MEMORIAS DE UNA BUTACA: La Crema de la Intelectualidá

MEMORIAS DE UNA BUTACA: La Crema de la Intelectualidá

CINE

 

 

 

Por JUVENAL GARCÍA

 

 

Es difícil explicar lo difícil que era ver cine en los 70 y primeros 80 sin que se te encasillase de manera automática en algún lado del espectro social, de clase, de género… Y cómo en la era de la apertura erótico-política ser un adolescente era, literalmente, sufrir el estímulo constante de la sexualidad real y virtual a cada paso. Ellos y ellas (nosotros y ellas) estábamos casi en la obligación de protagonizar amores libres, fantasías de descubrimientos y amaneceres, despertares, sexuales. Vamos: que había que despabilarse.

Como a lo largo de toda la historia, la humanidad adolescente se dividía en dos clases –en el terreno masculino—: los guapos y los que tenían que esforzarse. Yo, claro, era de los segundos. Y el vehículo principal de la época para ser de los segundos y tener alguna probabilidad de triunfar en los ruedos de la hormona era ser “un intelectual”, lo que luego se llamó “un cultureta”… Alguien a quien los guapos y las guapas consideraban un enteradillo, un bicho raro, si es que detectaban tu existencia.

Si a esa asunción de personaje añadías un compromiso político izquierdoso, entonces te dejabas la barba (si tenías), te ponías un pañuelo negro al cuello, el pantalón de campana y la camisa raída por fuera. El cine comercial quedaba para los burgueses sin conciencia, las masas alienadas y los pro-gringos trasnochados. Bueno, y para el placer culpable de unos cuantos. Nosotros, en nuestro compromiso libidino-político, debíamos peregrinar hacia el cine en versión original en idiomas exóticos y con tramas que se contaban en tres minutos pero exhibidas en películas de casi tres horas. Incluso las que no duraban ese tiempo parecían eternas.

Muchas de ellas las veíamos, además, sin las claves que necesitábamos para entenderlas. Era una tarea hercúlea para alguien con quince o dieciséis años entender Viskningar och rop (Gritos y Susurros) o Persona. No digamos películas más crípticas o surrealismos de posguerra con referencias que no teníamos a mano como algunas de Buñuel o de directores (y directoras) de apellidos con dieciséis consonantes y dos vocales. Pero entre las películas de cinefilia de los miércoles en el UHF (la dos en versión paleolítico, para los del Plan Nuevo) que veíamos porque había teta y por nuestro religioso afán por ligar, nos habituamos a ver ese cine que siguen viendo nuestros mayores y siguen encomiando los críticos conspicuos para quienes Lynch es un genio. Pista: en la mayoría de los casos, cuanto menos entienden una peli más dicen que les gusta.

No todo era sufrir: vimos peliculones como Novecento (que previó las entregas múltiples antes de El Señor de los Anillos), El Matrimonio de María Braun (Die Ehe der Maria Braun) o El Tambor de Hojalata (Die Blechtrommel). Joyas del cine independiente como Choose Me o delirios divertidos como Pepi, Lucy, Bom y Otras Chicas del Montón. Pero lo normal era ver tostones experimentales, pretenciosos y, muy a menudo, extremadamente aburridos que a los culturetas les emocionaban y de los que hablaban entusiasmados en los bares de alrededor de “los” Alphaville, “los Renoir”, la “Filmo” y similares, por poner ejemplos madrileños que acogieron mis tardes-noches de cinéfilo fingido.

 

 

A veces, uno de los que consideramos ahora peliculones taquilleros se presentaba al público en esos acogedores y sesudos garitos. Uno de los más notables fue Unforgiven (Sin Perdón), el mayúsculo homenaje de Clint Eastwood a Sergio Leone que unió –una de esas raras veces– a intelectuales y amantes de los taquillazos comerciales.

Una de las cosas que siempre me hizo desconfiar de los paladines de la Nouvelle Vague en la terca intelectualización de un espectáculo que nació pensado para atraer a las masas, era su pretendida superioridad sobre, precisamente, esas masas. Si una película llevaba mucha gente al cine: malo. Si una película triunfaba haciendo reír a cohortes de espectadores: malo. Si una película, en definitiva, gustaba a todo el mundo: malo, porque, entre otras cosas, eran vehículos de alienación; porque el arte debía estar al servicio de la revolución, debía interpelar, hacer reflexionar, hacer tomar conciencia… Todas estas cosas nos parecían estupendas a los que también nos entusiasmaron Rocky, Saturday Night Fever, Star Wars o Alien (que no os engañen: Blade Runner fue despreciada por ser un remake oculto de Casablanca y Alien fue celebrada visualmente por los publicitarios que luego fueron cineastas: para los culturetas eran píldoras de alienación capitalista), pero pensábamos que no tenían por qué tener la exclusividad de la producción artística.

Había casos de cortocircuito, por supuesto, como la admiración de la Novelle Vague por Hitchcock o Wilder, defensores a ultranza del sistema industrial del cine. O la singular, tan inesperada como brillante, aparición de François Truffaut (¡¡¡FransuáTrifó!!!!) en Close Encounters of the Third Kind (Encuentros en la Tercera Fase): una obra de: a) marcianos; b) éxito arrollador en las taquillas globales, y c) de Spielberg: el renegado que había cocido el cine clásico y lo había devuelto al olimpo creativo. De verdad que tenía amigos del bando de la cultura marxista-bergmanista que no volvieron a ver Les Quatre Cents Coups (Los 400 Golpes). No, al menos, sin alguna lágrima de indignación.

Siempre ha habido dos tipos de cine: el bueno y el malo. Y el buen cine no tiene apellidos (como la democracia): no hay cine español, ni coreano, ni iraní. No hay cine de género, ni mayor ni menor. No hay cine de mujeres o de hombres, ni cine de adultos o de niños (cuántas películas aparentemente “infantiles” son obras maestras). Y tampoco es mejor o peor por tener una de esas etiquetas. El Verdugo no es cine español: es cine. Como es cine, y no sólo italiano, La Dolce Vita, Total Recall (Desafío Total) o An American in Paris (Un Americano en París), que no es cine musical, sino puro cine. El cine bueno es el cine que te hace sentir, disfrutar, reír, llorar, aterrarte y, sí, también pensar cuando toca. Todo lo demás es prejuicio y postureo.

Cuidado: no tengo nada contra los culturetas. Algunos de mis mejores amigos son culturetas. Pero sí me fastidiaba siempre, en aquella época oscura, tener que soportar sus cejas arqueadas, su barbilla elevada y su desprecio por peliculones por el solo hecho de que gustaban a la clase de tropa y ellos tenían un paladar más fino.

También es cierto que, como ocurre con el jazz o la ópera, hace falta cierta madurez para apreciar algunas propuestas cinematográficas que andan fuera de la industria, o la critican, o discurren por caminos creativos externos y que son valiosísimas. Simplemente no dejo que ópera y jazz menosprecien a la zarzuela o el rap. Al menos no por el hecho de que sean del gusto de las mayorías.

Excepción a todo este post es, evidentemente, el reguetón. En eso estamos todos de acuerdo y es el camino para entendernos con nuestros viejos amigos del ejército intelectual.

De ese ejército del que, durante una época y con fines perversos, formé parte.

 

 

sambo

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