MEMORIAS DE UNA BUTACA: Doctor, me gusta Barbra Streisand, ¿soy gay?

MEMORIAS DE UNA BUTACA: Doctor, me gusta Barbra Streisand, ¿soy gay?

CINE

 

 

Por JUVENAL GARCÍA

 

 

 

 

Querida amiga o querido amigo que te has hecho esta pregunta: la respuesta es que a lo mejor eres gay (o cualquier otra opción del extenso menú que nos ofrecen estos tiempos para uso y disfrute de genitales); pero la relación de que lo seas con tu gusto por una de las mayores estrellas que ha dado eso que se llama “variedades” no es científica. Es, sencillamente, un estereotipo que procede de una subcultura estadounidense que, como todas las grandes estupideces coloniales, se nos ha impuesto por la vía del producto audiovisual. Sobre todo, vía comedias de enredo, que los cursis llaman ahora sitcoms.

En general, se ha extendido la asociación estereotipada del gusto por los musicales con el mundo gay. En gran parte porque el musical y, sobre todo, el cine musical, ha sido relegado al olvido si comparamos su presencia actual en salas, premios y discurso cultural general con la presencia que tenía hace tres o cuatro décadas. Incluso si vamos más atrás.

Pero hubo un tiempo, estimadas personas que me leéis, en el que el cine musical no sólo era valorado, sino que ningún cinéfilo –culturetas agudos incluidos— renegaba de él. Al contrario. El cinéfilo hablaba de tres cosas:

del cine policiaco de los 40 y 50 (que los cursis franceses llamaron filmnoir, que copiaron con fruición y que nosotros pasamos a llamar, por tanto, cine negro).

de las películas hiperrealistas italianas y surrealistas hispano-franco-suecas, en las que entre una frase y su réplica podían pasar unos seis minutos.

de los grandes musicales, que nuestras abuelas llamaban “de amor y lujo”, “de fredastaire” (pronunciado como se escribe) o del “Yin Keli”. Aunque en la categoría “amor y lujo” entraba la alta comedia de Lubitsch, Cukor…

Así las cosas, mucha gente que se interesa por la historia del cine o, sencillamente, se topa con el dato, se sorprende muchísimo al ver la enorme presencia en taquillas y premios de las grandes películas musicales. Y es que los grandes musicales pertenecían, en la época clásica del cine, a esa categoría mágica de “verás en una pantalla lo que nunca verás en la realidad”.

Además, con las interrupciones correspondientes, los grandes musicales presentaban historias muy clásicas, esquemáticas, muy a menudo con la fórmula de la comedia romántica y de amantes que se rechazan y no se soportan, pero acaban juntos (lo que los cursis llaman screwball comedy o, simplemente, screwball), o del compositor o artista que quiere hacerse un hueco en la gran ciudad, sea Los Ángeles, París o, con mucho romanticismo urbano, Nueva York.

Los musicales eran, además, una presentación de artistas a los que no era fácil ver en escenarios (porque, entre otras cosas, podían vivir en otro continente), tales como Crosby, Sinatra, Presley, Franklin, Streisand, Keel y tantos otros: hasta The Beatles. O de grandes estrellas que mostraban que también sabían cantar, bailar o tocar algún instrumento. Los musicales tenían tanta importancia entre los años 40 y 60 que doblaban a grandes actores y actrices para que pudieran actuar en ellos y que el gran público pensase que eran capaces de cantar así de bien. Imaginaos si eran importantes.

Artistas y cómicos como Fred Astaire, Ginger Rogers, Gene Kelly o Cyd Charisse estaban (y están para quienes conservamos la memoria del cine) al mismo nivel que Bogart, Bacall, Cagney, Tracy, Hepburn y toda la pléyade de estrellas del cine que nos trajo hasta aquí. Y así se refleja en los Premios de la Academia (los Oscar). Citar los musicales nominados en cualquier categoría –fuera, evidentemente de las de Mejor Canción, Mejor Música Original y Mejor Sonido– sería eterno, pero para dar idea de la importancia de los musicales para académicos e industria, veamos una pequeña lista ladrillo-pedanto-cronológica sólo referida al Premio de la Academia a la Mejor Película y a la Mejor Dirección (Las fechas se refieren a los premios; la fecha de estreno es el año anterior):

El primer musical que consiguió la estatuilla como película fue Broadway Melodies (Melodías de Broadway), en 1929, segundo año en el que se otorgaban los Oscar. Siete años después le siguió la deliciosa, y todavía bien visible, Ziegfeld Follies (1936).

Going my Way (Siguiendo mi Camino), 1944, el primer musical que arrasó, batiendo a Double Indemnity (Perdición), Gaslight (Luz que agoniza) o Laura, en este caso en el de mejor dirección, porque ésta no fue nominada a mejor película. Bing Crosby era mucho Bing Crosby. Y haciendo de cura católico. La propaganda franquista la adoptó como un mascarón de proa.

 

 

 

Le siguió An American in Paris (Un Americano en París), en 1951. Batió a Quo Vadis, A Streetcar named Desire (Un Tranvía Llamado deseo) y A Place in the Sun (Un Lugar en el Sol). Casi nada.

