GARRY MARSHALL
4/5
Una de las comedias románticas más exitosas e influyentes de los 90, su década, y del cine moderno. De elementos, estructura y estilo profundamente clásicos, que utiliza los modelos de la comedia clásica aderezados con unos pocos ingredientes de actualidad y el aroma del cuento de hadas (que en el fondo tienen casi todas las comedias románticas clásicas), para lograr un perfecto mecanismo que sigue triunfando en la actualidad, como demuestran sus continuos pases televisión de audiencias millonarias.
¡Madre mía, cuántas veces la han copiado o imitado! Estamos ante una de esas películas con una buena colección de escenas e imágenes muy recordadas. Gere y Roberts comprando y pidiendo que les hagan la pelota; ella vengándose de las dependientas que la humillaron; Roberts sumergiéndose en la espuma de la bañera al cerrar el trato con Gere o poniéndose una sensual blusa al inicio; Gere y su broma con la caja del caro collar (improvisación de Gere e impagable reacción espontánea de Roberts que se decidió dejar); el final subiendo la escalera de emergencia; el tema de Roxette…

Dos personalidades contrastadas, uno introvertido, la otra extrovertida; de clases sociales opuestas, una prostituta, el otro un magnate multimillonario, condenados a entenderse y enamorarse, en este caso. Clases, deshumanización, redención personal a través del amor y la humanidad, los sentimientos… Y en el proceso un deseo femenino muy extendido, verdadero sueño húmedo: lograr cambiar al hombre, cuanto más malote o traumatizado mejor. Moldearlo, transformarlo… desde “el poder del amor”. ¿Qué hubiera sido de “50 Sombras de Grey” sin esa idea?
Sí, no estamos tan lejos de “Sucedió una noche” (Frank Capra, 1934), pionera del género (caracteres contrastados y distintas clases), “La Fiera de mi niña” (Howard Hawks, 1938) (caracteres opuestos), “Ninotchka” (Ernst Lubitsch, 1939) (caracteres e ideologías opuestas), “Vacaciones en Roma” (William Wyler, 1953) (clases distintas)… o “Notting Hill” (Roger Mitchell, 1999) (clases distintas y caracteres distintos), que no todo va a ser anterior a esta ni en el mundo clásico, que la Roberts ha tenido más vida y ha investigado mucho en el género…
No, amigos, no se dejen despistar por analistas politiqueros o sociólogos que centren sus miras en el componente social, que aquí es una mera excusa que no pretende reflexiones profundas ni dogmas maniqueos. Los ingredientes y contrastes sociales son un elemento absolutamente eficaz y muy bien utilizado para sus verdaderas intenciones, que no son otras que divertir y seducir, además de conseguir una buena progresión dramática en los dos personajes protagonistas, como bien demostraremos.
Sé que en ciertos círculos está de moda denostarla, cosa que siempre me pareció absurda, pero lo cierto es que tras el análisis me he encontrado, además, una magnífica comedia.
Dinero y amor
Todo el proceso y progreso de los protagonistas desde sus opuestos posicionamientos iniciales, tendrá al dinero como fundamento esencial. Una idea tan sencilla como realmente bien utilizada, porque nada es fortuito.
Observen el primer plano del film, por ejemplo. Dinero y juegos de manos, monedas que cambian de lugar o aumentan su valor y tamaño… Es, básicamente, a lo que se dedica Edward Lewis (Richard Gere).
Conoceremos a Edward en lo alto de la casa de su abogado, donde sólo se habla de negocios. Es un tiburón de los mismos, son su prioridad. Al mismo tiempo rompe con su pareja, Jessica, a la que básicamente tiene olvidada. No le interesa lo más mínimo ni le afecta su ruptura. Abandona lo humano/personal en lo alto para descender a los negocios. Lo material lo es todo.


