LA BICICLETA ROJA

LA BICICLETA ROJA

RELATO

 

 

 

Estaba enamorada de aquel chico, no podía negarlo. Sí, era el típico malote con su melenita, su look rockero, vestuario roto y algún tatuaje oportunamente dispuesto. Irresistible para alguien de mi edad.

Solía vagabundear solo, con su gesto chulesco, displicente y aparentemente desinteresado de los malotes adolescentes de todas las latitudes, eso que les hace sentirse tan atractivos, temerarios y adultos… El puro cliché que algunas nos creíamos.

Jamás le vi cerca de mi barrio, el de las casas con jardincito, el que denominaban de la “gente rica”, aunque en realidad no eran más que casas normales de gente corriente de clase media. Él vivía con sus padres en una zona bastante peor… Yo sabía bien dónde era.

Procuraba pasar por allí siempre que volvía del instituto con mi bicicleta roja. Podía elegir entre varios caminos, pero siempre pasaba por su casa, donde sabía que estaría trabajando en alguna cosa que le habrían encargado sus padres o viendo pasar la vida.

Cruzábamos las típicas miradas, coincidimos en algunas fiestas y en varias reuniones, hasta que al fin, aprovechando el verano, intercambiamos algunas palabras. Nunca vi resquemor de clase hacia mí ni hacia nadie, y su displicencia se dirigía a personas de todo tipo, como su amabilidad cuando le daba por sacarla.

Mis amigas me advertían sobre él, me pedían que no me acercara mucho y esas cosas, pero la atracción por cambiar a un chico malote era demasiado irresistible. Mis paseos por su calle ahora tenían un saludo y una sonrisa, que eran contestados con uno de sus sobrios gestos y alguna breve charla ocasional.

Poco a poco fue cogiendo confianza conmigo y dejando a un lado esa coraza de chico duro, enseñándome ciertos complejos por el origen humilde de su familia, que despertaba en mi una inmensa ternura, sobre todo cuando intentaba disimularla con su pose de chico malo.

También despertaba celos, porque cuando no estaba solo siempre tenía alguna chica cerca de él. Siempre estaba tonteando con alguna. No parecía, precisamente, tímido, pero conmigo no se lanzaba.

A estas edades si algo tenemos las chicas es sutileza, así que haciéndome la encontradiza conseguí entablar relación con él y que terminara invitándome a salir. No hay nada como coger el toro por los cuernos.

Íbamos a la laguna, a las afueras, al campo o a cualquier lugar donde pudiéramos estar a solas para que investigara por mi cuerpo y me enseñara unas cuantas cosas. A él le gustaba mi bicicleta, y me pedía conducirla conmigo a su espalda. Mi bicicleta roja era unisex, por lo que su preciada masculinidad no se veía cuestionada.

Él jamás había tenido una, por lo que aquello era una de mis armas de seducción. Me gustaba mirarle cuando hacía cabriolas, daba saltos y derrapaba a la luz del atardecer. Para mí aquello era el súmmum de lo romántico…

Una tarde de domingo, dándonos un baño desnudos en la laguna a la que nos escapábamos, tras chapotear, bucear, tocarnos y darnos húmedos abrazos en nuestra líquida intimidad, descubrimos que habían robado mi preciada bicicleta roja.

Aquello fue bastante traumático, no ya por tener que volver andando desde una larga distancia aquella tarde, sino porque él cambió conmigo… Empezó a rehuirme, a poner excusas para no quedar. Cuando estábamos a solas se mostraba arisco y cada vez más distante. Hasta que todo acabó.

Fue muy doloroso, mi primer desengaño amoroso. No sabía por qué, no entendía nada. ¿Por una bicicleta? ¿Era todo lo que le interesaba de mí? Él me lo había negado, pero no encontraba otra explicación.

Por supuesto, dejé de pasar por su calle, ya no tenía excusa, y tampoco bicicleta. Pasé las últimas semanas de aquel verano lamentándome de mi mala suerte, de cómo el universo se confabulaba contra mí…

Vagaba como alma en pena, solitaria, taciturna cuando quedaba con mis amigas… Sólo aliviaba mi desconsuelo mirar por la ventana añorando aquellos días de primeras experiencias… hasta que lo vi una tarde.

Serían las siete, el sol lucía ya con menos fuerza, aunque aún imponente, y aquel chico, que jamás había pasado por mi calle, atravesaba la avenida en un paseo parsimonioso, mirando las casas que tenía alrededor, con orgullo… y montado en una bicicleta exactamente igual a la mía… que ya no era de color rojo.

sambo

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