Cumpliendo la regla de los siete años –más o menos– llegó Gigi, en 1958, que se cepilló a clasicazos como A Cat on a Hot Tin Roof (La Gata sobre el Tejado de Zinc), The Defiant Ones (Fugitivos) o la enorme Separate Tables (Mesas Separadas).

West Side Story, en 1961, pudo con Fanny, The Hustler (El Buscavidas), Trial at Nuremberg (¿Vencedores o vencidos?), título infame del franquismo) o Guns of Navarone (Los Cañones de Navarone). Robert Wise y Jerome Robbins despojaron de la estatuilla a Robert Rossen, Stanley Kramer o Fellini.

Podemos seguir infinitamente: con My Fair Lady, 1964. Cukor se cargó a Kubrick o a Stevenson. The Sound of Music (Sonrisas y Lágrimas), 1965. Lo tuvo bastante fácil. Solo podía disputarle la corona Dr. Zhivago. Luego llegó Oliver, 1968. Carol Reed, en plena revolución cultural, consiguió vencer a Funny Girl, The Winter Lion (El León en Invierno) y a la Raquel, Raquel de Paul Newman. Y en dirección, Sir Carol Reed se impuso a Kubrick (2001), Gillo Pontecorvo por la excelente La Batalla de Argel y a Harvey, que dirigió la impresionante The Lion in Winter (El León en Invierno). Y al siempre sobrevalorado Franco Zeffirelli y su Romeo y Julieta.

Con Oliver acabó la racha, aunque Cabaret dio a Bob Fosse su Oscar a la mejor dirección frente a Coppola por The Godfather (El Padrino). De hecho, Cabaret se hizo con ocho de las diez estatuillas para las que estaba nominada, mientras que El Padrino se hizo con sólo tres, contando con las mismas nominaciones.

Shampoo, The Fiddler in The Roof (El Violinista en el Tejado), A Star is Born (Ha Nacido una Estrella (la segunda versión, la de Streisand), la ópera-rock Jesus Christ Superstar, HairAll That Jazz o Cotton Club marcaron la lenta desaparición de los grandes musicales de la pantalla plateada, hasta que The Commitments (1991) en taquilla y videoclubes y Chicago (2002) en los Oscar reverdecieron laureles para pasmo de la crítica y alegría de unos cuantos raros, entre los que me encuentro. Round Midnight y Bird entraron en el mundo del Jazz como auténticos clásicos, aunque no hay números de baile. Saturday Night Fever (Fiebre del Sábado Noche) o Grease (además de espantos como Xanadu) no sé si se pueden catalogar como musicales. Creo que Grease sí.

Ese hiato de más de tres décadas desde Oliver hasta Chicago hizo que en Estados Unidos los grandes musicales (algunos muy desconocidos para el público no estadounidense) quedasen para representaciones de barrio, pequeñas producciones itinerantes y la memoria de los viejos cinéfilos. Muchas de esas funciones de barrio eran animadas y mantenidas por colectivos gays en California y Nueva York, lo que probablemente ayudó a construir el estereotipo del que hablaba, aparte de los grandes espectáculos trans, donde Judy Garland, Streisand, Franklin, Gaynor, Ross, Williams y todas las grandes divas eran recordadas y homenajeadas. Seguramente también esta desmemoria contribuyó –y sé que esto va a abrir debate– a considerar como “musical” a una peliculita mona con canciones como La La Land. Por cierto: a Esther Williams y sus musicales acuáticos debemos el amor internacional por la natación sincronizada.

Como toda esta digresión, destinada, sobre todo, a la defensa del patrimonio de los grandes musicales cinematográficos, me ha quedado un poco ladrillosa, no voy a redactar el final de esta pequeña memoria. Simplemente os dejo la lista de las películas musicales (no documentales) que tienen un 100% de aceptación en Rotten Tomatoes y que no han sido premiadas por la Academia.

Top Hat (Sombrero de Copa, 1935)

A Staris Born (la buena, buena, la de Judy Garland: Ha Nacido una Estrella, 1954).

Singin’ in the Rain (Cantando bajo la Lluvia, 1951. El cine en sí mismo. Para muchos LA PELÍCULA).

King Creole (Elvis, claro, 1958).

Round Midnight (1986, con un impresionante Dexter Gordon).

 

Hay mucho más, muchísimo. Pequeñas y grandes obras de culto que nos arrancaron una sonrisa, una lagrimita o una melodía pegadiza un sábado por la noche o un jueves por la tarde, mientras merendábamos y escuchábamos a padres y abuelas tararear o seguir con el pie aquellas grandes tonadas. Algunas rarezas deben tener una mención especial: por ejemplo, Guys and Dolls (Ellos y Ellas, 1955), con Marlon Brando cantando y bailando; y una muy especial para The Rocky Horror Picture Show, aunque esa, claro, es otra historia. Curiosamente, también relacionada con la diversidad sexual.

Qué cosas.

 

Posdata: Los números musicales nunca se subtitularon en la España franquista. Y, a veces, hasta se doblaron cambiando las letras. La gran mayoría de esas canciones hablaban de amores prematrimoniales, pasiones desatadas, orientaciones ambiguas y hasta cosas políticas intolerables para la dictadura. De ahí que muchos culturetas de la progresía clandestina tuvieran un cariño añadido por los musicales.

 

sambo

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