Al final del film lo veremos abajo, en una calle poco glamurosa, subiendo para encontrarse con Vivian (Julia Roberts), pasando de lo material de las monedas (y un lujoso collar) a lo humano de la “princesa”, dando por terminado su proceso de madurez.
Se define, por tanto, que lo elevado es lo humano, mientras que lo material está a ras de suelo. Por eso su relación se desarrollará en la habitación del ático… y por eso tiene vértigo a las alturas.
–Edward: Yo no salgo ahí fuera.
–Vivian: ¿Por qué no sales fuera?
–Edward: Me dan miedo las alturas.
–Vivian: ¿En serio? ¿Y por qué has alquilado la suit el ático?
–Edward: Porque es la mejor.


No son baladíes los comentarios sobre las alturas, el miedo que Edward siente por ellas y cómo las irá superando. Las alturas representan lo humano, lo elevado, el involucrarse y entregarse a otra persona, algo en lo que Edward no funciona bien.
“Pedí una suit del ático en el primer piso… pero no tenían”. “¡Beverly Hills está hacia abajo!”.
En su evolución, veremos a Edward en el límite de esa terraza, donde Vivian se asoma provocándole, sin atreverse a salir…





Cuando Vivian se vaya, veremos a Edward ya en la terraza, asomado con precaución, en otro paso más en su evolución, previo a su decisión final. Sigue teniendo vértigo, pero se sobrepondrá a él…
Un paso definitivo que se dará con él decidiendo subir unas escaleras hasta el último piso, que es donde vive su amada (lo humano)… dando por concluida su evolución, redención y madurez personal.
–Edward: Tenía que ser el último piso, ¿no?
–Vivian: Es el mejor.
–Edward: Está bien, subiré.



No, no debe entenderse, ni por asomo, como una crítica maniquea al capitalismo. En todo caso, y para el que quiera ir por ahí, a la ambición desmedida que puede contener el capitalismo de altas finanzas. En realidad esto no es más que un cuento de hadas usando códigos modernos reconocibles en la actualidad, donde un príncipe sería ahora un elegante multimillonario de éxito y una Cenicienta una prostituta que malvive en Los Ángeles.
Y es que aunque Edward es un empresario despiadado, se redimirá y desde su holgada posición hará cosas positivas. La empresa que se plantea comprar pertenece a buenos tipos que se preocupan por sus trabajadores y que acabarán pactando con Edward, finalmente, para el beneficio de todos…
La evolución personal de Edward va ligada a esa trama empresarial, en un obvio subtexto. Primero como tiburón de los negocios intentando comprar una empresa para despiezarla, finalmente llegando a un pacto con ellos para hacerla prosperar, tras sentir mala conciencia y gracias al amor de Vivian… Alcanzará esa humanidad en lo alto de su edificio…
Edward es la pura vacuidad. No crea ni aporta nada, sólo se sirve de resortes legales para acumular dinero. Al final del film, se aliará al que iba a ser su víctima para crear algo. Barcos.
El tema de la aspiración, de la superación, profundamente capitalista, está presente durante toda la película. Vivian muestra desde el principio su intención de salir de ese mundo en el que se siente atrapada, que le sirve para ganarse la vida… Su amiga, contrapunto cómico, Kit De Luca (Laura San Giacomo), que en principio parece no tenerlas, al final de la película sí expresará la misma intención. Ella es otra prostituta y drogata, contraste que plantea otra realidad, aunque finalmente se la intenta redimir vagamente.
“50 pavos, abuelo. Por 75 tu vieja puede mirar”. “¡Hazte una paja!”.
“¿Es que no quieres salir de esto?”
“Voy a hacer ese curso de peluquera y estaré menos tiempo allí, ¿sabes?”. “Hay que tener una meta. ¿Tú no tienes una meta?”.
“Pretty Woman” es la historia de dos personas que se esconden en lo material por distintos motivos, pero que anhelan lo personal y emocional. Porque no, no sólo Edward está consumido por lo material, Vivian se protege de las emociones en su trabajo con una máscara de frivolidad, como bien demuestra al inicio del film, pero que mal disimula.
“Con el dinero no bromeo”. “Los dos jodemos por dinero”.

