EL DÍA DE LOS VIVOS

EL DÍA DE LOS VIVOS

RELATO

 

 

 

Me considero un auténtico hombre de familia. Me encanta robar tiempo a los días para dedicárselo a la familia, mantenerla junta y unida. Aunque mi trabajo es estresante, no cedo a la pereza ni la comodidad y planteo actividades que podamos hacer juntos. Una de las que más me gustan, por lo que tiene de afianzamiento de esa idea, es la de los preparativos para el Día de Muertos.

En México se vive con gran sentimiento esta fiesta, siempre en un tono alegre, porque visitamos a nuestros seres queridos que ya no están con nosotros para honrarlos. Y eso no puede ser triste.

El aroma del pan de muerto entremezclándose con las velas encendidas, el atenuado jolgorio de risotadas y conversaciones distendidas embadurnando el aire, el sentimiento sincero guardado en sonrisas, las tétricas máscaras y calaveras de originales maquillajes junto a fotos que atraparon almas perdidas decorando el descanso… el olor de la familia.

Aquí, junto al panteón familiar, cuento a mis hijos historias muchas veces repetidas para grabárselas a fuego sobre sus antepasados. Sus anécdotas, sus logros, su forma de ser, para que admiren y entiendan de dónde vienen, todo lo que les deben. Es importante inculcar a los tuyos buenos valores, porque la familia lo es todo, sin la familia nos convertimos en la nada. Por ello es importante tener un referente, porque así lo seremos para los que vengan.

Son momentos de una radiante felicidad, acogedora, entrañable. Ojalá pudiera detener este momento, aquí y ahora, ponerle un sello de ámbar con el que conservar las sensaciones y los sentimientos. Poder palpar y abrazar a mis seres queridos, enseñar y recordar, al mismo tiempo que siento el incorpóreo amor del resto de mi familia, que sé aquí presente observándonos con miradas risueñas, no tiene precio.

En el camposanto las risas y chillidos me amodorran, las tonadas me mecen, pero algunos de esos chillidos sonaron más crispados, si bien no hice caso de inmediato al ser algo que ocurría en ocasiones. Pero no cesaron. Al principio eran algo intermitentes, pero luego se sostuvieron durante unos segundos. Parecían divertidos, pero poco a poco fueron tornándose en asustados, desgarrados y aterrados.

Algunos salieron despavoridos, a otros les pudo el morbo y la curiosidad, arremolinándose a cierta distancia de un lugar concreto. Un lugar que conocía bien. Una punzada de inquietud me taladró como un tiro, pero enseguida me sosegué. Aquello no podía ser.

La gente parecía espantada, pero también curiosa, sin saber a qué atenerse. ¿Aquello era real o una broma de mal gusto? Los móviles y sus luces iluminaban el recinto enfocando hacia el suelo.

Le dije a mi familia que se mantuviera allí mientras me acercaba a ver qué ocurría. Y aquello que no podía ser estaba siendo. Un hombre estaba saliendo de una tumba esforzadamente, de hecho ya estaba casi fuera. Nadie se había acercado a ayudarlo, temerosos.

Una vez fuera, continuó arrastrándose penosamente ante el espanto de todos. Se hizo un silencio sepulcral. Ya nadie pensaba que aquello fuera una broma.

Dificultosamente se puso en pie. Su rostro aparecía irreconocible entre magulladuras, hinchazones y sangre compactada. Su cuerpo y su ropa raída estaban impregnados de arena pegada y mezclada con sangre reseca. Respiraba con dificultad, por la boca, haciendo un ruido estruendoso y horripilante. Parecía un auténtico zombi.

Comenzó a mirar a su alrededor a través de unos empequeñecidos ojos que sólo eran una raya incierta. Los móviles chispeaban e iluminaban a aquella figura como si fuera una elaborada presentación cinematográfica.

Finalmente puso su mirada sobre mí. Aquel desfigurado rostro pareció sorprenderse al principio, aunque era complicado distinguir sus emociones, para acto seguido esbozar una leve sonrisa que, evidentemente, me dedicaba. Todo el mundo pareció desaparecer a nuestro alrededor, sólo quedábamos él y yo. Y en ese momento alzó la mano y me señaló.

Debía ser una faena de aliño, un cabo suelto que eliminar y quitar de en medio en el lugar del descanso eterno… No podía dejar de preguntarme cómo demonios ese pendejo, pinche huevón, logró salir de allí tras dos días enterrado y un tiro en el cuerpo. ¡Cómo era posible que sobreviviera! Parecía que le había cicatrizado hasta la herida entre la sangre y la arena… Pensé que lo habíamos dejado listo. Aquello era una resurrección en toda regla. En este trabajo no te puedes descuidar en ningún momento.

Era indecente y sumamente vulgar que aquel cabrón se presentara así ante nosotros. Me resultaba desagradable y obsceno que aquel hominicaco no se hubiera muerto. Me dejaba en ridículo ante mi familia, sobre todo la de los antepasados… ¿Qué pensarían mis papitos y mis abuelos allí presentes? Seguro que se les puso gesto de reproche por no hacer bien el trabajo…

Porque, ¿qué nos queda si ya no puedes fiarte ni de los muertos?

sambo

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