EL ESPÍRITU DEL YESO

EL ESPÍRITU DEL YESO

RELATO

 

 

 

Era una vieja amiga de la familia, de las mejores y más antiguas amistades, una de esas ancianas dicharachera y simpática, risueña, regordeta y algo encorvada. Aquel día no estaba risueña, pero sí igual de dicharachera.

Taciturna y con semblante apesadumbrado, nos mostraba la escayola que engalanaba su brazo, dispuesta a contarnos la peculiar experiencia que la había dejado así ante nuestra perpleja curiosidad.

–Sí, queridos. No sabéis lo que he pasado…

Tras unos cuantos comentarios cordiales de cariño e interés, procedió a relatar lo acontecido unos días antes del “Día de Muertos” en el cementerio.

Aurorita era una mujer tradicional, muy apegada a su gente y a su pueblo. Por ello acudía a diario al cementerio a dejar recuerdos y rendir tributo a familiares, amigos y familiares de amigos que allí descansaban, recorriéndolo de arriba abajo con sentida disciplina.

El día en cuestión se le hizo tarde, por lo que tuvo que acudir a última hora, poco antes del cierre, cuando el sol se estaba ocultando. Apresurada, fue visitando nicho a nicho, dejando allí alguna flor, rezando rápidamente alguna oración. Se temía que no le iba a dar tiempo a todo, por lo que decidió saltarse algunas visitas a las que dedicaría más tiempo al día siguiente.

Su carrera y frenesí fue infructuoso. Cuando un buen rato después, ya a la carrera, recorrió el camposanto en sentido inverso, vio que habían cerrado las puertas… Por un momento se quedó paralizada, sin saber qué hacer, como si se le hubiera presentado un problema irresoluble que era incapaz de resolver. Una vez pasó el primer desconcierto, empezó a girar sobre sí misma buscando una solución.

La verja estaba cerrada con llave, el cementerio desierto y el guarda debía haber salido de allí pitando porque no había rastro de él… Tanteó los alrededores por si había alguna forma de salir de allí, miró de un lado para otro buscando un cómplice y deseando que ningún alma se levantara para darse un paseo en aquel momento…

Escuchó unos pasos en el exterior, por lo que acudió con prontitud a la puerta pidiendo auxilio, esperanzada ante una posible vía de escape que solucionase aquella pesadilla. Cuando apareció tras la verja vio que eran dos chavales que andaban por allí distraídos y algo lejos respecto a donde ella se encontraba, seguramente sin muy buenas intenciones. Cuando les apeló con más energía, los chicos, que sólo parecían escuchar la voz, salieron de allí despavoridos…

–¡Un muerto, un muerto! –comenzaron a gritar espantados ante aquella aparición.

–¡Que no soy un muerto, soy Aurorita del Puerto! –gritaba ella con desesperación.

En menos de diez segundos no quedó ni rastro de los muchachos en las cercanías.

–¡Socorro, socorro! ¡Qué alguien me saque de aquí! –gemía la pobre como alma en pena.

Tras un buen rato de exhortaciones desorbitadas llegó otro muchacho, este más valeroso, que entendió la situación rápidamente.

Exhausta y muy nerviosa, trató de explicarse, por lo que el chico intentó calmarla buscando una posible solución al tétrico dilema.

Llegado este momento, Aurorita se detuvo en su relato, una pausa dramática y compungida, lo que descubrió nuestras risas, que ya no disimulábamos en absoluto. Reanudó al poco su relato como si nada ocurriera a su alrededor.

Aquel chico no lograba abrir la puerta ni encontrar una salida, por lo que se le ocurrió saltar el muro, que era bajo y grueso, para ver si desde dentro veía otra opción o, en el peor de los casos, intentar auparla para sacarla por arriba.

Sólo quería salir de allí. La idea sonaba regular, pero estando acompañada me sentía más valiente y confiada. Aquel chico saltó la verja, probó la puerta, merodeó por allí y, finalmente, decidió que había que saltar por encima del muro de piedra.

–Creo que lo mejor es que la levante, usted trepa un poco para quedar encima del muro y luego yo paso al otro lado y la ayudo a bajar. ¿Qué le parece?

–Bueno, hijo, como tú veas –le dije.

El muchacho era más bien brutote, poco delicado, aunque respetuoso. El pobre no quería meterme mano, se le veía apurado, por lo que le dije que no tuviera vergüenza y que si me tenía que agarrar del culo que lo hiciera sin problemas. No tengo edad ya para estarme con remilgos. Eso pareció relajarle, así que se agachó y me pidió que pusiera un pie en sus manos, que juntó en forma de estribo. Cuando lo hice, con un gesto brusco, me lanzó por los aires como si fuera un saco, sin consideración alguna y sin el más mínimo escrúpulo, haciéndome volar y girar por encima de aquel muro como si fuera una oronda muñeca de trapo. Caí como un fardo al otro lado, con un golpe seco.

–¡La madre que te parió, niño!

Sentía alegría por haber salido de allí, pero sobre todo un agudo dolor en mi brazo roto por la caída…

Esta historia se extendió como la pólvora en las horas posteriores por todo México, especialmente porque ella iba contándola a todo el mundo. Por ello, aquel año, en «El Día de Muertos”, los chavales, cuando la veían, se decían unos a otros: “mirad, mirad, por allí va el fantasma del yeso”, “el fantasma del yeso”, “el espíritu del yeso”… Tal fama cogió el mote, que la pobre Aurorita terminó convertida en una celebridad, dejó de ser persona para convertirse en una especie de fantasma.

Las madres amenazaban a los niños con la venida del “fantasma del yeso”, los críos salían huyendo a su paso, los adultos contaban historias del “espíritu del yeso” realizando cosas horrendas o milagrosas, según las versiones… pero nadie osaba meterse con ella cuando la veían merodear por el cementerio, dejando recuerdos a familiares, amigos y familiares de amigos que allí descansaban…

sambo

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