STEVEN SPIELBERG

 

 

 

5/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Personajes

A Spielberg siempre le han gustado los héroes normales, con actores no especialmente glamurosos, si bien, como Hitchcock, tiene una doble vertiente: el héroe idealizado y el héroe normal. Esos héroes normales son los encarnados por Dreyfuss, Scheider o Hanks. Son los que tenemos en “Tiburón”. Los tres protagonistas definen un todo, como piezas escindidas que muestran la manera de encarar el miedo, el terror, la necesidad de seguridad… la tesis soterrada explicada.

Y todo personaje spielbergiano tiene un marcado carácter obsesivo. Recuérdenlos. Eliot buscando a ese extraño ser y luchando por llevarlo a casa. El Dreyfuss de “Encuentros en la tercera fase” (1977) metido en su taller creando montañas mientras deja de lado a su familia. Lincoln persiguiendo la abolición de la esclavitud. Indiana Jones buscando tesoros perdidos. Schindler intentando salvar más y más judíos. Tom Cruise buscando al culpable de un futuro asesinato o poner a salvo a su familia. Hanks decidido a encontrar a Ryan. El ser artificial buscando a su familia. La huida y persecución de Hanks y DiCaprio en “Atrápame si puedes” (2002). El chico que busca su caballo en la Gran Guerra. El “espía” que quiere rescatar ciudadanos americanos de Alemania como sea. Los buscadores del huevo de pascua en “Ready Player One” (2018)…

Y, por supuesto, nuestros tres protagonistas. Un obseso estudioso de los tiburones, un sosías del capitán Ahab y un policía y agente con familia decidido a cumplir con su trabajo para llevar paz a su entorno…

Brody (Roy Scheider) es el hombre corriente, el sentido común, el corazón.

“Serías capaz de no dormir esta noche”.

 

 

Hooper (Richard Dreyfuss) es el científico, la cabeza, la parte cerebral.

 

 

Quint (Robert Shaw) es el marinero, la parte visceral, animal, las vísceras.

 

 

“Antes yo odiaba el agua. No sé por qué”.

“¿Qué día es hoy?”

Entre Brody y Hooper habrá pocos problemas, el sentido común y el cerebro parecen llevarse bien. Una vez tengamos a los tres juntos, vendrán los primeros conflictos, evidentemente entre el cerebro y las vísceras como protagonistas. Lo cerebral y lo impulsivo chocando de lleno. El experto teórico y estudioso y el experimentado marinero, donde además se suman conflictos de clase con la prepotencia y el complejo del segundo, la altanería y arrogancia que pueda haber en el primero.

“Hoy en día no se encuentra un buen hombre de menos de 60 años. Se fueron todos hace más de 35”.

“¡Ya está bien! No tengo por qué aguantar estos desplantes de héroe de la clase trabajadora”.

“Lo llevaré como lastre”.

Mientras Brody es padre de familia, los otros dos son solteros. Hooper estudia porque ama y le fascinan los tiburones; Quint los odia, Brody los teme. Quint es un machista redomado y un ser asocial, contrastando con los otros dos, especialmente Brody.

“Las mujeres de hoy no saben hacer nada. Las jóvenes no son ni la mitad de listas de lo que fueron sus abuelas. Por eso todas las que están entre los 30 y los 45 años son imbéciles”.

“No les gusta que salgamos, pero les encanta que volvamos”. “La botella de ron”.

 

 

–En otra genialidad de Spielberg, vinculará a los personajes con el tiburón, expresando o enfatizando sus personalidades o vaivenes emocionales con escualos.

Como comenté, el tiburón acaba significando nuestra pulsión de autodestrucción, ese impulso visceral, natural, ante el que nos rebelamos mediante la civilización. Planos de los personajes junto a elementos de tiburones los describen.

Cuando la madre del pequeño fallecido en la playa reproche su comportamiento a Brody, Spielberg encuadrará a éste con el ensangrentado, colgado y muerto escualo que los domingueros pescaron pensando que era el responsable de aquella muerte.

Siempre será en una disposición de duelo los encuentros de Brody con los tiburones: en la playa, viendo su ataque al niño desde lo lejos, en su nuevo paso cerca de su hijo, mientras lanza carnaza o al final, frente a frente con una escopeta.

 

 

Hooper se relaciona siempre con los tiburones de forma científica, con artilugios, un metro para medir sus mandíbulas, armas blancas para abrir su estómago, arpones con veneno…

 

 

A Quint lo encuadrará enmarcado en una dentadura de tiburón mientras da rienda suelta a su verborrea, explicando su incontinencia y personalidad, así como su relación con los tiburones.

