MI VECINA

MI VECINA

RELATO

 

 

 

No sé qué le encuentran a esto del “Día de Muertos” aquí en México. Nunca me ha interesado lo más mínimo, pero ellos son auténticos devotos, sienten pasión por esta fiesta. Los primeros años me resultaba indiferente, ahora más bien pesado e incómodo.

No termino de entender esa necesidad, toda esa celebración de la muerte, el tributo continuo y festivo al pasado. Mis padres fallecieron, no me llevaba especialmente bien con ellos, y desde entonces son un difuso recuerdo al que acudo de manera convencional y rutinaria. Sin más parafernalia.

Quedaban dos días y todo el mundo estaba con los preparativos y demás historias, ante los que, por fortuna, conseguía mantenerme ajeno e indiferente… hasta que llamaron apresuradamente a mi puerta aquella tarde.

Que llamaran apresuradamente era normal, pero claro, no solía ser para cosas como aquella. Era mi vecina, como de costumbre, pero esta vez no era para gozar de fugaces placeres infieles, sino que era una urgencia algo más funesta.

Apareció ante la puerta apurada, histérica, apremiándome para que bajara a su piso. Apenas le salían las palabras de la boca, atropellada. Según decía su marido había muerto. No sabía qué hacer. Yo me tomé aquello con parsimonia. La conocía bien y era un tanto exagerada.

Bajamos al piso de abajo, ella varios metros delante, corriendo frenética por las escaleras en contraste con mi apático paso. Me abrió la puerta y presentó la situación, el escenario y su protagonista.

–Mira que quietecito está –dijo ella describiendo la estampa.

Nada más entrar lo vi en su sillón, con la cabeza ladeada, la barbilla besando el pecho y los brazos colgando a los lados. No se movía, no emitía ningún sonido, completamente inerte. Los brazos lánguidos cayendo a los lados del sofá, la boca entreabierta con la lengua insinuándose en los dientes, los ojos cerrados…. No parecía respirar.

–Yo lo veo como siempre, Lucia –aseguré.

–¡No! ¡Está muerto! ¡Yo lo sé!

Me acerqué con tiento al sofá donde yacía el hombre, temeroso, como si esperara que en un momento dado se abalanzara sobre mí. Cogí su muñeca y no detecté pulso tampoco… Me incorporé un poco y rasqué la cabeza en señal de desconcierto, sin apartar la mirada de aquel supuesto cadáver.

Tras estar un rato pensando en mis cosas, volví en mí. Lucía daba vueltas por la habitación parpadeando mucho.

–¿Qué hacemos?

Nos dispusimos a llevar el cuerpo a su habitación para tenderlo en la cama, ya que se negó en redondo a llamar a la policía en aquel momento. Aproveché cuando salió de la habitación para hacerme unos selfies con aquel hombre de sereno rostro.

Nos sentamos y empezó a contarme lo que había pasado. Cuando se levantó de la siesta lo vio dormido, le preparó un café. Todo parecía normal, pero al ver que no despertaba se alarmó y comprendió lo que ocurría. Me ofreció un café, pero me quitó la taza con el que había sobrado de su marido cuando iba a bebérmelo… Aquello encajaba regular. Luego siguió con unos lamentos que ya me sabía de memoria.

Era una chica sin familia que se casó por conveniencia para mitigar la necesidad, pero también la soledad, cuando su relativa belleza languidecía por culpa de los kilos y la edad, con un hombre bastante mayor que ella. La pegaba y la despreciaba, así que se consolaba conmigo y, además, podía sentirse deseada. No le dolía nada de eso, sino no tener a quien recordar. El “Día de Muertos” agudizaba todas aquellas sensaciones, anhelos y realidades, golpeaba con fuerza sus debilidades emocionales al desnudarle sus carencias las celebraciones de los demás.

Siempre se adecentaba mucho para mí, aunque con un resultado discutible. Se ha quedado sin cejas, algo que a mí me da absolutamente igual, pero ella no puede asumirlo. Una tarde apareció con dos hermosas cejas en su sonriente cara. Pensé que había ido a tatuárselas, pero no. Se las había pintado. Se pinta cejas falsas. Yo hago que no me doy cuenta, incluso la digo que está muy guapa, pero cuando con el calor o el sudor empiezan a borrarse, derretirse o difuminarse me resulta imposible disimular… Lo peor es cuando se las retoca. Es como ver un emoticono andante expresando distintas emociones…

Cuando anochecía, medio adormilado por los sollozos ya suaves de mi acompañante, escuché un sutil ruido a mi espalda, un arrastrar de pies, pasos inciertos y dubitativos. Al volverme poco a poco vi a aquel hombre que había dejado y fotografiado en su cama gozando del que pensaba descanso eterno, apoyándose en las paredes, como aturdido. No sé cómo lo hice, pero fue tal el respingo que pegué al verle que me vi parapetado en décimas de segundo encima de la mesa, en posición defensiva, mientras mi acompañante se lanzaba contra él gritando “pero, ¿por qué no te mueres?”.

Mis nervios y mi crispación no evitaban que fuera consciente de que tenía que evitar la paliza que aquella mujer estaba dando a su renacido marido, pero de repente me vi a su lado ayudándola en su concienzudo cometido hasta que lo dejamos tendido en el suelo farfullando quejidos agónicos.

Fue una suerte que el resucitado caballero no perdiera la vida por segunda vez aquella noche cuando descargamos sobre él nuestras ansias homicidas buscando relajar los crispados nervios. Una vez cesó aquel arrebato y recuperado el resuello, lleno de culpa y algo abochornado, levanté a aquel hombre, que intentaba evitarme asustado, y lo senté en el sofá donde lo encontré al entrar.

No sabía muy bien qué hacer ni decir, balbuciendo topes disculpas que aquel hombre recibía con mirada torva.

Luego el silencio, sólo interrumpido por la intermitente letanía de Lucía: “Nunca recordaré a nadie, nunca”…

 

 

sambo

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