Vivian parece también obsesionada por el dinero de inicio, aunque en su caso más por necesidad. De hecho, más bien parece fingir, en cierta medida, más allá de su necesidad obvia, ese interés, o lo exagera. Es como otro mecanismo de defensa, otra fachada, en la cree que esa manera de proceder es la adecuada para moverse por ese mundillo. Mentirá a Edward sobre su tarifa al ver su coche y su look, con la esperanza de sacar más dinero, por ejemplo.
–Vivian: Chato, voy a tratarte tan bien que no me dejarás marchar jamás.
–Edward: 3000 por 6 días… Vivian, sí que te dejaré marchar.
Finalmente, una vez despojada de toda coraza, mostrará que su verdadero interés, sueño y deseo es romántico, capaz de renunciar al dinero.
–Vivian: Me hubiera quedado por 2000.
–Edward: Te hubiera pagado 4…



Por ello, ambientamos la historia en Beverly Hills, lugar de contrastes, de lujo, éxito y glamour, de putas, drogas y pintadas… Tenemos grandes coches, casas lujosas de actores famosos, el paseo de la fama… y la sordidez de turistas fotografiando cadáveres, chulos explotando a las prostitutas, drogas rulando por todos lados, basura… Cuando Edward desciende de su burbuja y cae por error en un barrio menos elitista, el contraste se hace patente, su cochazo al lado de la basura, su desconcierto y aislamiento, necesitado de ayuda…
Carole Lombard, Bob Hope, los Hermanos Marx, Fred Astaire, Ella Fitzgerald, Esther Williams, Doris Day, Sylvester Stallone…
“¿Cuál es tu sueño?”. “… que ahí se han cargado a una tía”.






Uno es lo que la otra necesita y viceversa, pero el personaje sobre el que todo orbita es el de Richard Gere. Él es el que debe evolucionar más, él es el que verdaderamente cambia, por lo que Vivian se convierte en el principal motor de ese cambio, que a su vez se beneficiará de él. El cambio de Vivian es, básicamente, físico, el de Edward espiritual.
Edward tiene dos fuerzas pujando por él. Una es la emocional de Vivian, la otra la material que lo tiene colonizado y que representa su abogado. Al inicio de la película su vínculo es con su abogado, al final de la misma se desprenderá de él para apostar por Vivian.
“Es mi abogado, buena persona”.
Philip Stuckey (Jason Alexander) es el abogado de Edward. Una especie de Pepito Grillo diabólico. Alexander consigue uno de los personajes más despreciables del cine mainstream, absolutamente mezquino y repulsivo. Él es la personificación del capitalismo sin escrúpulos, la obsesión por el dinero, la inmoralidad. Le dan igual las consecuencias con tal de lograr su negocio. Tratará a Vivian como mercancía, básicamente como hace con todo, incluido Edward, que es sólo un medio…
“Mentira. Eso es mentira”. “Yo te convertí en un hombre rico haciendo lo que más te gustaba”.
“Ya sé lo que es querer más. Yo inventé ese concepto”.




Edward ha vivido toda su vida en una burbuja que Vivian explotará. Aspectos cotidianos le son ajenos, por ejemplo la conducción del coche de su abogado, donde el cambio manual le resulta problemático. Ponerse una corbata… En su desconcierto aparecerá Vivian para guiarlo, como su GPS vital, cuando no sepa cómo salir de ese barrio tan ajeno a su entorno. Será una de las pocas veces en su vida que actúe por instinto… Ella conducirá ese coche que le crea problemas o anudará su corbata…
“Tienes ese aire de listo incompetente”.
–Vivian: ¿Son estos tus amigos?
–Edward: Sí, más o menos.
–Vivian: Pues no me extraña.
–Edward: ¿El qué?
–Vivian: No me extraña que vinieras a buscarme.


La simpatía y espontaneidad de ella, con ciertas atrevidas ocurrencias, irá derrumbado, poco a poco, las barreras de él. Por ejemplo en esa mirada que le lanza cuando ella suelta un dato del trivial sobre el tamaño de los pies…
“Mi primer coche fue una limusina”.
Acto seguido será su descaro, tocándole el miembro sin rubor alguno… sin que él la rechace, porque él no se inmuta por nada.
–Edward: 100 dólares la hora… ¡Qué dura!
–Vivian: Todavía no… pero promete mucho.