–Hooper: Necesito que haya algo en primer término para calcular las proporciones.

–Brody: ¡Y una mierda!

 

 

Hooper y Quint son hombres de riesgo, de acción, aunque uno sea teórico. No rehúyen el peligro ni los miedos, incluso se lanzan a por ellos. Brody, piedra angular de la tesis analizada, es todo lo contrario. Esto queda claro en la excelente escena del USS Indianápolis, cuando antes del relato de Quint todos muestren sus cicatrices, tanto físicas como sentimentales, heridas de tiburones y amores… La rúbrica brillante será cuando Brody muestre su cicatriz en el vientre por una apendicitis, si es que hay cicatriz…

 

 

 

 

Música

El visionado de la película sin la música de Williams tuvo poca reacción. Sosos “está bien”, “interesante”, fue lo que se encontraron en esos primeros pases entre los ejecutivos y miembros del equipo.

Con la música, todo cambió. Spielberg achaca la mitad o más del éxito de la película a la música de Williams.

Y no le gustó al principio. Creía que Williams le gastaba una broma al mostrarle su trabajo, esas escasas notas en progresión al piano. El compositor tuvo que asegurarle que no bromeaba, que esa era la música que se adecuaba a la perfección al monstruo. No esperaba Spielberg algo tan plano y simple, esperaba algo extraño, sonidos como de otro mundo, con un punto psicodélico… Cuando Williams le hizo entender y le repitió la melodía, Spielberg comprendió lo que tenía entre manos.

 

Williams logra con esa banda sonora la perfecta integración y combinación de música e imagen. El músico hace un encendido elogio del arte cinematográfico como “potenciador” de las notas y se enorgullece de cómo el espectador asocia la música a la imagen provocándole una emoción inusitada, de una intensidad de la que carecerían la imagen y la música por separado. Es la combinación lo que logra la verdadera emoción. Evidentemente tributaria de la que Bernard Herrmann hizo en «Psicosis» (Alfred Hitchcock, 1960).

“Tiburón” fue el primer Oscar de Williams por su propia música (antes había logrado uno por adaptar en 1972 “El violinista en el tejado”).

John Williams no sólo logró una de las bandas sonoras más famosas y reconocibles de la historia, no sólo logró identificar sus notas con la aparición o presencia del tiburón, es que trascendió todo eso, de tal manera que es oír, aunque sea fuera de contexto, su sencilla melodía y el imaginario colectivo se pone en guardia, la identifica con la amenaza inminente, la presencia del peligro, del miedo. En abstracto.

Cuando se logra algo así…

Pretendía el compositor algo que recordará al cine de piratas, porque veía la película un poco como aquello, pura aventura. Básica, entretenida, divertida, muy directa. A su vez tenía la intención de retratar con sus notas la determinación visceral, instintiva, imparable del tiburón, su incesante objetivo. Así, sus famosas notas, suenan más rápido o más lento, más alto o más bajo, según convenga, si el tiburón está en frenesí o expectante, en calma o en tensión…

Williams logra el vínculo de sus notas con el tiburón desde el primero momento. Por eso, a partir de ahí, puede jugar con el espectador como quiere junto a Spielberg. Hacerlo aparecer sin avisar con la música, acercarlo y dejarlo pasar subiendo y bajando la intensidad, todo para lograr los más variados impactos y emociones.

 

 

Nada más iniciarse el film aparece la música de Williams. Algo sumergido husmea en las profundidades. Ese tiburón. Ya está marcado el tono.

Cuando la bañista se remoje en la primera secuencia, nada más aparecer el plano subacuático lo hará la música. Aún no sabemos qué ocurre, pero cuando el tiburón actúe, se sellará a fuego el vínculo entre el escualo y esa melodía. El espectador ni siquiera es consciente, sólo lo siente. Siente el miedo.

 

 

 

 

Sí, es magistral el uso de la música, sus apariciones coincidiendo con el tiburón, su minimalismo, su capacidad de sugerencia e influencia en el espectador, pero hay otro aspecto que eleva el uso de la música en esta película a la excelencia. Y es su ausencia.

