COMPLEJOS

COMPLEJOS

RELATO

 

 

 

 

 

Es curioso cómo la vida te regala complejos. Nací feliz como una perdiz, sin preocupaciones, con la única ambición de ir más rápido y subir más alto, divertirme con mis amigos, pasar de mano en mano y existir sólo para gozar de la libertad.

Miraba con cierta condescendencia y ojos cariñosos a mis hermanos pequeños, los triciclos, disfrutando de aquella etapa infantil que yo ya ni recordaba, satisfecha de mi envergadura, mis formas y mi aerodinámica. No había ninguna como yo y lo dejaba bien claro en cuanto podía… pero si un problema tiene la infancia es que se acaba y la adolescencia es muy jodida.

De repente, todo aquello en lo que ni habías pensado empieza a ser un problema, aquella superioridad comienza a tornar en complejo, aquello que importaba ahora resulta intrascendente, y dejas de gustarte.

Quizá yo no hubiera pensado en nada de eso, pero te lo hacen ver, los niños y los jóvenes son muy crueles. Empecé a ver que no era tan rápida como creía, que mis formas no eran tan modernas, que mis ruedas eran demasiado grandes o demasiado finas, que mis filigranas y virguerías quedaban ridiculizas…

Me miraban chulería y condescendencia. “Mantenida, que no te vales por ti misma”, me decían… como si ellas no dependieran de quien las conducía… “¡Si sólo tienes dos ruedas!”; “¡Te falta motor!” me acusaban otros. “¡Vaya rueditas!”, se burlaban… “¿Para qué tienes que ir haciendo equilibrios pudiendo estar tan cómodo con estas cuatro ruedas?”; “Ni siquiera te tienes en pie sola”… me ridiculizaban…

De un día para otro, mi figura esbelta, mi garbo y velocidad, mi sigilo y discreción, ya no eran seductores, lo que se había puesto de moda era el estruendo, las formas rudas y rotundas y hacer el kamikaze con casco y cinturón de seguridad… Pasé a ser una reliquia infantil ajena al mundo de los adultos, mirando a aquellas motos y coches con vergüenza y complejo.

Me sentía vulnerable yendo por la carretera y viéndolos aparecer a mi lado, siempre inquietos, nerviosos, impacientes por sobrepasarme… me convertí en un estorbo.

Me daban envidia, empezaba a ser consciente de mi soledad cuando veía a parejas disfrutando de la velocidad, a familias cantando al unísono, a amigos bebiendo y haciendo el loco mientras cogían curvas cerradas al abrigo de los vientos…

Pensaba que la infancia era el paraíso, y ahora necesitaba algo más. Quería crecer, quería acompañar a mis sucesivos dueños, a los que veía volar y serme infiel. Condenada a ser Peter Pan…

Y ahora sólo me conformo, en el garaje del que fue mi dueño, viendo ese coche entrar y salir, con que algún pequeño vuelva a hacerme caso antes de que todo quede oxidado…

sambo

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