RELATO

La despertaron unos golpes urgentes en la puerta. Se desperezó y desembarazó del nórdico que le cubría la cabeza. Tardó unos segundos en situarse. No reconocía aquel sitio.
Hacía un frío tremendo. Cogió un plumas que encontró en una silla y salió de la habitación siguiendo el sonido de la llamada. Era una cabaña de montaña. ¿Cómo había llegado allí? Toda la sala, con su chimenea apagada, estaba congelada. Todo era blanco, un instante detenido en el tiempo.
Otra vez los golpes la hicieron reaccionar. Un joven de unos 17 años causaba aquel alboroto. Se disculpó y, tras el vaho que emitía al hablar difuminándole la cara, pidió resguardo. Ese lugar parecía aislado de todo, sólo se veía una espesura nevada e informe.
El chico se había perdido en aquella zona en la que los caminos habían desaparecido. Tuvo suerte de ver la cabaña cuando temía lo peor. Estaba a punto de forzar la puerta cuando ella le abrió.
La chica escuchaba todo lo que decía intentando encontrar alguna explicación a su situación, pero estaba desconcertada. Aquella cabaña congelada no parecía extrañar al muchacho, que se sentó en un sofá ovalado y alargado de anchos reposabrazos como si estuviera en su casa. Mostraba una desenvoltura que transmitía confianza y familiaridad. Ella miraba a su alrededor intentando reconocer algo, pero ese lugar no le decía nada. Las distintas estanterías de madera, también de una blancura brillante, contenían vajillas y marcos de fotos en las que sólo había escarcha.
A pesar de su silencio, el chico siguió charlando. Pidió permiso para encender la chimenea. Lo hizo con una maña sorprendente, casi cotidiana… Se quedó de pie viendo crepitar el fuego sin dejar de hablar mientras la orilla de la chimenea se iba derritiendo poco a poco. Pasados unos minutos se agachó para recoger algo del suelo y lo metió en su bolsillo.
Tras un último intento por mantener una conversación, pidió a la chica descansar un rato antes de seguir con su camino. Mientras él echaba una cabezada, ella vagó por la pequeña cabaña, curioseando por cajones y estantes, buscando algo que la hiciera recordar. Estaba desamparada y perdida. Pensó en la opción de acompañar al chico cuando se marchara, aunque temía hacerlo.
Estaba nerviosa. El chico se había despertado y preparaba su partida. Aquello parecía irremediable, pero el valor rompió con su indecisión y, hablándole casi con autoridad, le propuso acompañarlo. Como a él le pareció buena idea, cogió algo de la ropa que había en la cabaña y algunos víveres que se conservaban en buen estado y salieron a la intemperie.
Había salido el sol y los senderos aparecían visibles a su paso. Aquella naturaleza ahora desvelaba sus formas, aunque seguía sin descubrir su rostro. Le gustaba el sonido sordo al pisar la nieve. Su acompañante no dudaba sobre el camino a seguir. Aquel entorno ya no parecía tan agresivo. Figuras que sudaban para mantener su gélida compostura, la nieve parecía ir cediendo, derritiéndose, cansada de mantener su distante frialdad, dejando atisbar lo que había ocultado bajo su gélido aliento. Fue así como vio aquella ranchera de viajes calurosos y maletas inundadas…
El chico era afable, hablaba con soltura, como si la conociera de siempre, logrando que se sintiera cada vez más cómoda. A él no parecía importarle su silencio, seguía contando historias en función de los objetos que aparecían en su trayecto, desperdigados, como si la nieve juguetona se divirtiera desvelando sus secretos. Un columpio de antes de todo y aquella mecedora de cuando todo pasó, un tándem de juegos compartidos varios kilómetros más allá…
Anduvieron todo el día, pero a ella no le hubiera importado seguir para escuchar aquel agradable torrente de historias que fluía como los riachuelos que la nieve derretida iba formando. Historias que sentía íntimas, a veces graciosas, otras sensuales hasta ruborizarla, ya fuera de esa barbacoa sin familia o de aquel bikini que insinuaba una primera vez…
Con el crepúsculo, los entornos ya se habían coloreado y la vegetación florecía, pero se encontraron frente a una gran explanada que permanecía congelada. Era un lago, con una barca anclada en el hielo, cerca de ellos. Acamparon allí para pasar la noche.
Ante un fuego, ella sintió el impulso de contarle su desconcierto, su desmemoria, sus miedos. De alguna manera, conforme avanzaban en aquel extraño camino derretido, su sensación de familiaridad había ido aumentando, pero no lograba darle forma. Aquellos recuerdos compensaban de algún modo su olvido.
A la mañana siguiente, el lago apareció brillante y líquido. La barca flotaba en la orilla, esperándoles. El tiempo era cálido y soleado, la nieve se había desvanecido como por ensalmo.
Ambos remaron buscando la otra orilla, que no tardaron en encontrar. Allí vieron una cabaña, exactamente la misma de la que salieron el día anterior, en un descarado desnudo de madera tras despojarse de su invernal atuendo.
Ella no entendía nada. Allí estaba el columpio que hacía tiempo sólo usaba el viento y la mecedora que lo sustituyó, una ranchera y un tándem oxidado apoyado bajo una de las ventanas, cerca de una barbacoa que añoraba su apetito. Observaba todo en silencio, intentando asimilarlo. Entró en la cabaña, que estaba exactamente igual, con aquella chimenea dormida descansando en el cálido interior.
Se sentó en el sofá ovalado de anchos reposabrazos, como si estuviera ya en su casa, donde tantos recuerdos acudieron a su abrigo, y vio en los estantes las fotos de una joven que conservaba su juventud congelada, la juventud de aquel verano que ya nunca volverá, posando con aquel bikini testigo de su primera vez junto a aquel muchacho perdido en una tempestad de nieve.
Él, al verla temblar, cogió la anciana mano de su compañera de viaje con cariño y, mirando en sus sorprendidos ojos que acababan de recordar, le puso aquella pulsera que guardó en su bolsillo, regalo de un compromiso veraniego que no rompió el olvido invernal.






