STEVEN SPIELBERG

 

 

 

5/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Steven Spielberg es un genio, uno de los directores más grandes de todos los tiempos y uno de los principales referentes entre los que permanecen en activo. Revolucionó el cine y su manera de concebirlo rescatando a los genios clásicos y dándoles un barniz personal. Un genio que lo ha demostrado en múltiples ocasiones y de muy diversas maneras, en todo tipo de géneros. Y lo era ya en este, su primer film. Esa sabiduría sobre lo que quería y lo que pretendía, ese estilo personal, clásico, que esconde secretos, símbolos y elementos conceptuales tras la carcasa evidente, ya se aprecia con asombrosa claridad aquí.

Aunque aún esquemático, más sencillo que otros que vendrían, ya está presente ese uso virtuoso del subtexto esencial camuflado en la trama principal, más efectista, entretenida, absorbente, adictiva, con la que se engancha el público, confundida con comercialidad superflua o intrascendente incluso por algunos supuestos críticos.

Sí, ya aquí Spielberg nos hablaba de otras cosas que nada tenían que ver con lo aparente, ya ocultaba su propósito detrás de una efectista y trepidante trama, entretenida y asfixiante, porque no, de lo último que habla Spielberg es de camioneros asesinos y psicópatas que persiguen al azar a desventurados conductores.

 

 

“El diablo sobre ruedas” se descubre como un turbulento y sencillo relato kafkiano, absurdo e impotente, donde un hombre lucha contra sus propios miedos, complejos y defectos. Un thriller ejemplar, un perfecto mecanismo de acción y terror, un ejercicio de estilo magistral de un director principiante… pero donde hay más.

Spielberg nos habla aquí, sin extenderse mucho ni encauzar profundidades, sobre la idea de confort y su absurdo, la falsa idea de comodidad y seguridad en el estado de bienestar (sobre lo que indagaría en más profundidad y con más foco en “Tiburón”), pero sobre todo es un retrato psicológico de un personaje acomplejado, adocenado, inseguro, producto de ese estado del bienestar… para luego regodearse y gozar, sublimar la narración cinematográfica con un ejercicio de estilo de pura acción y terror deslumbrante, realizado con cuatro duros y destinado a la televisión… pero que vista la calidad y el éxito hubo que estrenar en cines.

Una genialidad accesible que esconde y encierra una tesis encubierta muy psicológica con el sentimiento de culpa y los complejos como columna vertebral.

Complejo infernal personificado en un camión.

En este tipo de películas metafóricas, que exploran conceptos desde el subtexto y se basan en una trama sencilla y asequible, hay siempre que observar los pequeños detalles o pistas de puesta en escena que dejan los directores, lo que no es siempre fácil (la genialidad de no mostrar los rostros adultos en E.T., la evolución de los dinosaurios en Parque Jurásico…), así como en los diálogos, especialmente en los iniciales, que es donde se marca la tesis y esencia del film, ya que luego se desarrollará la trama que fundamente la película (una persecución, una búsqueda), que se adapte sin más al relato aventurero o heroico más convencional en apariencia.

Por ello deben escuchar atentamente lo que se dice al principio, en esa radio que escucha el protagonista (y de la que ya nunca volveremos a oír nada salvo música), así como a los diálogos que tiene él mismo con su mujer por teléfono, que es la secuencia esencial y definitoria del film.

–Abrimos la película con un excelente plano subjetivo desde el coche de nuestro protagonista, saliendo del mismo garaje (esa subjetividad que definirá el subtexto del film). Escuchamos noticias convencionales sobre un robo de coche, un accidente, el tráfico, el tiempo, publicidad, resultados deportivos… nada significativo. Encadenados sucesivos por la carretera en los que de lo concurrido y urbano vamos llegando a lo desértico y rural… Es como si fuéramos a sumergirnos en un oscuro y pesadillesco túnel que lo cambiará todo. Muy “Alicia en el País de las Maravillas”, en realidad.

 

 

 

 

 

 

 

–Pues bien, observad el cambio. Pasados los tres primeros minutos de película en esa tesitura subjetiva, tendremos el primer plano no subjetivo para ver el coche del protagonista desde fuera. Será justo en el momento en el que en la radio un señor comience a exponer sus dudas en un programa. Extrañas dudas…

Justo antes de hacer su pregunta: “¿Es usted el cabeza de familia?”, Spielberg, desde el montaje, realiza un extraño encadenado, casi onírico, donde el coche rojo (para resaltarlo en esas tierras desérticas) del protagonista parece desdoblarse en dos. Una extrañeza estilística que supone casi un desdoblamiento psicológico en el personaje.

