EL DÍA QUE MI TÍO CONOCIÓ A DAVID LYNCH

EL DÍA QUE MI TÍO CONOCIÓ A DAVID LYNCH

CINE

 

 

 

 

 

 

 

Si hay un director con fama de raro ese es David Lynch. Sus películas no son precisamente las que vas recomendando por ahí, salvo si sabes que el recomendado está por la labor… Prototipo del gafapastismo, me entusiasma casi todo lo que hace, reconociendo en él además a uno de los autores más influyentes del cine moderno, lo que es curioso, ya que su influencia tiende a ser inconsciente en los influidos… Tanto él, tan encantador como excéntrico, como su cine, han torturado cabezas de todo el mundo buscando soluciones y explicaciones a sus extrañas narraciones, tortura placentera en sus fans, del mismo modo que ha desesperado a una gran mayoría, que nada más ver su firma en un film salen despavoridos a refugiarse en la sala más fresca y frívola que pillen.

En 1997 hacía años que ya era fan de las películas raras, más o menos como ahora, por lo que las cintas de Lynch eran recibidas con regocijo, sobre todo porque no eran abundantes. “Carretera perdida” era su último trabajo, pero perdí la ocasión de verla en el cine, por lo que sólo cabía esperar a su llegada al videoclub… La suerte vino a verme cuando en el verano, en Cádiz, donde había Canal Plus, estaban poniéndola de estreno. Ni que decir tiene que la vi a la primera oportunidad.

Mi entusiasmo se trasladó a conversaciones familiares, en las que mi tía se vio tentada, comentando que a ella esas películas extrañas también le interesaban, sugiriendo que viéramos juntos la de Lynch y apelándome a ver una que le había intrigado y no había entendido del todo. “Mi nombre es sombra” (Gonzalo Suárez, 1996).

Seleccionado el día y la hora más adecuadas dentro de las múltiples repeticiones que de las películas hacía Canal Plus (afortunadamente), nos sentamos en una plácida noche a ver la última locura del director norteamericano, lo que además me permitiría, para mi alborozo personal, el lucimiento intelectual posterior con las explicaciones pertinentes ante lo que estaba convencido que no captarían…

No sé si conocerán la película o no, pero su comienzo es tan seductor como intrigante, y los aspectos extraños no se hacen esperar. Esto, sumado al ritmo pausado, hace de “Carretera perdida” el perfecto paradigma de película “para gafapastas” que odian los cinéfilos más prosaicos.

Al rato de comenzar la película, mi tío subió después de su jornada laboral. Él, que de por si requiere de atención y conversación cuando hace acto de presencia, se mostró muy respetuoso al vernos viendo la película, preguntando tímidamente si “estábamos viendo una película”… algo que negamos casi escandalizados….

Mi tía afirmaba que mi tío no había visto una película en su vida, por lo que deducía que el entusiasmo que le causó “El pianista” de Polanski se debía más que a su indiscutible maestría a la falta de costumbre… Es lógico, por tanto, que al verle llegar y sentarse sumiso ante una película de David Lynch yo comenzara a sudar ante semejante situación.

 

 

 

Mi tía se mantenía indiferente a todo, concentrada en la película en un largo sofá en ángulo recto con respecto al mío, que estaba enfrente del televisor. Los sofás no estaban pegados, sino a distancia, y entre medias, en un escalón que hay en el salón, se sentó mi tío, también enfrente del televisor, a disfrutar de la entretenida película.

Pasé los primeros minutos en tensión, con sudores fríos (el caluroso verano no ayudaba) ante cada extravagancia, situación extraña o efecto de sonido que aparecía en la película, pero lo cierto es que con el paso de los minutos y el silencio espectral fui volviendo a mi concentración cinéfila y la historia protagonizada por Bill Pullman y Patricia Arquette.

Volví a quedar completamente sumergido en la película hasta que una escena concreta, escena que jamás olvidaré, no ya por la película, que también, sino por lo que ocurrió en ese momento, comenzó a desarrollarse.

El personaje encarnado por Balthazar Getty se tumba en su cama y mira al techo de su habitación, a una lámpara, en la que una polilla, haciendo gala de la torpeza habitual de las polillas, se había introducido, dándose pescozones contra los cristales de la bombilla y lo que la cubría… En ese momento la pantalla empieza a distorsionarse y surgen imágenes de un supuesto pasado, todo con filtros lumínicos y efectos de sonidos…

No lo vi venir… Relajado como estaba ya, me pilló completamente desprevenido… Al ver esa escena, vi por el rabillo del ojo cómo una silueta se levantaba frenéticamente, se quedaba en pie una décima de segundo y empezaba a gritar: “¿pero se puede saber qué cojones pasa en esta película? ¡Llevo una hora y pico ahí sentado viendo a los tíos esos con la tía rubia y no me estoy enterando de nada! ¡Se puede saber de qué coño va esto! ¡Que llega uno de trabajar y viene a relajarse un rato ante la tele y voy a terminar medio desquiciado…! ¡Manda huevos! Con ese tío ahí tumbado, con esa cara, la pantalla moviéndose… ¡SE PUEDE SABER QUÉ COÑO PASA EN ESTA PELÍCULA!

El bote que pegué ante los repentinos exabruptos no fue pequeño, pero una vez asimilé lo que pasaba y lo que decía, me entró un ataque de risa del que aún me acuerdo… Mi tío se puso a girar como una peonza por el salón sin parar de hablar preguntándose por esos tíos raros, las pantallas que temblaban y el sinsentido generalizado de la película. Incluso cuando salió al balcón a tomar el fresco seguía gritando desesperadamente su incomprensión y frustración, sin entender qué leches hacíamos viendo eso y lamentándose de haber estado más de hora y media pegado a la pantalla sin entender absolutamente nada…

Siempre que hablo de Lynch me gusta contar esta anécdota, primero porque me resultó entrañablemente divertida y, después, porque me parece que ejemplifica el único y particular universo de ese genio que es Lynch, esa ambivalencia que provoca, capaz de mantener hipnotizado durante más de una hora a alguien que no le gusta el cine o no está entendiendo lo que ve, como de desesperar al más pintado ante la incomprensión que puede llegar a producir.

Estoy seguro de que mi tío no se acuerda del día que conoció a Lynch, de hecho no sabía quién era ni antes ni durante ni después, pero yo no lo olvidaré jamás. De hecho, aquí queda plasmado negro sobre blanco para la posteridad.

 

 

 

sambo

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