LITERATURA

 

 

 

 

 

 

 

El mejor narrador de su generación en España y parte del extranjero. Esta valoración la escuché muchísimo cuando era pequeño, aún la recuerdo, cuando se oían estas cosas interesantes más a menudo. Y lo recuerdo especialmente porque mi madre siempre acudía fiel a esa mención para destacar a Ramón Solís, el magnífico autor gaditano, que también destacaba en estas lides de narrador.

Ahora, en cambio, veo cómo sofisticados e insignes tuiteros pretenden aleccionar sobre lo divino y lo humano al escritor y miembro de la Real Academia de la Lengua, como si fuera un ignaro embrutecido; aleccionar a un reportero de guerra que se la ha jugado más de una y de dos veces, a un excelente escritor y hombre culto y preparado desde el púlpito de no haber dado un palo al agua. Uno se sienta y ve cómo, compasivo y divertido, Pérez-Reverte se codea con alguno para ponerlo en su sitio.

Centrándonos en el análisis de la obra del autor, traigo una de sus primeras novelas. “El maestro de esgrima” (1998) nos cuenta la historia de un maestro de armas, don Jaime Astarloa, un profesional concienzudo y estudioso de su arte que sueña con descubrir “la estocada perfecta”, infalible, mientras la convulsa España bajo el reinado de Isabel II se filtra en su apacible vida.

Ese gusto por los contextos históricos reales que influyen en la ficción de la historia, más el gusto de Pérez-Reverte por Cádiz, también lo vincularían en cierta medida con Ramón Solís, del que puedo poner como ejemplo “Un siglo llama a la puerta”, donde viajábamos de la Ilustración al romanticismo en la victoriosa Cádiz de 1812. Arturo Pérez-Reverte visitó la Tacita de Plata en “La carta esférica” (2000), “Cabo Trafalgar” (2004) y la batalla de Trafalgar, o “El asedio” (2010), durante el sitio al que Napoleón sometió a la ciudad gaditana…

En “El maestro de esgrima” tenemos un encomiable y sentido tributo a la literatura de “capa y espada”, al folletín y el serial clásico, especialmente el del siglo XIX con espadachines, a “Los mosqueteros” de Dumas, “Scaramouche” de Rafael Sabatini, “La pimpinela escarlata” de Emma Orczy, “El jorobado” de Paul Féval, “El prisionero de Zenda” de Anthony Hope, las novelas sobre “Pardaillan” de Michel Zévaco y todo el mosaico de aquella literatura que tanto placer nos ha dado, incluidas sus adaptaciones o creaciones cinematográficas. De igual manera que “La carta esférica” se lo rendía a la literatura náutica con la que Pérez-Reverte disfrutó como lector, especialmente de las novelas de Patrick O’Brien (que tuvo una estupenda adaptación, muy reivindicada por Pérez-Reverte, en “Master and Commander”, dirigida por Peter Weir en 2003).

Arturo Pérez-Reverte es nuestro Howard Hawks. Sus constantes temáticas, sus obsesiones, sus personajes, tienen muchos puntos en común con los del genial director americano, en lo que seria un fascinante paralelismo cinéfilo.

Es interesante trazar una comparativa entre los dos y ver en un análisis de sus obras aspectos comunes a muchos niveles. Sin ir más lejos, sus personajes, por ejemplo, las mujeres…

Ambos autores poseen cierta ambivalencia donde coexisten cultura e instinto. Hawks era un hombre profundamente preparado y leído, estudió Ingeniería mecánica y participó en la 1ª Guerra Mundial. Era un apasionado de las carreras de automóviles y la aventura, la caza o la pesca. Cultura e instinto se definen en los dos protagonistas de sus comedias: el hombre cerebral, a menudo científico; la mujer, pura vitalidad e instinto. Lo mismo ocurre con Arturo Pérez-Reverte, hombre culto, miembro de la Real Academia de la Lengua y reportero de guerra, un aspecto que recogió en el relato “Territorio Comanche” (1994). Hawks y Pérez-Reverte podrían pasar por almas gemelas donde la aventura, la intriga, la vitalidad, así como estas facultades aquí destacadas, se filtran explícitamente en sus obras. Por ello no debe entenderse este paralelismo como otra cosa que la exposición de las claves de dos autores genuinos y auténticos, dos voces personales, llenas de matices e, incluso, diferencias entre ellos.

Para Hawks la aventura era una forma de vida, la mejor forma de alcanzar los objetivos, así lo vemos en muchas de sus películas, como lo leemos en las novelas de Pérez-Reverte: “la vida es una especie de restaurante caro donde siempre terminan pasando factura sin que por ello sea forzoso renegar de lo que se ha saboreado con felicidad o placer”, dice Julia en “La tabla de Flandes”.