Esa ausencia de música causa tanto o más pavor al espectador cuando nos sumergimos en el agua o nos adentramos en ella, en los planos subacuáticos o flotantes, porque temes que en cualquier momento esas notas de Williams puedan aparecer. La música da la certeza de un terror inminente, pero la ausencia logra algo más terrorífico aún, la incertidumbre y la posibilidad de esa certeza.

 

 

Así lo hace en la primera escena playera, con esos momentos de tensión donde Brody cree que ocurrirá lo peor, los chillidos de una chica que juega con el novio, el gorro de un bañista que emerge… En cambio, cuando nos sumerjamos en el agua y veamos los juegos de los niños, sí aparecerá la música, de forma creciente conforme se acerca a unas piernas, lo que tendrá como consecuencia el brutal ataque a uno de los críos, de bañador rojo.

 

 

 

 

 

La escena culminante sobre la ausencia musical la tenemos en el primer día playero con turistas, con todo atestado de bañistas. El silencio y los chapoteos, sonidos típicos de playa, son lo que tendremos la mayor parte del tiempo. Ni Spielberg ni Williams engañan cuando algo misterioso aparece sumergido en el agua amenazando a los bañistas. Nos sumergiremos en el agua, veremos piernas y cuerpos flotantes, pero la música no suena. ¡Y aterra igual, porque temes que suene!

Cuando aparece una aleta flotando, la música sigue sin aparecer, para desconcierto del espectador, que se teme lo peor. Descubriremos que todo era una broma de unos niños, reconociendo que no nos engañaron. Se asustarán, gritarán, pero no será un tiburón.

 

 

En cambio, cuando estén todos en la playa, a salvo, en la laguna “para las viejas” una chica mira con miedo, el contraplano nos muestra algo en el agua… y aparecerá la música. No cabe duda, ahí sí está el tiburón.

La música aparece majestuosa cuando vemos su enorme envergadura y presencia ante los tres protagonistas en su intento de pescarlo con “La Orca”, cuando entienden que quizá “necesiten un barco más grande”. Una aparición que es repentina, inesperada, por lo que la música no aparece, pillando al espectador desarmado, ya que se le había condicionado a que relacionara la música con la presencia del tiburón. Una vez el susto haga su efecto, la música de Williams sí aparece, con ese tono majestuoso mencionado, pesado, contundente, ante la insinuante y sinuosa exploración del escualo alrededor de la embarcación.

La música cambia y se hace aventurera cuando “La Orca” persigue al tiburón, melodía que era muy del gusto de Williams, su favorita, sobre todo por cómo va cesando y haciéndose más tenebrosa según esa persecución termine siendo infructuosa.

 

 

Y es que Spielberg renuncia a los sustos a traición en casi todo momento (si bien hay alguna excepción), omitiendo impactos musicales con las apariciones repentinas del tiburón, por ejemplo cuando aparece a la espalda del enjaulado Hooper o en su brinco sobre “La Orca”.

 

 

Observen la diferencia y el rigor de los elementos y el uso musical en la escena en la jaula submarina. La música será de ida y vuelta cuando Hooper vea llegar al tiburón a lo lejos. Lo mira y, al verlo, la música se inicia creciendo mientras se acerca a la mencionada jaula. Cuando pasa de largo la música va decreciendo hasta callar. Acto seguido, Hooper preparará su arpón y será sorprendido por la espalda. Nosotros veremos la aparición un poco antes, pero no hay música, que sólo dejará unas notas que no se corresponden con la melodía vinculada al escualo, una vez haya chocado con los hierros.

No significa esto que se renuncie a los clásicos sustos donde la música juega un papel importante. Ahí tenemos la aparición de la cabeza en la barca hundida que asusta a Hooper, una de las secuencias que más gritos arrancó a los espectadores. Y eso que la música entra ligeramente tarde, lo que quizá enfatice el impacto.

 

 

De manera significativa, Williams introduce sinfónicamente la tonada que canta Quint en determinados momentos, casi siempre como rúbrica a una historia de tiburones (cuando ironiza con la jaula de Hooper antes de comenzar viaje o cuando ha relatado su experiencia en el USS Indianápolis), como si fuera una ironía o una insinuación de redención. La oiremos cuando el marinero reviente los motores de su barco por pura prepotencia. Ante un primer plano suyo observando la situación, Williams meterá esas breves notas, él cogerá unos salvavidas, de los que dijo renegar, para entregárselos a Hooper y Brody, y pedirá consejo al primero sobre su equipamiento, como última opción para acabar con el escualo, como una especie de redención. Una tonada de fatalidad y redención.

 

 

 

 

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