 

 

 

 

 

 

En ese momento comenzará a desarrollarse una conversación radiofónica que descubriremos se identifica directamente con el protagonista, definiendo el tema clave. Habla un hombre que no se ve como cabeza de familiar, que está al cargo de sus hijos y que habla con profundo rencor y odio de su mujer…

“El día que me casé con la mujer con la que, por desgracia, llevo casado 25 años…”. “Perdí mi posición como cabeza de familia. Lo que hago es quedarme en casa”. “Odio trabajar, odio salir, tratar con la gente, pelearme por un ascenso y ese tipo de cosas”.

“La verdad es que no soy el cabeza de familia, sin embargo soy el hombre de la casa, aunque algunos de mis vecinos lo pondrían en entredicho”.

“¿Qué pensará la gente?”

Un hombre pusilánime, inseguro, acomplejado, que cree no pintar nada en casa, que no es capaz de dar la cara o luchar, que piensa que sus vecinos lo ven débil…

 

 

–Justo cuando el hombre de la radio explique sus complejos, sus dudas e inseguridades, cuando manifieste su preocupación por lo que pensará la gente, Spielberg, con un soberbio travelling con panorámica, nos presentará al camión que nos aterrará durante la narración, vinculando así (con ese rasgo estilístico mencionado del travelling con panorámica, justo cuando la locutora aconseja poner el nombre de su mujer como cabeza de familia ante el desconcierto del hombre y sus vergüenzas, así como la promesa de anonimato) al protagonista y lo que oye en la radio con ese monstruo alargado con ruedas que se manifiesta. Un camión que aglutinará todos esos complejos, miedos e inseguridades.

Un camión que ensordecerá toda la verborrea radiofónica que nos venía acompañando hasta ese momento… hasta mostrarnos el amenazante morro en contrapicado lleno de matrículas, como si fueran trofeos de otras víctimas.

 

 

¿Y qué comenzamos a saber del protagonista? Que es pusilánime, que es incapaz de dar la cara por su mujer, que su vecino lo ve débil y por eso se permite el lujo de coquetear descaradamente con su esposa delante de su cara… Reproches de su propia mujer.

Es decir, la radio, en ese inicio, en esa especie de mundo redentor, onírico y pesadillesco en el que parece haberse adentrado, funciona de elemento catártico, de manifestación de su propia psique… como lo será el camión que la sustituye.

“Ella se volvió muy agresiva”. “Le tengo miedo”.

La conversación radiofónica concluirá en el momento en el que el camión lo vuelva a rebasar, señalando la primera extrañeza, el inicio de la pesadilla. Acabamos de adentrarnos en el infierno psicológico del protagonista que buscará redención.

 

 

–Una vez se aleja del camión al adelantarlo de nuevo, las conversaciones radiofónicas también cambiarán, hablando de cosas surrealistas, frívolas, raras, como el que toca música con carne por diversión, el que hace música con la bomba de la bicicleta o un reloj con la pata de una mesa… La evasión, que es a lo que recurre siempre para evitar el conflicto, como veremos en la conversación posterior con su mujer.

“Toco con carne”.

–Observad en la gasolinera cómo Spielberg sigue introduciendo los elementos que forman el subtexto. Diálogos que el espectador casi pasa por alto, que en apariencia son intrascendentes, pero que resultan la clave, el meollo del film.

–Gasolinero: Usted manda.

–David (Dennis Weaver): En mi casa no.

 

 

 

 

 

Allí acudirá el camionero, generando elementos de suspense y extrañeza. Un personaje al que no logramos ver con el juego de Spielberg con el punto de vista. En el diálogo destacado arriba, se vuelve a incidir en ese complejo del protagonista, que se liga con lo escuchado en la radio, y que se verbaliza justo al aparecer dicho camión. Un camionero inquietante que se nos muestra escindido (manos, botas, vaquero…). Bajará y subirá al camión en los oportunos momentos en los que David no mira…

¿Por qué David no se da la vuelta sin más? ¿Por qué no renuncia a ese duelo en el que está peligrando su vida, sobre todo cuando queda de manifiesto que la excusa con la que inicia su viaje (ver a un cliente) ya no va a cumplirse? Simple y llanamente, porque busca su redención, busca la catarsis, busca eliminar esos complejos que lo atenazan. La necesaria conclusión a la metáfora: enfrentarse a sus miedos y complejos, dar la cara.

 

 

–El momento definitorio para el subtexto del film, el que lo aclara, concreta y personifica, lo tenemos con la conversación telefónica entre David y su mujer.

David se fue de casa por asuntos de negocios con un conflicto marital no resuelto. Su mujer lo tacha de pusilánime, cobarde y acomplejado… porque cuando su vecino intentó llevarla a la cama él no hizo nada. Queda así definido su carácter y el sentido del subtexto, es decir, la esencia e idea del film (superar esas acusaciones), en menos de un cuarto de hora y con una sutileza que le pasará por alto a gran parte del público, expectante con los elementos de suspense introducidos y ansioso por ver qué y cómo sucede la persecución.