La mujer hawksiana es una mujer especial, mítica, inolvidable, valiente, divertida, lanzada, inteligente, sincera, honesta, poco acomodada, alejada del mundo femenino de fiestas y reuniones de sociedad, prefieren el masculino. Suelen estar más a gusto entre hombres que entre otras mujeres… Son independientes, agresivas, sexuales, dominadoras, pocas veces crean vínculos o alianzas con otras mujeres. En Pérez-Reverte se repiten la gran mayoría de estas características, aunque con un trasfondo más oscuro, ya que no siempre son honestas, son profundamente peligrosas, a menudo fatales.

 

 

 

En las comedias de Hawks se ve a una mujer masculinizada hasta en sus poses, sin que por ello pierda un ápice de su feminidad, lo que le permite afianzar ese domino sobre el hombre. En esta novela que nos ocupa, nuestro protagonista piensa en varias ocasiones que la atractiva Adela de Otero tiene un punto masculino también.

La mujer revertiana, como la hawksiana, será aceptada en el mundo de los hombres cuando demuestre a estos su valía.

La mujer hawksiana siempre es la motivadora de la acción, los conflictos y los problemas. Moviliza a los personajes e impulsa e inicia la acción. En Pérez-Reverte son distinguidas, elegantes, armoniosas, bellas, maduras, inteligentes, no son presumidas en sentido frívolo, seguras de sí mismas, independientes, valerosas, ajenas al amor, a menudo por una herida en su pasado (Alejandra de “La piel del tambor”, Tánger de “La carta esférica”, Adela de Otero, de “El maestro de esgrima”, Teresa Mendoza de “La reina del sur” o, por supuesto, la Eva de la reciente saga sobre “Falcó”). Le gustan con experiencia.

La mujer perturbará y destruirá el cerrado mundo burbuja de los hombres, que se esconden de la vida. Esto es así en la mayor parte de la obra de Hawks y es, justamente, lo que ocurre en este estupendo libro del escritor español.

El hombre será manipulado, humillado y zarandeado por la mujer. Los hombres en las comedias de Hawks (y no sólo) viven en una burbuja, una burbuja profesional, son tranquilos y tienen una vida asentada y rodeada de control que la mujer viene a destruir. Reacios a cambios, apegados a sus rutinas. Los hombres, poco experimentados en el amor o víctimas de un pasado decepcionante en este tema, querrán alejarse o alejar a esa mujer inmediatamente, síntoma de que se sienten atraídos. Eso mismo sucede con Jaime Astarloa y Adela de Otero.

Hombres de férreos códigos morales, rutinas y costumbres que ven puestos a prueba, y que ellos utilizan como hilos de Ariadna para enfrentarse a un mundo caótico cuyo devenir se les escapa. Hombres con valores en desuso en muchas ocasiones. La valentía, la tradición, el honor, el orgullo y, sobre todo, la profesionalidad.

Sí, la profesionalidad es otra de las obsesiones del cineasta que vemos también ejemplificada en la obra del escritor cartagenero (“La carta esférica”; “La tabla de Flandes”; la saga sobre “Las aventuras del capitán Alatriste”; las novelas de “Falcó”, antítesis moral de Alatriste, pero un “profesional” de lo suyo, mercenario implacable, o esta que aquí trato, que es paradigmática). En Hawks, sus grupos de personajes siempre serán competentes profesionales, entregados en cuerpo y alma a su actividad laboral, que priorizarán sobre cualquier cosa.

Los héroes hawksianos son tremendamente seguros en su pequeño mundo profesional, pero absolutamente inseguros fuera de ese círculo, especialmente con las mujeres, algo que suele deberse a una mala experiencia pasada. Víctimas fortuitas de una amenazante vida que los apela a participar. Por ello se refugiarán allí de nuevo si finalmente la aventura no sale como esperaban (su burbuja profesional como éxito vital), exactamente como le pasa a Jaime Astarloa en esa agitada y crispada España isabelina. Es algo que entiende y logra controlar.

En Hawks, la camaradería es un tema esencial, los amigos como sustitutos de la familia. En esta novela también la hay, pero no en el mismo sentido ni con la misma fuerza que en el director americano: un grupo de amigos por necesidad y sin excesiva confianza.

