INFIELES

INFIELES

RELATO

 

 

 

Hará más o menos dos años que empecé a disfrutar de mi familia, a fijarme verdaderamente en ellos. Antes estaba demasiado ocupado conmigo mismo, saciándome de cosas, intentado hacer de todo, incluso cumplir sueños sobrevenidos, alimento para el ego que camuflaba en sacrificios para ellos. Lo primero era yo, como nos sucede a muchos cuando somos jóvenes…

Descubrí a unos hijos encantadores y guapos. No lo digo por amor de padre, es un hecho. El pequeño, Juan, tiene ocho años y es encantador, un chico muy sensible y atento, muy observador. Se divierte en el jardincito con las flores y los insectos durante horas y horas, ensimismado en su contemplación. Siempre fue muy cariñoso, aunque yo no estuviera a la altura de las circunstancias a menudo.

Guadalupe es la mediana, ya casi una mujercita. Va a cumplir los doce. Ya la oigo hablar de chicos y preocuparse por su aspecto. Cada vez es más exigente con su atuendo y la ropa que le compra su madre. Es realmente guapa, os lo aseguro.

El mayor tiene trece. A Francisco le gusta mucho el fútbol y tiene talento. Lo mismo me sale un Hugo Sánchez. Lamento no haber jugado más con él cuando era más pequeño. Es verdaderamente guapo y atlético, se las va a llevar de calle seguro…

Somos una gran familia, y lo cierto es que lo están llevando con gran madurez y responsabilidad. Siempre he sabido lo mucho que vale mi mujer. Sin ella esto se habría ido al garete hace mucho tiempo. Fue pegamento y amor cuando peor estaban las cosas, cuando más distraído estaba. Tiene una sensibilidad especial, una capacidad indefinible para llevarnos a todos en volandas sin necesidad de ordenar ni alzar la voz, con su sola presencia y ejemplo.

Disfruto muchísimo observándolos cuando no me ven, en sus juegos, en su intimidad, cuando están distraídos o cumpliendo con sus rutinas. Y especialmente cuando hacen cosas juntos, como en el Día de Muertos. Es enternecedor verlos a todos juntos haciendo los preparativos ese día. Sus bromas, sus risas decorando las calaveras, encendiendo velas, haciendo comida… Lo he gozado verdaderamente todos estos meses, me hicieron darme cuenta de lo que es importante, eso que se oye como tópico, pero que es cierto.

Entonces llegó él. Fue como un jarro de agua fría que intenté gestionar con madurez y sensatez. Parece que a todos les encanta. A todos ellos les cae estupendamente bien. Se desviven por sus atenciones y su afecto. Quizá sea algo más guapo, cuestión de gustos, levemente más alto, por lo que imagino juega al baloncesto, y más fuerte, pero porque va habitualmente al gimnasio, pero no puedo evitar el agudo puyazo de los celos.

Me parece el clásico tipo que no es de fiar. El señor perfecto, con sus buenos modales, su amabilidad, su sensibilidad… Sencillamente asqueroso.

¿Por qué? ¿Por jugar un poco con Francisco en el jardín e ir a verle a los partidos?

Comencé a sentirme muy decepcionado, fui concibiendo un rencor que se me derramó como un torrente. Es duro ver que tu hija viene de comprar con él, cuando a mí jamás me desveló una sola intimidad, ropa y complementos. ¿En serio? ¿No tiene otras amiguitas o a su madre?

Escuché a mi hijo pequeño, ese que parecía tan sensible y observador, niño desagradecido, llamarle “papi” y “papito”. ¿Papito? No pensé que mi hijo fuera a salir así de cursi…

Pero lo peor fue con mi esposa… Jamás, ni por asomo, aquella mujer había gritado y chillado así conmigo y, desde luego, nunca se le ocurrió decir todas aquellas guarradas mientras lo hacíamos. ¡Qué obscenidades! ¡Qué vulgaridad! ¿Y cuándo demonios consiguió esa elasticidad?

Ahora les ha dado a todos por llamarle “papito”…

Y es que fui dándome cuenta de que allí nadie me echaba de menos, que nadie se había acordado de mí durante todo ese tiempo que había dedicado a contemplarlos, salvo el Día de Muertos, cuando los muy falsos se engalanaban y esmeraban concienzudamente en los preparativos, juntitos, disfrutando, para ir a «visitarme». ¡E iban al cementerio, a mi lápida, con él! ¡Que ni siquiera me conoce! El muy…

Ahora, los muy delicaditos, están asustados. Se quieren ir de casa porque dicen que pasan cosas. ¡Cosas! No creo que sea para tanto hacer alguna bromilla que otra a mis hijos encendiendo o apagando una luz, abriendo o cerrando un armario, me parece poco consuelo para los desplantes que he tenido que aguantar.

Lo de interrumpir su encuentros sexuales es otro tema. Creo que estoy en mi completo derecho de fastidiar sus vigorosos polvos perpetrados en mi cama. ¡Algo de dignidad me queda!

¡Que se vayan! Que se vayan… Si piensan que así se van a librar de mí y que van a compensar sus ultrajes con una visita a mi cama en el Día de Muertos, lo llevan claro…

Voy a acompañarlos vayan donde vayan, porque he aprendido a valorar a mi familia, he entendido que si la descuidas puedes perderla, que te pueden olvidar, y no puedo consentirlo. No, os aseguro que se van a acordar siempre de mí. ¡Oh, sí! Haré del Día de Muertos un festejo diario. Se van a acordar de mí todos y cada uno de los días del año.

 

 

sambo

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