MEMORIAS DE UNA BUTACA: El Cine Que Han Hecho Ellas

MEMORIAS DE UNA BUTACA: El Cine Que Han Hecho Ellas

CINE

 

 

Por JUVENAL GARCÍA

 

 

Hace poco usé el nombre de Barbra Streisand para un post que trataba de reivindicar la memoria cinéfila de los grandes musicales de Hollywood. (Por cierto, dejé sin citar uno de los más grandes, celebrados y queridos de la historia y nadie lo echó de menos. Lo que confirma mi tristeza por el olvido del género. Preguntad, los más jóvenes, a padres y, sobre todo, a abuelos, por Siete Novias para Siete Hermanos (Seven Brides for Seven Brothers (1954), película ahora marcada por la política de la cancelación, pero absoluta y totalmente deliciosa).

A la gran diva de la canción y el musical, madre artística de Céline Dion y, sin duda, hijastra de Judy Garland, le debemos más cosas. Le debemos una manera de hacer películas íntimas, cotidianas, sin el amaneramiento –o la desidia– formal de Woody Allen, con la simplicidad de líneas que destiló, con citas cinematográficas y guiños intertextuales inteligentísimos, Nora Ephron.

Sí, queridos niños y niñas, hubo un cine cotidiano, espléndidamente escrito y dirigido por mujeres, que han dado clásicos del cine que, a pesar de ser considerados obras menores, han quedado en nuestras memorias, siendo escasamente reconocidos por una industria a la que han contribuido de manera decisiva.

Nuestra artista total favorita escribió y dirigió el delicioso musical Yentl (1983), la enorme pequeña película que precedió a obras maestras de la vida real sin esnobismos y sin arqueos de cejas tan grandes como The Prince of Tides (El Príncipe de las Mareas, 1991) y The Mirror has Two Faces (El Amor tiene Dos Caras, 1993). Aquella, con un Nolte descomunal. Ésta, con una química con Jeff Bridges que mereció mucho más que la nominación de la gran Bacall.

Nora Ephron, por cierto, nos regaló el guión de When Harry Met Sally (Cuando Harry encontró a Sally, 1989) y la escritura y la dirección de Sleepless in Seattle (Algo para Recordar, 1993). La primera de ellas es la mejor película de Woody Allen, salvo por el pequeño detalle de que no la hizo él, y la segunda un clásico que aún hoy hace dinero, pero que sólo tuvo dos pírricas nominaciones a los Premios de la Academia. Dos lecciones de cine puro, bien escrito, mejor contado y que han retratado las relaciones personales divirtiendo, emocionando, sin docudramas ni falsos hiperrealismos perdidos en horizontes desérticos.

 

 

En 1988 ya nos había dejado Joan Micklin Silver la maravillosa Crossing Delancey (Cruzando la Calle, como infame título en castellano), criticando de manera dulcísima el mundo de los intelectuales neoyorkinos que se pasaron al yuppismo mientras la era Reagan destrozaba la poca conciencia comunitaria y solidaria que quedaba en los EEUU.

Pero no hay solo un cine reivindicativo de lo cotidiano, del pequeño drama de todos los días, escrito y dirigido por mujeres. Hay grandes películas escritas por ellas que están en la historia del cine para siempre de otra manera, como To Kill a Mockingbird (Matar a un Ruiseñor, 1962) o algunas obras maestras –combinadas con auténticos tostones– de Agnès Varda.

¿Cuántos recordarán un solo fotograma de las películas nominadas a los premios Oscar de este año? Sin embargo, cualquier recopilación de la historia del cine, del gran cine, del cine de todos los tiempos, incluirá el orgasmo fingido de Sally; la mochila tirada por Jonah en el Empire State; el veredicto final contra Tom Robinson o la chica judía que quiere ser Rabbí y para eso tiene que hacerse hombre. En esas películas (y en otras que no han cabido aquí) hemos visto la épica del día a día, el tratamiento de pequeños problemas desde la grandeza, el amor, la empatía, la valoración de pequeñas historias de pequeñas personas que se hacen grandes en la medida en que somos como ellas, como quienes las miran. Las mujeres han hecho un gran cine –y ahora empiezan a hacer cine comercial masivo, de superhéroes y “de tiros”– que guardamos en los premios más importantes: los de querer volver a ver sus películas, su manera de mirar. Su limpieza sincera, sin marcar paquete, sin esnobismo.

Antes de terminar quiero recuperar una memoria que quizá sorprenda a muchos. Una película que por muchas razones fue histórica: Wayne’s World (Wayne’s World: ¡Qué desparrame!, 1992).

(Pausa dramática)

Sí, queridos. Esa película fue dirigida por la documentalista, antropóloga y roquera Penelope Spheeris. Y coescrita por otra mujer: Bonnie Turner. Y el propio Mike Myers, entre otros personajes del mundillo, explicó que Queen no conseguía vender un solo disco en Estados Unidos. Esa icónica escena inicial en el coche, donde los personajes cantan a coro Bohemian Rapsody, supuso la introducción del grupo en ultramar y el pelotazo de la banda en aquellos pagos.

Esta escena también es historia del cine. Desde luego no es tan espectacular como la entrada de Cleopatra en Alejandría; no es la apertura de las aguas del Mar Rojo; no es el incendio de Alabama… es el disfrute de unos colegas con una de las mejores arias que jamás se han compuesto.

Caramelos de memoria que no han necesitado de lo grande para ser grandeza. Ni de lo académico para ser canon. Y que vinieron a nuestro corazón, a nuestras risas y nuestras lágrimas para quedarse.

 

 

Anónimo

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