CINE

 

 

 

Por JUVENAL GARCÍA

 

 

 

En las salas de cine de ahora se pueden hacer cosas impensables hace unos años: una de ellas es tumbarse y comer comida basura, sorber medio litro de refresco con azúcar y escuchar el delicioso ruido de fondo de las masticaciones varias.

También se pueden escuchar los familiares sonidos de los variopintos tonos de las terminales móviles, el ruidillo (que despierta mis más ancestrales instintos asesinos) de la pulsación de las teclas de esos que ven la película mientras contestan un mensaje de WhatsApp o cuentan que están en el cine por Instagram, pongo por caso. Aunque no se escuchen, lo que los de marketing llaman “la experiencia de una sala de cine” viene también aderezada, en las sesiones de horario correspondiente, de patadas en los riñones por parte de los niños de atrás o las preguntas interminables de –no tan niños– quienes radian lo que está pasando o preguntan por lo que ha pasado.

En general, el cine (quiero decir: “la experiencia” esa) en sala de ahora se acerca muchísimo a cómo la gente ve las películas en casa: moviéndose, comiendo, bebiendo, utilizando el teléfono o la tableta, comentando la jugada y levantándose al baño sin darle a la pausa.

En el cine en el que yo crecí, la sala era una especie de templo: era lo más lejano a ver películas o series en casa. Bueno, no “una especie”: era un templo en el que reinaba el silencio y al que se acudía con ciertos rituales definidos –algunos de los cuales se han comentado ya en otras entregas de esta sección– y con una especie de reverencia apoyada por el hecho de que todo en el cine estaba diseñado para que la atención se concentrase en la pantalla plateada.

Por entonces los sonidos eran otros. Para empezar, el sonido de la cola hasta llegar a la taquillera, a la que se le suplicaba una buena localización. La respuesta solía ser: “si la quiere centrada, tendrá que ser en entresuelo, en butaca no me queda nada”. Frase que también se podía escuchar en el teatro y en los auditorios. Eso acababa con tu sueño de fila 7, butacas 3 y 5, que sólo alcanzabas siendo muy madrugador y poniéndote en la cola tres o cuatro horas antes si la película era de las gordas.

 

 

Otro sonido que se escuchaba era el del acomodador –rara vez acomodadora– que te llevaba con pompa y circunstancia hasta tu asiento (si no se podía llegar cómodamente, te indicaba el camino con la luz de la linterna), momento en el cual le soltabas una propinilla, cuya cantidad oscilaba entre poco si ibas solo, bastante si ibas con interés de apareamiento ajeno a la película y querías impresionar a la hembra de tu especie (yo soy un cis-hetero-patriarcal inveterado y recalcitrante), y nada si te turnabas con tus amigos o ibas con tus padres, ya que en ese caso la propina era responsabilidad del cabeza de familia. Última propina acomodadora que recuerdo: veinte pavos (cien pesetas) en chocolatina con la efigie del huido. No recuerdo la sala.

Los que siempre hemos sido puntuales ya estábamos sentados cuando empezaba uno de los dos sonidos más característico de nuestra “experiencia en sala”: la sintonía del NO-DO. Éste era el noticiero áulico donde se cantaban las glorias de Franco inaugurando pantanos, el último éxito internacional de algún deportista que tenía algún pariente lejano que nació o pasó por España, la visita de alguna actriz de cine convertida al catolicismo y la última gesta de algún alcalde que había restaurado una ermita románica. Cuando empezó la era espacial, mucho cohete a la luna.

Después del NO-DO había una pequeña pausa en la que te quitabas el abrigo en invierno y te lo ponías en verano (eso significaba “local climatizado”), pensabas en la estrategia para pasar el brazo por encima de su hombro o poner la mano encima de la suya y comentabas alguna chorrada.

