RELATO

Era una abuela tradicional, de silencios estoicos y miradas firmes y resignadas, como muchas de aquellas generaciones. Siempre estuvo acostumbrada a hacerlo todo sola. Era de las que preferían hacer a hablar. Y tenía mucho que hacer y poco que decir.
Su marido no quiso molestarla mucho tiempo y, cuando se enteró de que había rellenado su vientre con un hijo, salió corriendo y la dejó con toda la responsabilidad y las gestiones de la finca. Quizá por eso no le dio tiempo a echarle de menos.
Era de esas que no cedían nunca a la tentación de expresar emociones, demasiado curtida en las decepciones. Apenas conocía a su nieto. Lo vio dos o tres veces en los primeros años de vida, cuando su hijo, al que consideraba un egoísta, aún se lo llevaba en los veranos. Desde ese momento sólo supo de él por cartas y fotos, que leía y miraba sin mover un músculo de su cara.
Hacía de todo. Labraba, cultivaba, recolectaba, transportaba, vendía, construía… Y nadie le enseñó ni le regaló nada, aparte de varias decenas de vilezas. Lo hacía desde que era niña, lo hizo embarazada y nunca dejó de hacerlo. Vivió con su hijo hasta que éste decidió que ya tenía suficiente de aquello. Se marchó con poco dolor y menos palabras para volver cuando no tenía nada.
Hacía al menos seis años que no lo veía. Llegó puntual. Se sorprendió un poco, aunque no lo dejara traslucir, al verlo bajar del coche y acercarse por la amplia parcela que lindaba con la casa, ya que se le notaba algo desmejorado. Dejó la puerta abierta para que pudiera entrar y preparó café en silencio. Lo tomaron mirando a todas partes menos a los rostros que tenían enfrente.
Quedó conmovido por todo lo que su madre había construido para su nieto, aunque no entendiera todas las implicaciones. Cuando era un niño, correteaba por allí persiguiendo animalillos, escalando árboles, explorando la laguna o los senderos ocultos y escuchando el ruido de la naturaleza que le susurraba lo solo que estaba. Había disfrutado mucho, sobre todo los veranos.
Había una portería, un balancín, un columpio clásico, con su neumático, un palo con una canasta de baloncesto… De haberle importado, habría entendido que su seca madre había ido construyendo esas cosas a lo largo de los años que no fue, siguiendo, sin darse cuenta, los comentarios que se esbozaban en sus cartas sobre lo que iba haciendo su nieto, los cambios en sus gustos… Porque su madre, patéticamente, siempre creía que ese verano sí que iría.
Consideraba a su madre poco cariñosa y sin ambición, aunque lo crio y dio los estudios que le permitieron marcharse de allí hacia eso que consideraba a su altura. Quizá por eso hacía tanto que no iba. Ahora… todo había cambiado.
“Al menos él disfrutará conmigo de estas cosas que yo no tuve”, pensaba el hombre. Todas las tardes jugaba con su hijo. Pasaba horas empujándole en el columpio, le tiraba tiros mientras hacía de portero, daban brincos en el balancín o iban en barca a la laguna, donde lanzaba al pequeño con su flotador para enseñarlo a nadar.
Quería dar a su hijo uno de esos veranos que él tuvo. Quería que conociera donde creció y cómo lo hizo. Pedía a su madre un par de bocadillos y se iban de excursión, explorando la zona y buscando chavales con los que el niño pudiera jugar. Se quedaba embelesado mirando como correteaba y rodaba por la hierba.
Fueron semanas tranquilas y buenas para él. Disfrutaba y veía disfrutar a su hijo. Después de mucho tiempo, se sentía sereno, como en una insinuación de felicidad. Lo único que le inquietaba era la relación entre nieto y abuela. Siempre tenía esa mirada severa que había cambiado poco con la edad. La descubría vigilándolos con el rabillo del ojo, notaba cierta extrañeza… Cada vez que intentaba que se relacionaran, ella protestaba, se sentía incómoda en su presencia y se iba. No le hablaba, salvo que él se lo pidiera, y, pese a todo, era fría y distante, aunque a él lo trataba igual…
Notaba su dolor y no podía culparla, como tampoco sabía disculparse. Intentó hacerla partícipe de sus juegos y excursiones, pero ella siempre ponía excusas que ya recordaba sobre lo ocupada que estaba y el trabajo que faltaba. Sabía que ella era difícil, pero en absoluto insensible. Iba a pasar allí algún tiempo y creía que todo mejoraría.
Ella, por su parte, sufría porque no estaba acostumbrada a las dudas. Era una mujer de acción, determinada y decidida, aquellas reflexiones e inquietudes que la atacaban cada noche en su cabeza, la perturbaban. No sabía qué hacer ni cómo actuar.
Estaba feliz de tener allí a su hijo, ya que para ella los rencores eran un sinsentido, pero no esperaba verlo así… Dijeron que iría mejorando, pero parecía evidente que todavía no había superado lo de Mario, que seguía culpándose, por eso lo había llevado consigo, como si todavía estuviera.
Al principio se enfadaba, pero esos intentos continuos, ese anhelo en sus ojos y sentirse madre y abuela otra vez fueron mermando su fingida insensibilidad.
Ya había empezado a refrescar y no sabía cuándo se volvería a repetir todo aquello, eco distorsionado de la infancia de un niño al que atendió poco ocupada en sus quehaceres. Una tarde, tras muchas semanas, se acercó a su hijo, que empujaba el columpio con palabras alegres. Titubeó, dudó y estuvo a punto de darse la vuelta cuando, al fin, él se percató de su presencia. Sorprendido, vio enseguida que el rostro de su madre se había ablandado. Los ojos de la mujer pedían clemencia y miraban furtivamente al columpio.
–¿Puedo?
Su hijo pareció salir de un sortilegio y, apresurado, se apartó casi azorado…
–Claro, claro…
Entonces vio cómo su madre comenzaba a empujar aquel columpio vacío y una sonrisa que había permanecido oculta varias décadas… y es que ya no quedaba mucho de aquel viejo verano.






