ENVIDIA

ENVIDIA

RELATO

 

 

 

Siempre he sentido envidia de mi hermano mayor. Mi madre siempre ha tenido predilección por él, es a él al que colma de atenciones. No es que a mí no me haga caso, pero lo noto. Noto cómo conmigo es distinta.

Conmigo cumple, es correcta, hace lo que tiene que hacer, pero con él se le iluminan los ojos. Son los únicos momentos en los que muestra algo de entusiasmo, verdadera emoción, cuando puede ofrecerse, desvivirse y servir a mi hermano.

Creo que he pasado mi corta vida pidiendo atención, intentando que me viera realmente como a mi hermano, sentir esa mirada que le dedica a él, esa calidez en la sonrisa.

Desde que nos levanta para ir al colegio me siento diferente. A mi hermano lo viste con dedicación y cariño, pendiente de cada detalle, mientras que conmigo lo hace apresuradamente, de una manera práctica y funcional.

No prepara el desayuno hasta que mi hermano no le dice lo que le apetece. A mí casi nunca me pregunta, y si protesto por algo que no me gusta me pide con resignación, porque nunca me levanta la voz, que me lo tome. Y yo lo hago.

Trabaja en casa, con desgana, pero nos saca adelante. En cambio, las tareas del hogar las hace con absoluta devoción y esmero. Nos lava y plancha la ropa, que cuelga en sus perchas y guarda en sus armarios con pulcritud…

Sus ratos con mi hermano son como oro para ella. Le llena la bañera y pasa un largo tiempo enjabonándole y gastándole bromas con el agua, con mimo, con cariño. Yo me tengo que bañar solo y sus atenciones son ocasionales visitas de comprobación.

Todo son elogios a sus grandes notas, pero mis esfuerzos, aunque reconocidos y premiados con alguna cosa que me gusta, siempre parecen tener ese poso de resignación, con una sonrisa forzada o triste.

Mi hermano es su confidente, su único confidente. Mantienen larguísimas conversaciones, a veces divertidas, la mayoría entre susurros. Se acuesta con él y hablan y hablan, y muchas veces se queda dormida allí mismo, en la cama de mi hermano. Yo lo observo. Me gusta. En la mía nunca lo hace, como mucho se sienta un rato, silenciosa, para mirarme y acariciarme.

Cuando le enseña fotos antiguas o ve videos pasados, mamá me hace más partícipe del momento, reseñando nuestras monerías, aunque siempre algo más las de mi hermano…

Siento como si en un momento dado a mí me hubiera convertido en el mayor y a él en el necesitado de más atenciones. Todo ello me ha hecho solitario, estoy acostumbrado al silencio, que en realidad aprecio. Quizá por ello soy buen lector. Sólo tengo siete años, pero hace tiempo que sé leer perfectamente.

Mi mamá siempre ha sido taciturna, triste, evasiva, siempre ha estado como ausente, como en otro lugar. La conocí así y no ha cambiado. He aprendido a conformarme con lo que me da porque no creo que sea capaz de mucho más, intentando que no caiga al abismo del todo, siendo comprensivo y cariñoso, sin dejar de intentarlo nunca. Curiosamente, fuera de casa se comporta de manera distinta, con más normalidad, pero también con más falsedad, al rodearse de gente.

Tan solo un día cambia su semblante, sólo con mirarla a los ojos sé que ha llegado, que aquel es el momento. El Día de Muertos es donde nuestros lazos más se aprietan, donde la siento más cercana y cálida, como si las barreras que contienen su afecto se derrumbaran salvajemente, como si su perenne dolor cesara un momento.

Y eso que apenas habla en todo el día.

Sólo tiene ojos para mí. Cocinamos, hacemos preparativos, pintamos, sonreímos… no hace falta decir mucho más. Luego vamos al cementerio. Es un largo trecho hasta allí porque mi madre odia los coches, así que hacemos el camino en bicicleta, encontrándonos con un montón de gente, porque todo México rezuma alegría también ese día.

Allí vamos a verlo, al de verdad, al que ya no está, a mi hermano, que descansa junto a mi padre tras el accidente. Me abraza fuerte, muy fuerte, suspira, pero no dice nada. Es la única vez que mi mamá se permite llorar a lo largo del año.

Mi madre dice que lo ve a todas horas, yo le digo que también, aunque no es verdad. No tengo ningún recuerdo suyo porque se fue muy pronto. Sólo era unos minutos mayor que yo. Era exacto a mí.

El día que mi madre tenga que ir allí también a descansar para siempre, me he prometido que seguiré cumpliendo aquella rutina. Seguiré preparando su comida y comiendo junto a él, aunque no la pruebe, seguiré preparando su ropa, porque mi madre decía que estaba, y yo siempre creo todo lo que dice mi madre.

Al fin y al cabo, creo que siempre hemos sido dos fantasmas, y aquel cariño incorpóreo, aquel espíritu latente, me ha acompañado toda mi vida.

 

sambo

There are 2 comments on this post
  1. noviembre 13, 2018, 10:40 pm

    Todas estas historias de muertos, no muertos, casi muertos, espectros, espíritus o almas atormentadas y en tránsito, siempre me han provocado una curiosa mezcla de canguelo y ternura. Sientes tristeza por ellos, deseas darles un abrazo (imposible, por cierto), pero a la vez quieres mantenerlos lejos. Leído con cierta congoja, con la misma pena que el narrador. Mucha suerte en el concurso. Un abrazo.

    • sambo
      noviembre 14, 2018, 1:31 am

      Da para mucho, desde luego, y pone emociones a flor de piel. Es un tema complejo, ciertamente. Muchas gracias, querido amigo.

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