TRILOGÍA MAD MAX

TRILOGÍA MAD MAX

CINE

 

 

 

 

Una vez se estrenó “Mad Max: Furia en la carretera”, cuarta parte de las peripecias de “Max, el loco”, me pareció una buena idea recordar los episodios anteriores de esta influyente saga creada y dirigida por George Miller, de las más influyentes estéticamente del cine moderno.

Cinematográficamente hablando, la saga de “Mad Max” no pasaría el corte más allá de un aseado entretenimiento de vigorosa e imaginativa dirección, pero la estética apocalíptica, que hizo de la necesidad virtud, la han convertido en un referente absoluto, citado en innumerables ocasiones y homenajeado hasta la saciedad. “Mad Max” es simple, sencilla, pero eficaz, y su estética ha resultado revolucionaria e increíblemente influyente e innovadora.

La saga “Mad Max” es un distopía sucia y apocalíptica, de esas que ahora proliferan por las salas con innumerables y, en muchas ocasiones, insufribles ejemplos, pero que en aquella época fue casi una revolución.

A nivel conceptual y de trama, las cintas de “Mad Max” son de una simpleza absoluta, meras excusas para desarrollar una serie de peripecias y aventuras donde sobresalen la imaginación, las coreografías y la puesta en escena de su director, George Miller, que llegó a ser comparado con el primer Spielberg, el de “El diablo sobre ruedas” (1971) y “Tiburón” (1975)… y no falta razón. De hecho, esta saga de “Mad Max” tiene tanto del espectáculo y virtuosismo imaginativo de la dirección de Spielberg como del spaghetti western que sublimó Sergio Leone. Por tanto, “Mad Max. Salvajes de autopista” y sus secuelas, serían algo así como la fusión perfecta del estilo Spielberg con el estilo Leone.

Miller descubrió a muchos lo bien que encajan western y ciencia ficción, lo bien que le encaja el western a todo.

 

 

La saga ha ido evolucionando de forma drástica. La primera parte fue un sorprendente éxito de taquilla, a pesar de la escasez de recursos y de que casi todos los miembros del equipo eran debutantes. Una historia de una pasmosa sencillez con la venganza como concepto motivador de los actos de los personajes. Una película con muchos defectos, donde la trama es una simple anécdota, pero que tiene un vigor en la dirección y la puesta en escena francamente excepcionales. Escenas estiradas que consiguen un buen suspense y resultar imprevisibles, pero que se descubren como mero relleno. La mayor parte de la película y de los personajes que aparecen son relleno, con escenas alargadas sin necesidad, donde los comportamientos son arbitrarios en muchas ocasiones, las coincidencias resultan absurdas y muchos momentos de la trama son gratuitos, defectos que, a pesar de todo, no evitan el disfrute de las innumerables escenas de acción que están francamente bien rodadas, con un uso del plano general y una planificación en las coreografías muy meritorio para los pocos medios de los que disponían.

La figura del vengador justiciero, el policía que acaba obviando la ley para cumplir su venganza tras un hecho traumático, ha sido muy recurrente a lo largo de la historia del cine, y sigue siéndolo, con momentos de gran auge y apogeo, por ejemplo en la época en la que se inserta “Mad Max. Salvajes de autopista”. Una misión personal, individual y vengadora.

Como en tantas ocasiones, podemos encontrar en Fritz Lang y el Glenn Ford de “Los sobornados” (1953), el origen de todo esto. El vengador que busca saciar su sed tras haber perdido a su familia o algún ser querido se ha convertido casi en un género propio, muy ligado al thriller, pero válido para otros muchos géneros, como la ciencia ficción, el fantástico, las aventuras, el western… Las películas de Charles Bronson, Steven Seagal, Clint Estwood… que tanto proliferaron y tanto éxito tuvieron en los 70 y 80 son ejemplos paradigmáticos. Una época de descaro y atrevimiento en muchos aspectos.

 

En las posteriores entregas, la figura del protagonista y el entorno en el que se mueve fueron variando. La humanidad parece desaparecida en Max en la segunda entrega, tras ese viaje hacia la locura que latía en su interior y que presenciamos en la primera parte, una humanidad que irá renaciendo durante la narración. “Mad Max 2. El guerrero de la carretera” (1981), es mejor película que la original, más cuidada y depurada, con más medios, más cohesionada, aunque carece de la imprevisibilidad de la primera y su salvajismo. Un salvajismo que se atemperó en los capítulos siguientes, recurriendo a un tipo de espectáculo más accesible, con menos truculencias violentas, frenéticas y vigorosas en la trama de las que destacaron en la primera entrega de la saga, que se mantuvieron en menor grado en la segunda hasta casi desaparecer en la tercera.