 

 

 

Observad además cómo pone en escena y encuadra esta secuencia. David nunca parece estar cómodo y nunca se le deja estar tranquilo. Reclinado incialmente, debe deja pasar a una mujer que pretende hacer la colada, dejándolo encuadrado tras el opresivo círculo de la tapa de la lavadora, elemento cotidiano de las tareas del hogar (recordemos lo que comentaba el hombre de la radio). Además se nos oculta tras el cuerpo de la señora mientras saca la ropa de la lavadora, incomodando su visionado.

“He dicho que seguramente no tendré problemas”. “¡Está bien! ¡Vale! ¿Allí estaré!”

 

 

No será la única vez que quede oculto tras una mujer, pasará lo mismo en el bar al que entra a tomar algo y meditar tras el accidente que sufre por el acoso del camión… Divagaciones y pensamientos que en buena parte de su proceso serán con su rostro semioculto (por sus manos, por objetos del bar, desde la puesta en escena…).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

–A partir de aquí, habrá pocas referencias explícitas al subtexto, más allá de alguna reflexión atribulada del pusilánime protagonista. Comentarios en off que confirman ese carácter acomplejado que irá evolucionando.

“¿Qué, querido, has tenido buen viaje? Bueno, ya sabes, como siempre”.

 

 

–Ya sólo surgen aspectos más alegóricos, que adquieren sentido teniendo en cuenta los planteamientos del film en su inicio y todo lo comentado. Por ejemplo, el hecho de que él decida no regresar, de que no pueda dar esquinazo en ningún momento al camión, incluso dejándolo ir durante más de una hora, que la gente sólo vea al mencionado camión cuando el propio David aparece… son aspectos (sobre los que profundizo más adelante) que recalcan la idea psicológica del subtexto comentada.

–Una vez caiga el camión por el barranco, David se convierte en un hombre liberado, en paz consigo mismo. Puede aceptarse al haber enfrentado heroicamente sus miedos, de manera literal, lanzando su coche contra el camión y haciéndolo caer.

 

 

 

 

Un camión demoniaco, personificación de todos los complejos del protagonista (no en balde es un amasijo de hierro que no para de echar humo y contiene sustancias inflamables), que lo provocará constante y absurdamente, como absurdos son sus comportamientos vitales, esos sobre los que pretende redimirse.

Ante esto él irá teniendo pequeños logros. Lo adelantará en un primer instante tras la primera incomodidad. Luego lo volverá a rebasar cuando las malas intenciones del camión se hagan patentes, momento de efusión orgullosa por parte del protagonista. Pero…

 

 

 

¿Y cómo evoluciona el protagonista?

Definido el subtexto y planteada la aventura y la peripecia, lo que queda por observar es cómo evoluciona ese personaje, cómo evoluciona esa superación de complejos, miedos e inseguridades que propicia la venida del camionero loco.

–En un primer momento sólo mostrará su extrañeza ante un conductor algo impertinente y “contaminante”, pero no le dará más importancia. Lo mirará en la gasolinera con cierta curiosidad, pero la cosa no irá más allá.

–Cuando vea los primeros gestos psicopáticos, con el camionero ralentizando su marcha, impidiendo el adelantamiento y haciéndole peligrar al fingir que podría adelantar cuando no era así, se conformará con el orgullo que le produce adelantarlo en una hábil maniobra.

 

 

 

 

 

–Una vez el camionero acelere la marcha y atosigue a David hasta provocar su accidente, llegamos a un bar de carretera donde el personaje dará un paso más en su evolución. Con su voz over (es over porque él está presente en la escena) se nos confirmará ese carácter pusilánime, planteándose intentar descubrir la identidad del camionero para disculparse, incluso. Busca explicaciones y excusas, intentará encontrar un motivo, posibles causas en sus propios actos que justifiquen el comportamiento del camionero… o la locura de aquel como opción. Tras un rato de divagaciones, de manera titubeante, se decidirá a dar la cara ante el que cree el camionero, lo que ya supone un paso adelante.

 

 

 

 

 

 

–David no puede renunciar a su enfrentamiento con el camión porque es un enfrentamiento con él mismo, por eso no regresará a casa cuando tiene ocasión ni podrá perderlo de vista en ningún momento.

–Finalmente afrontará sus miedos y complejos y los vencerá, como hacen tantos personajes de Spielberg que tienen alguna fobia. Lo hará el protagonista de “Tiburón” (al agua) o el propio Indiana Jones con las serpientes.

 

 

 

Lee aquí la Última Parte del análisis.

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