MEMORIAS DE UNA BUTACA: Los Rituales del Cine

MEMORIAS DE UNA BUTACA: Los Rituales del Cine

CINE

 

 

Por JUVENAL GARCÍA

 

 

 

 

Cuando escribo estas historietas siempre fantaseo con que abren una conversación, una discusión animada, unas risas colectivas. Es lo que me gustaría de verdad, porque era eso lo que el cine provocaba a la gente de mi generación: discusiones, risas, meterse unos con otros por ese actor, esa actriz, ese bodrio insoportable que a mi mejor amigo le podía parecer una obra maestra o viceversa. Ojalá me contéis un día de estos memorias parecidas a las que se recogen en este post.

Cuando éramos jóvenes también de cuerpo el cine ocupaba un lugar central en nuestro ocio. Y se establecían numerosas variables de codificación del cine en función (voy pedante pero creo que se entiende) del tipo de cine, de a qué hora se iba y, por supuesto, la variable de las variables: con quién… y con qué objetivo.

Con amigos del barrio tomados en bloque íbamos al cine de sesión continua. A ver películas gore, de indios o de estreno pero para repasar, antiguas. Allí veíamos también las de serie B y Z y algunas interesantes recopilaciones de cine mudo (que nosotros llamábamos “cómico”) o de dibujos animados. Ojo: los grandes festivales de Tom y Jerry, de Mortadelo y Filemón… esos eran de cine de estreno. En general eran tardes de fin de semana donde íbamos recogiendo colegas por el barrio hasta crear una bandada suficientemente grande para entrar como bárbaros en un cine que, cuidado, no reservaba butaca: el primero que llegaba se sentaba donde quería. Las sesiones numeradas eran en los cines de estreno.

Con amigos y familia, pero no en manada, sino solo en grupo, se realizaba otro ritual: qué película ver de las recién estrenadas. Dónde “la echaban” (“hacían” para catalanoparlantes). Dónde cenábamos antes de ir, puesto que íbamos a la sesión de las diez, la de campanillas. Y cómo íbamos: en coche, en autobús o—dios no lo quisiera—en metro. Había que pensar en la vuelta, porque no había metro ni autobuses nocturnos. Tocaba “taxis” como decía mi madre.

Y luego estaba lo otro. Lo más importante. Lo más aterrador. Lo que requería planificación cuidadosa de todos los movimientos actuales y futuros. Lo que imponía un repaso de ropa, olor corporal, aliento y estudios previos –si era necesario—sobre director, guion, fotografía y actores y actrices que participaban en la película, a veces el film, rara vez la cinta.

Es decir: ir con una chica al cine.

 

 

¿Qué película? Si podía ser, de terror o un thriller muy serio, que nosotros llamábamos “policiacas”. ¿El motivo? Porque en los clímax cabía la posibilidad de que ella se acurrucase contra el pecho de uno buscando tierna protección. Al menos ese era el plan. Cuántas veces ocurría al contrario no lo contamos a menudo, la verdad. Además, ir a una película romántica era demasiado cantoso (a menos que ya salieras con la moza en cuestión) y a veces aburrido. Si era un éxito internacional, mientras no fuera de ciencia ficción también valía.

Por personalizar: una de mis opciones (y la interesada leerá sin duda este articulito) fue El Expreso de Media Noche. Y funcionó bastante bien.

Luego estaba el asunto de lo cómodo o incómodo de las butacas a la hora de acurrucarse y dejar vagar la errante mano hacia partes más o menos prohibidas del /la acompañante (anchura, altura y espesor del reposabrazos, si era fijo o se podía elidir… Y finalmente el esquivar la terrorífica figura del acomodador.

Ahora no lo sabéis pero hasta hace relativamente poco había un señor (a veces, menos, una señora) con bastantes malas pulgas y con el síndrome muy español y muy típico del tardofranquismo por el cual cualquier persona a la que le confieres un uniforme crece en autoritarismo y agresividad verbal de una manera inversamente proporcional a la autoridad real de su cargo.

El acomodador vigilaba, quizá en nombre de los padres del mundo, nuestras manos vagabundas, los centímetros de piel o ropa interior que habíamos conseguido descubrir u ocupar mediante laboriosas e inteligentísimas escaramuzas y (cosa que sorprenderá mucho ahora) si hacíamos ruido excesivo comiendo, bebiendo o hablando durante la proyección. Además de ser una especie de vigilante, de acomodarte en las butacas numeradas o libres y de advertirte de cualquier cosa que se le ocurriera, el acomodador vigilaba. Y de vez en cuando, remedando los focos de los campos de concentración o de las prisiones federales más siniestras, te alumbraba con su linterna.

 

 

Tened en cuenta también que pasaban grandes cosas en el cine, además de los rozamientos torpes y los tocamientos. Y además, claro, de la película, que podía ser de nuestro interés. De hecho, a veces volvíamos con algún amigo para verla de verdad si aún había presupuesto. Mi historia con una chica (que no leerá este post) empezó con The Last Waltz (El Último Vals, 1978) y terminó con Un Hombre Llamado Flor de Otoño (también de 1978, la cosa no fue muy allá).

En definitiva: cada película, cada cine, cada momento, tenía un ritual concreto, una manera de prepararse, una expectativa vertiginosa. Cada película tenía, probablemente, el nombre –en mi caso—de una chica, pero también el de unos amigos, el de mis padres, el de mi prima.

Aún veo hoy alguna de esas películas y recuerdo el olor del terciopelo, del ozono-pino con el que bromeó Jardiel, de un vestido indio, de un bar en una esquina de la Calle de San Vicente.

Su olor.

 

Anónimo

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