Después de esa breve pausa llegaba el siguiente sonido: una melodía que a los que tenemos ahora más de 45 años se nos ha tatuado en las neuronas y ante la que respondemos como un perro de Pavlov de las salas oscuras: la sintonía de Movierecord, empresa que ostentaba prácticamente el monopolio de la publicidad en salas. Me juego pollos contra pájaros a que al leer la palabra todos vosotros, compañeros boomers, pollaviejas y quintos en general, habéis canturreado mentalmente el “Moooovirécord, tá-tá-tára-tá-tá…”.

Cuando terminaba la serie de anuncios (El Corte Inglés, Galerías, SEPU, Salones de bodas, ópticas, tiendas de pastelería de cierto nivel y ferreterías de algunos hermanos), las luces de penumbra de la sala se apagaban y se escuchaba el siguiente sonido: como muchas salas compartían su carácter de sala de artes escénicas con su calidad de sala cinematográfica, se abría el telón. Sí, queridos jóvenes y millennials: se descorría o subía un telón antes de ver la película. Y sí, se había abierto antes, pero no lo había contado para no espoilear, que decís ahora (nosotros decíamos: “ya me has jodido la peli”). Aún recuerdo con claridad el sonido de los rieles o de las poleas de esos telones.

Si la sesión era doble o la película era muy larga (hasta finales de los años sesenta la mayoría de las películas duraba 90 minutos/hora y media), es decir, de más de dos horas, había un descanso en el que aparecía una cartela que rezaba “visite nuestro selecto ambigú” y, más adelante, “visite nuestro bar”. Es decir, se montaba la que se montaba en el teatro entre actos. Como en el teatro, después de la copeja o el refresco, se escuchaban los timbres que avisaban de la vuelta a la butaca porque empezaba la segunda parte o la segunda sesión.

A veces había sonidos extemporáneos, algunos de los cuales ha protagonizado el que esto escribe. A los de las tumbonas con cena picante hay que poneros en contexto: en aquellos cines casi nada era automático. Y, si habéis visto Cinema Paradiso, sabréis que había unas personas que se encargaban de proyectar la película, cambiar de rollo entre proyectores para que la película no se detuviese –en algunos cines de barrio o al aire libre esas pausas sí sucedían (hablaré del cambio de rollo en otro post si Cinemelodic sigue acogiéndome)– y que vigilaban que la proyección discurriese sin incidentes.

Pues bien, a veces el proyeccionista se distraía y la película se veía fuera de foco y entonces alguien del público con buen vozarrón gritaba: “¡Focooooo!”, con la esperanza de despertar al operario y que ajustase el proyector. También ocurría a veces que alguna clavija del sonido (cuando llegó el Dolby esto ya no sucedía) se aflojaba o quedaba algo suelta y la película no se escuchaba o no al nivel que debía escucharse. Entonces aparecía otra voz estentórea –insisto, a veces era la mía–, que gritaba: “¡Sonorooooo!”. Era casi una regla matemática que nuestra acompañante se avergonzase muchísimo de nosotros cuando lo hacíamos. También lo era que siempre había alguien que te chistaba o te afeaba el grito. Se contestaba, por lo general: “si usted lo ve bien, es que necesita gafas” o “¿qué pasa, soy el único sordo de la sala?”. Pequeños episodios antropológicos que ahora son sustituidos por la sombra de un camarero llevando rebozados y salsas picantes.

A la salida estaba el penúltimo sonido: el de las discusiones y comentarios sobre lo que se acababa de ver. Cuanto menos película y más film, más sesudos eran los comentarios. Si era muy buena había incluso algún “esta hay que volver a verla”, acompañada de un “pero más centraos”, es decir, en mejor localidad. O sea: madrugando más para conseguir buen sitio en la cola o dejando que pasase la fiebre del estreno. En los ochenta se convirtió en “la repetimos en cuanto salga el vídeo”.

Había un último sonido que, quizá, no se haya perdido. El que se escuchaba de noche, cuando la acompañabas a casa. A veces preludio de una película más larga si no estaban sus padres, o los tuyos. Ese sonido sordo, silencioso, que se escuchaba con el estómago y al que siempre tendré asociadas las grandes películas: el sonido de ese beso.

 

 

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