MEMORIAS DE UNA BUTACA: Y Entonces Llegaba el 7º de Caballería

MEMORIAS DE UNA BUTACA: Y Entonces Llegaba el 7º de Caballería

CINE

 

 

 

 

Por JUVENAL GARCÍA

 

 

 

 

En esta época del feedback, algunos contestones se quejaron de mis rabietas por los ruidos espantosos que se sufren en las modernas salas de cine, donde se va a “una experiencia” y no a ver una película como debe verse. Como uno es boomer y pollavieja, recibe uno o ambos de esos insultos y después tiene que escuchar que la gente grita o se ríe en comedias o pelis de terror, por ejemplo. Y ronca en películas de países exóticos, añadiría yo. Pero es que eso es diferente. De hecho, esas reacciones se han aminorado bastante con respecto a la época o épocas que trato de traer a estas Memorias.

 

 

 

Cuando el cine era cine, y no una experiencia teledirigida por los amos del marketiniano arte, era, al mismo tiempo, una experiencia individual y colectiva. A veces en pareja, bien por la vía romántica, bien por la vía carnal. Nuestros ojos aventureros se asombraban cuando aparecía, qué sé yo, un monstruo marino y en el cine se escuchaba un “¡oooohhh!” general. Clásico era el grito del susto o las carcajadas en algunas comedias que aprendieron a detener el pulso de la narración (o sea: a parar escenas) para que a la gente le diera tiempo a soltar la carcajada.

También estaba el suspiro sordo ante Raquel Welch, Úrsula Andress, Anita Ekberg, Elke Sommer (a quien muchos, vaya a saber por qué, llamaban “Somier”) o las rotundas dobles consonantes: Brigitte Bardot y Claudia Cardinale, precursoras de nuestros sueños más inconfesables. Probablemente en otras orientaciones, Robert Redford, Paul Newman y Warren Beatty causaban el mismo furor y cambiaban de octava el tono del suspiro.

Pero había un momento especial. Un momento que los superaba a todos. Un unísono que unía a las audiencias del cine sin importar edad, género, graduación, clase social ni etnia: el momento en el que los pioneros, el vaquero o la pobre familia abandonada en el Valle de la Muerte, estaban a punto de morir a manos de los perversos Apaches, Comanches, Sioux o (prohibiese el cielo) los terribles, sanguinarios y aparentemente invencibles Crows o Pawnees y sonaba el «Tataritarítarítaráaaa» de la corneta del Séptimo de Caballería de Michigan o de donde diablos fuera. En ese momento, todo el cine prorrumpía en un grito y en un aplauso liberador y todos cabalgábamos al galope vestidos de azul detrás de John Wayne, pongo por caso.

Desde luego, eso fue antes de que en los 60 y 70 se revisase el discurso de las películas del Oeste (que los cursis llaman “westerns”) y nos enterásemos de que cientos de miles de familias como esa a la que habían rescatado los de la Caballería habían extinguido a los búfalos, arrinconado –cuando no hecho desaparecer— a familias enteras de los pueblos originarios y esquilmado los recursos naturales de las praderas que sostenían a los pueblos que, ahora lo sabíamos, fueron borrados de la faz de la tierra por la avaricia protestante. También supimos, cuando pudimos verlas en versión original, que la mayoría de aquellos nativos hablaba en castellano. Igual nos hubieran caído mejor de saberlo antes.

En esas mismas décadas se empezaron a rodar cintas, films y propuestas cinematográficas donde en vez de grandes praderas había grandes neurosis, y en lugar de amores más allá de la muerte había polvos circunstanciales que no tapaban el vértigo ante la nada ni la angustia al comprender la infinitud del individuo frente al cosmos.

De modo que el cine, hasta que lo rescataron los de la generación del cuarenta y tantos, se convirtió en una cosa muy seria, muy silenciosa y muy comentada entre gin-tonics o whisky escocés en tertulias de tronío y programas de televisión muy serios y muy importantes.

A eso hubo que añadir que el público español, criado en la censura y en el temeroso silencio religioso que invadió el país durante unos treinta años, se convirtió, en general, en un bicho raro que no sabía cuándo aplaudir en conciertos, en cavas de jazz, en espectáculos cómicos… ni en el circo. Así que, poco a poco, en las salas de cine, con la excepción de las películas infantiles, se hizo el silencio o se terminó esa complicidad y participación colectiva. También hay que exceptuar los estrenos de películas con fans disfrazados o de sagas fantásticas, si es que no son la misma fauna.

 

 

Desde luego había otras participaciones sordas, fruto de los trucos empleados por la mitad de la población para tratar de disfrutar con la otra. Por ejemplo: llevar a películas de terror al objetivo para que, en los sobresaltos, se abrazara a uno. O ir a una película de las clasificadas con letras del alfabeto para precalentar las cosas, si es que, bien por amor o por dinero, no se resolvían in situ. Como ya dije, esto se hacía evitando a los acomodadores, que ahora en algunos sitios han sido eliminados o sustituidos por “empleados de sala”, que no aportan nada más que una sonrisa cansada si se cruzan contigo, así como la escoba y el recogedor para limpiar todo lo que los gorrinos que mascan y eructan han dejado en suelos y butacas.

No estoy diciendo que lo de ahora sea peor. Ni hablar. Pero entenderán ustedes que mi mirada de crío, mis ansias de adolescente (y no tanto), y mi almario de adulto recuerden aquellos movimientos colectivos con placer y nostalgia. Y también entenderán que para no escuchar el ruido del fondo de un vaso de refresco, prefiera, a menudo, quedarme en casa.

Esos ruidos no son del cine. El ruido del cine es la corneta del Séptimo de Caballería.

 

 

P.S.: Otro ruido que acabó fue el de los que éramos exigentes con la calidad de la reproducción y que gritábamos “¡sonoro!” o “¡foco!” cuando no se oía bien o la proyección se desenfocaba por descuido del proyeccionista o avería en la máquina. Lo gritábamos de forma estentórea, aguantando con estoico ademán los codazos o la mirada avergonzada de nuestra pareja, en ejercicio de nuestro derecho a ver con la calidad adecuada el producto por el que habíamos pagado. En fin, otra cosa que se ha perdido con los automáticos recursos de ahora. Que también fallan, por cierto.

 

sambo

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