RELATO

 

 

 

 

 

 

¡Qué pachorra tienes, hijo mío! Esa era una de las frases que más escuché desde que tuve uso de razón. Aquello me molestaba relativamente, aunque bastante menos que tener que hacer aquello para lo que me apremiaban.

Nunca he sabido muy bien si estaba despierto del todo. Creo recordar algún tiempo en la infancia en el que sí, pero de ser cierto, la sensación pasó hace mucho. Vivía aplatanado. Hacía todo con una parsimonia exasperante para los que me rodean. Una lentitud ensimismada de la que no me daba ni cuenta. Era libre, tenía mi ritmo… y era bastante feliz.

No lo achaqué al clima hasta mucho tiempo después, bastante antes de saber lo que realmente pasaba. Dicen que los climas tropicales, calurosos, donde hace sol y buen tiempo la mayor parte del año, definen mucho el carácter y los comportamientos. Es completamente cierto.

Uno acepta el mundo que le toca vivir porque es su cotidianeidad y su rutina. Lo acepta porque no conoce otra cosa, se adapta a las reglas que va aprendiendo, por eso me costó tanto entender mi singularidad.

En el mundo había sólo unas pocas decenas como yo. Aquí, en España, tres personas. Lo descubrí gracias a internet. Nunca fui el chico más popular, así que me cobijaba en mis rarezas y complejos que, por fortuna, eran compartidos por otros en lugares lejanos. Investigando y buscando por distintos foros, di con gente a la que le pasaba exactamente lo mismo que a mí.

Éramos una comunidad extremadamente pequeña y desconfiada. No es fácil reconocer que uno es raro, aunque sí lo es presumir de ciertas especialidades…

Fue un día en la nieve, al principio de mi adolescencia, cuando comencé a sospechar gracias a ese ego que viene de serie en esa época vital, para bien o para mal. Como adolescente, me convertí en el ombligo del mundo y en la causa de que el tiempo invernal que hacía al llegar se hubiera trasformado en un clima tropical a la media hora de estar allí. ¿Y si fuera yo el que traía buen tiempo? Nunca había conocido el mal tiempo de verdad, más allá de unos minutos al llegar a algunos sitios.

Para que me entendáis. Allá donde iba, la temperatura subía exponencialmente… si no hacía calor. En cualquier lugar al que iba, se alcanzaban en pocos minutos unos 30 grados. Si ya hacía esa temperatura o más, se mantenía, pero si, por el contrario, hacía frío, temperaturas bajo cero incluso, el clima cambiaba bruscamente. Yo era, literalmente, el verano.

Los pocos que éramos así tuvimos que aprender unos de otros cómo funcionaba nuestra anomalía, aunque en la mayoría de las ocasiones no nos fiábamos y queríamos comprobarlo por nosotros mismos. Por ejemplo, el tema de las “quedadas”. Era muy peligroso que dos de nuestra condición se mantuvieran más de media hora en un mismo sitio o zona de influencia, porque la temperatura subía hasta límites sobrehumanos.

Esta zona de influencia solía alcanzar tres o cuatro manzanas nada más. Desde ahí, el tiempo, las temperaturas y demás se normalizaban.

Al principio era bastante divertido. Una vez comprobada la singularidad te permitía ciertos privilegios, como que ningún plan se te fastidiara por la climatología. Incluso saqué rendimiento económico de diversas maneras, ya fuera entrando en tratos con agricultores o montando un negocio, que fue bastante bien, en una rivera.

Con los años fue apareciendo cada vez más gente como nosotros. Era como si nuestra singularidad se fuera extendiendo o contagiándose. Cada vez más deprisa. Incluso comenzaron a surgir, en menor medida, personas a los que les ocurría lo contrario o tenían otras particularidades. Gente que traía el frío, temperaturas gélidas donde quiera que fueran. O lluvias. Además, los nuevos tenían un radio de acción cada vez mayor.

Con esta proliferación de singularidades, cada vez menos singulares, mantenerlo en secreto fue imposible. Una chica creó una aplicación que detectaba a los “caloríferos”, como nos llamaban a nosotros. También estaban los “crióferos”, los “precipitóferos”… Detectaba lugares de temperatura permanente que surgieran en el mundo y que pudieran relacionarse con el desplazamiento de una persona. El tema comenzaba a ser preocupante.

Se levantaron protestas contra los que éramos “temporíferos”… Las instituciones tuvieron que intervenir. Según sus previsiones, si la proyección se mantenía, podría llegar el eterno verano en unos 20 años. Nos persiguieron. Se plantearon apartarnos, pero era de logística compleja, ya que los caloríferos no podíamos estar juntos. Muchos pedían nuestra desaparición… muchos desaparecieron. Otros se entregaron por una especie de mala conciencia.

Surgieron bandas climáticas terroristas. Unas querían eliminar a los singulares, pero estos no se quedaron pasivos o se dedicaron a huir. Muchos temporíferos se unieron para crear caos y amenazar con su poder si las persecuciones seguían… Hubo zonas arrasadas por ellos. Quedaban en algún lugar refrigerado, previamente estudiado, y se reunían allí para crear una zona inhabitable donde se hubiera cometido un crimen contra algún singular.

Se aprobaron grandes partidas presupuestarias para intentar crear algo que inhibiera nuestra influencia en el clima. Con los caloríferos capturados se hicieron experimentos de todo tipo, como conejillos de indias. Al final se optó por las eliminaciones sistemáticas para proteger al planeta. Una guerra sin cuartel de unos contra otros.

Ahora los caloríferos vivimos en la clandestinidad. Es imposible ocultarse salvo que logres unirte a un criófero. Es cierto que con todos estos problemas aumentó la solidaridad entre temporíferos. Caloríferos y crióferos se unían para equilibrar temperaturas, aliviar determinadas zonas y ocultar a los primeros, pero no había suficientes de los segundos…

Yo he tenido suerte. Vivo con un amigo criófero, pero subordinado. No podía alejarme demasiado de él si no quería ser encontrado. Lo llevábamos bien, hasta que cayó enfermo. Lo cuido y protejo como él hace conmigo, pero tengo que medir mucho mis pasos.

Yo era feliz, era libre y tenía mi ritmo. Ahora vivo en una cuenta atrás en un mundo arrasado y minúsculo… prisionero del eterno verano.

 

Recommend
Share
Leave a reply