En las relaciones, el hombre suele ser ingenuo, vergonzoso, inseguro, despistado… Una inocencia ligada a la pureza o confundida con la misma en ocasiones. Como contraste, la mujer será decidida, valiente, atrevida, lanzada, segura, poderosa… como he comentado. Opuestos, por tanto la atracción es lógica.

En cambio, al contrario que en Hawks, donde sus personajes suelen vivir apegados al presente, en Pérez-Reverte el pasado tiene especial importancia.

Personajes obsesivos, talentosos, solitarios. Héroes crepusculares, “cansados”, como Pérez- Reverte mismo los definiría en “El Club Dumas”: “Lo dijo sonriendo con aire cansado. En el mundo de Corso, todos los héroes estaban cansados”. Y así se los ha denominado en adelante en ese afán de crear etiquetas nuevas aunque todo sea clásico. Héroes que empiezan a sentirse o se sienten fuera de lugar, sostenidos tan sólo por el hilo de su prestigio anterior (Lucas Corso, Lorenzo Quart, Coy, Alatriste, el propio Jaime Astarloa…). Hombres con sus propios principios y códigos morales, su propia ética personal, que contrasta con su entorno en una contradictoria lucha entre romanticismo y eficacia y eficiencia, que aquí se escenifica en la esgrima, arte pasado de moda como vehículo de honor, convertido en deporte y en franca retirada ante las armas de fuego.

Ese punto anacrónico, al estar en el ámbito de los principios y valores (también estético), adquiere o mantiene el respeto de sus amigos, rivales y enemigos por genuino. Ahora suele ser vacua fascinación “vintage”.

Orgullo y dignidad. Tradición y apego a la misma como principio: “Con la espada en la mano valgo tanto como el que más”.

El elemento obsesivo es una nueva muestra de la personalidad del autor que, evidentemente, se filtra en su obra, ya que si por algo destaca Pérez-Reverte, además de por su adictiva prosa, es por su detallismo y concienzuda precisión a la hora de crear y describir los entornos, las actividades y contextos, labor que, como él mismo ha explicado, le lleva meses, consultando documentos, revistas de moda, pinacotecas etc. (las descripciones y terminología náutica en “La carta esférica” o “Cabo Trafalgar”, la vestimenta de sus personajes, sus utensilios cotidianos, como en sus sagas sobre Alatriste y Falcó, las descripciones y movimientos de la esgrima en “El maestro de esgrima”…).

La aventura y el riesgo siempre están ligados a los héroes hawksianos y revertianos, es algo que el director usa para fortalecer relaciones, especialmente las de camaradería y amistad, y el escritor para hacer evolucionar y madurar a sus personajes, para que alcancen una mayor sabiduría, una idea presente en “La piel del tambor”, “La carta esférica” o en la más reciente “El tango de la guardia vieja”, por ejemplo.

La sobriedad y el estoicismo gobernarán los comportamientos de sus personajes, huyen del sentimentalismo como de la peste.

Muchas de las tramas se estructuran como un viaje de autodescubrimiento, de maduración, liberación de aspectos de la personalidad de los personajes que se mantenían ocultos o reprimidos, algo que en Pérez-Reverte es especialmente significativo en obras como “La tabla de Flandes” o “La reina del Sur”.

A pesar de todo ello, siendo muy hawksiano, lo cierto es que los héroes masculinos de Pérez-Reverte quizá tengan un punto más fordiano por ese aire crepuscular, de otro tiempo, que se quedan sin sitio, solitarios, escépticos, como el Wayne de “Liberty Valance” o de “Centauros del desierto”, siguiendo con símiles de directores clásicos. Al fin y al cabo Pérez-Reverte es muy cinematográfico, aunque desgraciadamente no se le ha hecho la justicia debida en la gran pantalla. ¡Ojalá viviera Hawks!

La estructura de búsqueda es muy recurrente en Pérez-Reverte, la búsqueda de un grial, un objetivo que suele ser un ideal, generalmente vinculado al conocimiento, columna vertebral de todo. Ese objetivo es premiado por Pérez-Reverte con dicho conocimiento, saber, experiencia, no así cuando se quiere el aspecto material o se busca poder (“El húsar”, “El maestro de esgrima”, “La tabla de Flandes”, “El club Dumas”, “La carta esférica”…). Aquí tenemos la obsesiva búsqueda de “la estocada perfecta”.

Las figuras del mentor y el alumno, los conflictos generacionales, el paso del tiempo, el eterno signo de los tiempos donde los veteranos siempre ven frívola la incipiente juventud y los jóvenes desprecian los valores y modos de la madurez, que siempre es reivindicada por el autor, ya que posee la sabiduría, el conocimiento y la guía imprescindible… Pérez-Reverte es un magnífico reivindicador de la madurez y la experiencia.

