REDENCIONES

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RELATO

 

 

 

Sacó lentamente el cuchillo ensangrentado de su yugular. Dejó su cabeza inerte suavemente en el suelo. Llevó el arma con cuidado al grifo y dejó que el agua corriera sobre él. Se movía con pulcritud, seguridad, relajada y mecánicamente.

Dejó toda la escena preparada y limpia. Allí nada había pasado. Nada podía saberse. Una herida se había abierto en el cuello de aquel hombre y había muerto en el acto.

Abrió con su enguantada mano el frigorífico, observó su interior y sacó un pequeño pedazo de pastel que había sobrado. Alguna celebración. Una suerte. Se sentó en la isla de la cocina, con el cadáver a sus pies mientras iba comiendo con cierto ensimismamiento la tarta. La familia tardaría aún en llegar. Miraba a aquel cuerpo con cierta extrañeza, como si se estuviera convirtiendo en una abstracción, pasando de ser un miserable narco rival a una persona cualquiera… Le pasaba a menudo últimamente. Apartó la vista, aunque no los pensamientos.

Se le hacía cada vez más duro aquel trabajo, no ya por la tensión y lo escabroso que salta a la vista, y ante lo que no era insensible por muy buen profesional que fuera, sino porque hacía tiempo que las incómodas y fastidiosas consecuencias de sus actos le atacaban inmisericordemente en forma de conciencia. Jodida conciencia. Se presenta cuando menos la necesitas. La edad… Otra hija huérfana, otra esposa desolada, otro chico sin referente, más traumas…

Volvió a dejar la cocina impoluta, incluso fregó el plato y lo dejó en su sitio, que encontró sin mucho esfuerzo. Salió a la calle, en el aire ya se notaban los preparativos del Día de Muertos, ese aroma inconfundible que se mezclaba con la lluvia impotentemente purificadora. Dejó que se le mojara el rostro para espabilarse de su letargo y avanzó hasta su coche. Lo puso en marcha y avanzó por las iluminadas calles en el atardecer, atravesando ese México bullicioso, ansioso de contrastes, hospitalario y tradicional, salvaje y sin escrúpulos, que tan bien conocía y en el que se movía como pez en el agua. ¡Cuánto hacía él por el Día de Muertos!

Llegó a casa con una luna de sopita y manta. Allí estaba su padre. Se quitó el abrigo y fue al baño a secarse un poco antes de ir a preparar la cena. Saludó a la enfermera, que le puso al corriente de cómo había pasado su padre el día, de su evolución. Le pagó y la despidió.

Se sentó a su lado, como cada noche, dispuesto a pasar la velada con él. Le acarició el rostro dormido con cariño, observó sus arrugas, bellos y hondos surcos de vida. Le atusó el pelo y tapó con cuidado. Eran largos silencios. Su momento preferido del día. Aquel diálogo silencioso de pensamientos errantes y positivos. Cenó con gustó. Brindó por su padre.

Hacía tiempo que su padre estaba enfermo, apenas se despertaba y no le quedaba mucho, según le habían dicho, así que decidió llevárselo a casa y cuidarlo él. Se dedicaba a una de las profesiones más lucrativas del país, por lo que podía permitírselo. Necesitaba seguir matando para darle a su padre algunos minutos más de vida.

Era una cuenta atrás. Cuando pensaba en el día después le daba vértigo. ¿Qué pasaría después de ese momento? ¿Cómo pasaría sus días sin aquellos instantes que tanto apreciaba?

Seguramente eran aquellos tétricos pensamientos los que llevaban tiempo perturbándole, la impotencia que le generaba su modo de vida.

Pero no era un asesino, era un ladrón que intentaba robarle a la muerte unos segundos, porque la muerte y la inexistencia nos poseen, salvo en ese luminoso, resplandeciente y breve secuestro que es la vida.

Se dispuso a dormir, siempre a su lado, cuando su padre entreabrió los ojos. Así se tumbó, encerrando en su retina aquella imagen, aunque fuera desde el silencio y la ignorancia. Apresar el momento en la mirada y calentarse en una caricia de tenue fulgor.

sambo

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