Si bien la estética ha sido, es y será el punto fuerte de la saga por su influencia revolucionaria, el feísmo, el naturalismo, el realismo de un futuro postapocalíptico creíble, la violencia, la crueldad, la crudeza, lo desagradable… en la primera parte de la saga sólo quedan esbozados, aunque presentes y paradigmáticos, la base de todo, pero será en la segunda, en ese eterno desierto como único decorado y donde los automóviles parecen el único hogar, donde todo ese universo y mitología se desarrollarán con más precisión, donde prima la ley del más fuerte porque ya es la única ley que vale y donde el combustible y la lucha por él son la única ambición.

 

 

 

 

 

 

La tercera parte, “Mad Max 3. Más allá de la cúpula del trueno” (1985), es, con diferencia, la peor de las tres. Concebida con ínfulas filosóficas y pretendiendo extender la mitología de la saga creando un pasado mítico, resulta aburrida y casi ingenua, fallida, sin casi nada del vigor de las anteriores, donde los numerosos niños que salen acaban infantilizando y minimizando toda la fuerza salvaje característica de la saga. Los niños en esta tercera parte acaban siendo tan perjudiciales como los Ewoks, muy monos ellos, en “El retorno del Jedi” (Richard Marquand, 1983).

La influencia de esa estética desértica, desnuda, salvaje, bestial, dura, llena de naranjas y ocres, naturalista, nada edulcorada, truculenta, opuesta a la asepsia glamurosa habitual de la ciencia ficción, ha sobrepasado límites. Así son innumerables los títulos tributarios de “Mad Max” y su universo.  “Waterworld” (Kevin Reynolds, 1995), “Noé” (Darren Aronofsky, 2014), “The road” (John Hillcoat, 2009), “Resident Evil 3” (Russell Mulcahy, 2007), “Elysium” (Neill Blomkamp, 2013), “Distrito 9” (Neill Blomkamp, 2009), “Soy leyenda” (Francis Lawrence, 2007), “Oblivion” (Joseph Kosinski, 2013), “El libro de Eli” (Albert y Allen Hughes, 2010), “Snowpiercer” (Bong Joon-ho, 2013), los mismos “Los juegos del hambre”, “1997: Rescate en Nueva York” (John Carpenter, 1981) y su secuela, muy tributarias de la cinta de Miller… El infinito…

Incluso el mundo oriental, que tiene a la venganza como uno de sus pilares conceptuales y temáticos, se vio atraído por “Mad Max” y su estética, con numerosos ejemplos en cómics manga y películas, por ejemplo “El puño de la estrella del norte” (Toyoo Ashida, 1986).

Estilísticamente, la dirección de Miller es magnífica, un gran narrador, muy imaginativo en la puesta en escena, con un buen uso del plano general para que apreciemos bien la acción, síntoma de rodaje de calidad, coreografías cuidadas y un buen talento para el encuadre. Uno de sus rasgos más llamativos lo tenemos con el travelling o el uso del zoom de retroceso, que redefine el sentido de una escena o secuencia, creando suspense o haciendo surgir la inquietud con un elemento amenazante. El montaje y la fotografía son los aspectos técnicos más destacados de toda la saga. El pulso narrativo y el ritmo de las películas, peor en la tercera, es ejemplar, a pesar del simplismo de las historias.

Esta saga dio una estrella, lanzó al Olimpo a un joven actor que ha sido una de las grandes estrellas de los 80 y los 90, Mel Gibson. Un actor limitado pero de indiscutible carisma e inteligencia, que ha participado en varias sagas de éxito (a la que nos ocupa sumaremos “Arma Letal” de Richard Donner), y otros muchos títulos de interés. Además, en su carrera como director, breve hasta ahora, ha demostrando un inmenso talento, regalándonos obras más que notables, porque tiene un poderío visual gigantesco. Con el “Loco Max” vemos un rol en el que está muy a gusto, el de duro con un punto perturbado. Aquí no aparece histrionismo en casi ningún momento, pero los héroes que interpreta Gibson están en muchas ocasiones lindantes con la locura, tienen un punto perturbado, siempre al límite, entre la sensatez y la esquizofrenia, lo que resulta muy estimulante y hace que sus reacciones sean imprevisibles, un tipo de héroe muy peculiar que a la vez se hace creíble, precisamente, por esa necesaria locura que debe poseer un héroe de ficción. La expresión con los ojos muy abiertos es una de las firmas o tics interpretativos de Gibson, que con ese tono funciona a la perfección en el género de acción, en la comedia o incluso de villano.

Con todo esto no puedo más que recomendar una saga revolucionaria e influyente, más allá de sus discretos valores cinematográficos, que resulta impagable como entretenimiento y que promete nuevas aventuras tras la cuarta parte de la saga, protagonizada por Tom Hardy y Charlize Theron, y que tendrá de nuevo a Miller a los mandos, “Mad Max: The Wasteland” (2020). Es un buen momento para refrescarla, disfrutarla y zambullirse en ese mundo apocalíptico, infernal, con héroes locos que siempre acaban apostando por lo humano, por la bondad, y enfrentándose a esa violencia y locura que conocen tan bien para abatirlas.

 

sambo

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