El pasado. Es habitual en las obras de Pérez-Reverte que el pasado tenga una importancia capital, ya sea directa o indirectamente. Por ello, es común que sus tramas se engloben en contextos históricos que tienen influencia en la historia de ficción misma (“El maestro de esgrima”, “El Húsar”, “La sombra del águila”, “La reina del Sur”, “Cabo Trafalgar”, “El asedio”…). Otras veces ese pasado es indirecto (“La tabla de Flandes”, “El club Dumas”, “El pintor de batallas”, “La carta esférica”…), elementos reales de un pasado que fue y al que se busca, descubre o da otro sentido.

En relación al pasado tenemos los recuerdos o los objetos que llevan a tesoros o buscados objetivos. Recuerdos que son el gran tesoro, íntimo ancla, nuestro más puro y solitario “yo”, que aquí tienen en cuadros y objetos varios su principal exponente.

El amor en Pérez-Reverte es doloroso, difícil, cuando no decepcionante. Sus relaciones no suelen tener un “final feliz”. La muerte, por otro lado, unas veces es castigo, pero otras simplemente aparece como irremediable parte de la vida, su otra cara, que siempre van unidas: “la única realidad absoluta, compacta, indiscutible y definitiva es la muerte. Donde sólo somos un pequeño relámpago entre dos noches eternas y dónde, princesa, tenemos muy poco tiempo” (La Tabla de Flandes).

Por supuesto, la guerra y las hazañas bélicas están muy presentes en su obra, a las que da su justo valor y en las que profundiza. Ahí es especialmente relevante su “Pintor de batallas”, donde el pasado de un fotógrafo de guerra, Faulques, se hace presente y donde la moral, la lucidez y el eterno conflicto cosmos/caos se ponen de manifiesto. Es brillante en los conflictos hispanos, lógicamente, como en “El asedio” con la resistencia gaditana contra los franceses o en “Un día de cólera” con el levantamiento del 1 y 2 de mayo en Madrid, por ejemplo. Y el mar, importante en su vida como marino experto que navega desde hace años.

Madrid, 05/11/2015. Entrevista a Arturo Perez Reverte. Foto: Isabel Permuy ARCHDC

Los secundarios siempre suelen ser importantes, funcionales dentro de la trama, con algunas constantes (el sabio, el jefe codicioso, el trepa…). Los bares y lugares de reunión donde se habla mucho y se calla más, donde se desvelan caracteres y abren personalidades, también adquieren especial protagonismo. Los libros, los documentos, la palabra escrita, son el contenedor del saber, que sirven para alcanzar los descubrimientos necesarios, para interpretar las pistas que ayuden a los protagonistas a culminar el objetivo final (mapas, mensajes codificados…): “Mi patria son los libros”, ha llegado a decir, y por ello son, siempre, tan importantes.

Sus personajes son viajados, conocen mundo, lo que les sirve para relativizar y conocer mejor la realidad en la que se mueven.

Todos estos aspectos aparecen en la obra que os traigo aquí, junto con algunos momentos excelentes. Es magistral el combate dialéctico, sin florete, que se representa en los primeros encuentros de la pareja protagonista y que un talento como Pérez-Reverte debía incluir necesariamente. Lo gocé en extremo cuando iba bebiendo las páginas.

Tenemos algunas claves del cine y la novela negra en este thriller, como la mujer fatal que perturba el ordenado mundo del héroe cuadriculado.

La idea de inexorable destino y su asunción también aparecen en la obra de Arturo Pérez-Reverte de una manera explícita o sugerida. Aquí hay cierta confrontación entre lo espiritual y lo cerebral, entre el azar y la matemática, con la existencia de “la estocada perfecta”.

Es curioso que en este sentido homenaje y tributo a la literatura de capa y espada, al folletín y el serial, haya cierto metalingüismo, autoconsciencia cínica en los personajes más jóvenes. Me parece una idea sumamente brillante.

Es cierto que “El maestro de esgrima” puede resultar previsible en conjunto, pero nunca tramposa, siempre profundamente honesta y adictiva, te atrapa sin remisión y te lleva en volandas hacia su resolución y hacia la pasión por un deporte como la esgrima, cuando no era deporte pero empezaba a serlo, hacia el orgullo por un arte y los valores que lo sostienen.

Es la segunda obra de Pérez-Reverte, donde empezó todo, donde se cimentó la carrera de uno de nuestros escritores actuales más exitosos y reputados. Disfruten.

 

 

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