MEMORIAS DE UNA BUTACA: Morricone y la Banda Sonora

MEMORIAS DE UNA BUTACA: Morricone y la Banda Sonora

CINE

 

 

 

Por JUVENAL GARCÍA

 

 

 

Escribo esto empezando por pedir disculpas, pero uno de esos azares de la vida me ha tenido sin poder escribir hasta hace unos días, de modo que tenía bastante trabajo atrasado. Aún duele un poco usar el teclado, pero es un buen ejercicio de rehabilitación, así que, con permiso de mi amable anfitrión, aquí estamos de nuevo.

Estoy rectificando un post que tenía prácticamente escrito sobre los Premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood que, para abreviar, solemos llamar los premios Oscar. La rectificación viene porque el pasado 6 de julio falleció Ennio Morricone, un compositor especial y minuciosamente maltratado por dicha Academia.

Otros compositores, como Mancini o Rota, fueron celebrados y reconocidos con asiduidad, por citar sólo italianos o italoamericanos. Los más propuestos para el premio han sido John Williams –el compositor de cabecera de Lucas y Spielberg–, (52 candidaturas), Alfred Newman (45), Max Steiner (20) y Jerry Goldsmith (18). Los que lo han ganado más veces pertenecen a la misma lista, pero variando el orden: Newman se hizo con la estatuilla nueve veces, Williams cinco y luego están Johnny Green, Alan Menken y André Prévin, que tienen cuatro cada uno encima de la chimenea.

Mientras tanto, el gran Morricone tuvo que esperar a trabajar con Tarantino en The Hateful Eight (Los Odiosos Ocho) para llevarse la estatuilla. No sé si recordáis la escena, pero Morricone, que jamás quiso vivir en Hollywood y apenas sabía tres palabras en inglés, fue traducido por el propio Clint Eastwood a la hora de recoger el premio honorífico a toda una carrera, que se da cuando se cree que puede ser la última oportunidad, en 2007. Que dos años después ganara un premio en la sección competitiva puede que fuera un guiño de Wilder desde el paraíso cinematográfico donde gobierna.

 

 

La cuestión es que el “maltrato” a Morricone y la curiosidad de estas listas obedece a cambios históricos profundos en los gustos y el papel de la música cinematográfica. Alfred Newman, Goldsmith, Steiner y otros muchos compositores del cine clásico entendían la música como una muleta dramática, un fondo, que ayudaba al guión en momentos clave de la película, bien tranquilizando en los anticlimax que subrayando los picos emocionantes, o envolviendo de violines las escenas de amor. En general, durante mucho tiempo, se consideraba que, como la fotografía o la misma dirección, la mejor música es la que estaba ahí pero no era protagonista, la que encajaba con perfección sinfónica con el relato visual.

En este sentido, Carlos Pumares, el ínclito, siempre contaba que cuando vio por primera vez 2001 se dijo “qué música tan maravillosa ha puesto este tío para las escenas de la estación espacial”. Tardó en darse cuenta, gracias al perfecto engranaje, que era el Vals del Danubio Azul.

Pero más allá de esta anécdota, muchas de las músicas que se hacían populares en el cine eran temas aislados de las bandas sonoras, fragmentos ya existentes o compuestos para la ocasión, pegadizos y con sabor nostálgico: Moonriver, Highnoon (Solo Ante el Peligro), Love Story, Un Homme et une Femme, Amarcord…  Para muchos, esta última música, la de la parte final, era LA música de cine, condicionados por aquel precioso programa de lo que llamábamos “segunda cadena”.

Con estos antecedentes, a Morricone se le consideraba un músico efectista, que daba demasiado protagonismo a la banda sonora y demasiado pegado a un cine que, como el de Sergio Leone, fue muy despreciado durante demasiado tiempo. La música de Morricone era un protagonista más de las películas para las que componía, y a veces un protagonista principal y destacado. De hecho, contra su propia afirmación, ese protagonismo salvó tostones como The Mission (La Misión), de la que la gente no recuerda apenas una escena pero tiembla de nostalgia cuando escucha la banda sonora.

Morricone nunca fue un maestro a la hora de equilibrar discretamente lo que no tenía que escucharse y lo que sí a la hora de apoyar los guiones, técnica que Williams y los clásicos dominaban a la perfección. Además, vivió en una época en la que las canciones pop y los compositores procedentes del rock y de los musicales se hicieron con esos largos planos en los que los protagonistas lloraban un amor perdido, cruzaban un puente desde la gran ciudad o miraban por la ventana escogiendo a su próxima víctima.

Queda un último apunte por hacer. A partir de mediados de los ochenta, todos nos rendimos al baremo de los Oscar. Lo que había sido hasta entonces un premio que la industria se daba a sí misma, premiando el producto que interesaba promocionar y despreciando el arte sin más criterio que el de contentar a los moguls de los extintos estudios, pasó a ser un objetivo comercial al que todos querían aspirar en la industria. Fue entonces cuando no ser premiado, lejos de ser casi un honor y garantía de culto y reconocimiento por la intelectualidad, pasó a ser tema de agravios, conversaciones cruzadas y enfrentamientos entre unos y otros, partidarios de tal o cual actor, director (actriz, directora) etc.

Da ahí esas retrospectivas tan ácidas sobre las injusticias, los olvidados o, como lo llaman los horteras, los snubs de la Academia. Como si la Academia nos dictase dejar de admirar a Morricone, a Hitchcock, Kubrick, Chaplin o tantos otros que no consiguieron el muñequito dorado.

Como decía un admirado director español: “Cuando te dan premios les quitas importancia. Te das cuenta de que tienen importancia cuando no te los dan. Porque jode muchísimo”.

 

DEP Ennio Morricone.

Anónimo

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