RELATO

 

 

 

 

Hace dos meses y medio que deseé estar así para siempre, que este verano no terminara nunca. Jamás lo había pasado mejor ni sentido más, por lo que como deseo adolescente me parecía bastante lógico.

Por primera vez fui popular. Era tímido, no se me daban bien las relaciones sociales, aunque era bueno en los deportes, lo que favorecía el trato. En el colegio tenía dos amigos y algún conocido. Poco más. En cambio, ese verano formé parte de un grupo, congeniando con gente a la que no conocía de nada y siendo uno más. Admiraron mis habilidades atléticas, me emborraché, fumé, ligué por primera vez, perdí la virginidad, repetí… El desfase, las madrugadas eternas, las intimidades cómplices y silenciosas. Me sentí importante, especial, incluso querido. Un típico verano de esos de los que muchos hablan y que creía que sólo les pasaba a otros. Pensar en que terminara me atormentaba sobremanera.

Llegué a la isla el uno de agosto de 2022. Un lugar paradisiaco y poco conocido que prometía una experiencia especial. No tardé en conocer a mis amigos. Ninguno era de allí, todos parecían haber llegado poco antes que yo, como turistas. Incluso los trabajadores de los lugares donde nos alojábamos habían sido contratados para esos meses. Aquella misma tarde, mientras estaba sentado mirando a la nada, se acercó un chaval para proponerme jugar un partido de fútbol.

Mario se convirtió en mi mejor amigo, mi guía y mentor, a la vez que mi mayor admirador. Me animaba a hacer y probar cosas, pero siempre me protegía para no pasarme cuando me desmandaba demasiado. Flipaba viéndome nadar o jugar a lo que fuera. Pronto fuimos uña y carne. Los demás eran Lucas, Sergio, Yolanda y Susana. Y Susana.

Con ella descubrí cosas que ni me había planteado. No había besado a nadie, ni había estado cerca de hacerlo, pero con ella todo era natural, casi predestinado. Nos buscamos y nos entendimos desde el principio. Se suponía que tampoco tenía experiencia, pero me guiaba y corregía con una intuición digna de encomio…

Seguro que muchos habéis tenido veranos así, amigos de este tipo, amores fugaces más intensos que el de cualquier compromiso… pero para mí fue algo místico, una droga, una adicción.

Luego comenzó la pesadilla.

No sé muy bien quién lleva esto de los deseos ni los arbitrarios criterios con los que los concede y ejecuta, pero quedé atrapado en un infierno. No me percaté de inicio, tardé varios días en sospechar lo que pasaba, pero aquello no tenía sentido, era inexplicable.

Un día Lucas, que era el mayor de todos, vino preocupado. A regañadientes nos dijo que le había pasado algo muy raro. Se había despertado con una abundante barba. Le creció por la noche y no daba crédito. Llegó a pensar que era una broma, que se la habían pegado con pegamento, pero era completamente real. Incluso tenía pelo en el pecho… Se la afeitó en secreto con la máquina de su padre, pero por la tarde comenzó a salirle de nuevo… A los demás chicos terminó pasándoles lo mismo.

Al quinto día ya intuía lo que ocurría. Yolanda medía dos palmos más y Susana apareció con unos pechos que no eran normales y que, desde luego, no tenía el día anterior. Ella estaba muy preocupada y yo entendí que debía mostrarme comprensivo…

Durante la semana siguiente los cambios en mis amigos fueron algo más sutiles, pero estaba claro que aquello no iba a mejorar. Mis padres terminaron por confirmar mis sospechas. Si bien en mi madre no observé nada especialmente extraño, mi padre cogió bastantes kilos y perdió pelo.

Cada día que pasaba envejecían aceleradamente. Todos ellos. Menos yo. Luego se hizo evidente para todos. Calculé que envejecían algo así como un año por día. Al mes, mis amigos parecían unos cuarentones, algunos muy bien conservados, bien es cierto, mientras yo seguía siendo un adolescente con ínfulas.

Si bien gocé de la madurez de Susana en aquellos primeros días, la constatación de lo que ocurría nos puso muy nerviosos. Una espada de Damocles se cernía sobre nosotros y no se podía disimular. Cundió el pánico, intentamos huir de allí, pero todas las vías de acceso habían desaparecido, no existía embarcación alguna para abandonar la isla. Probaron a construirlas, pero todo fue en balde… Aquel lugar era como una bella planta que atraía a sus víctimas con el aroma más seductor para luego engullirlas sin piedad alguna. Yo fui el mordisco definitivo.

Nos fuimos distanciando. Al final dejé de verlos… Llegaron las miradas inquisidoras, los reproches, las culpas, las discusiones, los llantos, incluso la violencia. Me odiaron. Fue muy duro verlos desaparecer…

A los cuarenta y un días murió mi padre. Ya habían muerto varios de los de mis amigos. La isla se estaba despoblando a pasos agigantados. Para ellos habían pasado más de 40 años en sólo unos días. Acusaban una vida que no habían vivido. Ya no recordaba qué me enamoró de aquel sitio. Me ocultaba, avergonzado de mi apariencia. La última semana del mes no quería separarme de mi madre anciana. Temía lo peor en cualquier momento. Era desesperante, la impotencia me invadía, pero procuraba mostrarme alegre para ella. Es a la única persona a la que confesé aquel deseo. Intentaba expiar mi culpa, explicarme, tener un perdón. Supliqué y pedí mil veces otros deseos, revertir aquello, volver a nuestra vida, salvar a mi madre, pero nada funcionó.

Setenta y siete días después de mi deseo, murió la última persona de la isla. Tenía más de noventa años. Lo supe porque, al día siguiente, el pitido de un barco rompió el silencio que no había dejado de escuchar desde hacía días. Nuevos turistas, familias despreocupadas buscando descanso en un lugar paradisiaco y poco conocido que prometía una experiencia especial. Allí no encontrarían cadáveres ya, ni creerían mi historia, así que subí al barco para irme lejos, sin saber dónde me llevaría ni qué mundo encontraría en el destino, deseando que nadie deseara nada.

 

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