque conservando la estética feísta y sucia.

Max Rockatansky es un policía en un futuro no muy lejano que vigila la autopista. En una persecución, el “Jinete nocturno” tendrá un accidente tratando de huir de Max, lo que llevará a la ciudad a sus compañeros de banda, un grupo de pirados y vándalos moteros que buscan venganza. El mundo de Max cambiará por completo.

Desde el mismo inicio, la mencionada mezcla entre Spielberg y Leone se hace patente. Las persecuciones en coche y moto están rodadas de forma virtuosa y nos pueden remitir, tranquilamente, al vigor y frenesí visual de “El diablo sobre ruedas” (1971). Por otro lado, las presentaciones de los personajes, carismáticas y centrándose en elementos del vestuario e insinuantes planos escindidos, planos detalle, nos remiten al cine de Leone y sus presentaciones “guays” y su uso del vestuario.

 

 

Las botas, que vemos como objeto representativo de los policías y varios personajes, incluido Max (Mel Gibson), las cazadoras negras, los coches especiales de persecución… La presentación que le dedica a Gibson es elaborada, tomándose su tiempo, dotándole de un aura misteriosa, mitológica, como acabará resultando en las posteriores entregas de la saga. Sus gafas de sol, su perfil, sus encuadres de espaldas ocultándonos el rostro del héroe, los planos escindidos en sus apariciones, preparándose lentamente para intervenir, sus guantes, su cazadora, su barbilla en el retrovisor…

Así será con nuestro protagonista. Tras más de once minutos de acción sin frenos, nunca mejor dicho, veremos el rostro de Gibson, primero tras los cristales de su coche y, finalmente, con claridad fuera de su automóvil.

La gente ya no cree en héroes”. Pero quizá sí en locos…

 

 

Otro aspecto que relaciona la película con Leone es el uso de motes: El “Jinete nocturno” para el loco conductor al que persiguen los policías; Bailarín, Liebre o Ganso para los propios policías; Cortauñas para el villano de la función… “Fuerza Central” será la base de operaciones. La amenaza al jefe de estación nos recuerda al inicio de “Hasta que llegó su hora” (1968).

De esta forma nos adentramos en ese mundo post apocalíptico que aún no ha tocado fondo. Aunque todo parece derruido y en declive, aún existe lo cotidiano, la normalización. Un mundo lleno de sexo, violaciones, pirados, bandas que aterrorizan a las ciudades, policías voyeur… Incluso en las instalaciones de “Fuerza Central” todo será cochambroso y cutre, con los policías ignorando los formalismos y las normas que salen por los altavoces.

 

 

 

Dentro de todos los rasgos estilísticos destacables en la película, el montaje es uno de los más sobresalientes. Los encadenados iniciales ya son un avance a este respecto, del sexo furtivo a los polis voyeurs y el loco conductor… Un montaje que será muy sincopado a menudo, pero extraordinariamente preciso y dejando apreciar la acción con claridad, en un tempo muy logrado. El otro gran aspecto técnico a destacar, durante toda la saga, es la fotografía de David Eggby.

Hay otros detalles de estilo interesantes: los zooms o los travellings de retroceso que redefinen la escena son también bastante utilizados por George Miller. Miller logra la imprevisibilidad casi en cada momento.

 

 

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sambo

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