Ese descaro, esa actitud de reto a ese mundo artificioso en el que se mueve Edward, esas miradas desafiantes y que no se achantan ante esas otras que la juzgan con desprecio, es una de las cosas que terminan por seducirlo, porque, como explicaré, Edward desprecia ese mundo, aunque quizá ni siquiera es consciente. Incluir ese elemento excéntrico en ese universo de etiqueta, la prostituta hortera en el hotel lujoso y fiestas de sociedad, es también una especie de reto de Edward al sistema del que es parte esencial, aunque no creo que sea consciente de tal intención. Es más instintivo…
Esta paulatina mezcla entre ambos se irá desarrollando con muchísima lucidez en los detalles de guión. Él dejará que ella conduzca su lujoso coche ante sus dificultades, mostrando así rasgos de su carácter, su amabilidad, complacencia, firmeza y practicidad. Ella irá cayendo seducida por esos rasgos, más allá de los evidentes lujos.
–Edward: Es que hay muy poca gente en el mundo que pueda sorprenderme.
–Vivian: Pues tienes suerte, a mí la mayoría me dejan de piedra.

La química de la pareja es indiscutible en su contraste. El comportamiento fresco, sin filtros, encantador, ingenuo e infantil de ella, lo van seduciendo. Su risa franca (icónica) y la falta de doblez es algo a lo que Edward no está acostumbrado, manejándose por la vida siempre con desconfianza y la guardia alta… Sí, su sonrisa lo es todo. Y Gere goza de lo lindo…
–Edward: Te he dicho que no cogieras el teléfono.
–Vivian: Pues entonces no me llames.
La influencia de Edward hacía Vivian es básicamente externa. Hay mucho del mito de Pigmalión en su relación, donde los cambios que provoca él hacia ella son sociales, estéticos y de forma, de educación y trato social. Gere será el lubricante adecuado para que ella, fuera de contexto, “termine por encajar”. Convertirá al Patito Feo en Cisne…
–Edward: Algo ni muy llamativo ni muy sexy. Clásico. ¿Entendido?
–Vivian: Aburrido.
–Edward: Elegante.
“Porque el champagne aumenta su sabor”.
“La reacción de la gente la primera vez que ve una ópera es muy espectacular. O les encanta o les horroriza. Si les encanta será para siempre, si no… pueden aprender a apreciarla, pero jamás les llegará al corazón”. Esta es una reflexión que le gusta recordar a mi madre, aunque niega que proceda de la película… Una escena, la de la ópera, que tiene su cebo al inicio del film y un nuevo eco al final.
“Debo estar en Nueva York el sábado, tengo entradas para la ópera”.


Ella es la autenticidad que le falta al artificial mundo de Edward. Pura autenticidad. Él siente que las reacciones a todo aquello que le enseña son genuinas (la ópera, la Traviata, que va de una prostituta que se enamora de un hombre rico), a la vez que él mismo aprende a sentir, a valorar lo humano.
Y es que Edward, en el fondo, desprecia con toda su alma el mundo en el que vive, ese mundo material. Por eso se enfrenta a él como en una guerra, airadamente, aunque no haya motivo. Ha nacido en él, sabe cómo moverse y manejarse, sabe cómo funciona… y lo desprecia desde ese conocimiento. Por eso se enfrenta a todo lo que tiene que ver con él con altivez, prepotencia. Es el motivo de la escena en la que acude a comprar con Vivian, humillando y ridiculizando a los patéticos dueños de la tienda, manejándolos con cinismo e ironía en el único lenguaje que parecen entender, el del dinero, que a él le sobra…
–Vivian: En las tiendas no son tan simpáticos con la gente.
–Edward: Con la gente nunca lo son. Lo son con el dinero.



Es por ello que Edward trata con esa prepotencia y cierto desprecio al encantador y entrañable director del hotel, que merece comentario especial. Es uno de los aspectos que más me desagradan de la película y del personaje que interpreta Richard Gere, pero que analizado dicho personaje resulta de tremenda lucidez. Y también que tras discutir con el entrañable James Morse (Ralph Bellamy) y su nieto David (Alex Hyde-White) se sienta afectado, se desprecie en el fondo…


Hector Elizondo interpreta a Barney Thompson, el director del hotel. Uno de los papeles secundarios más encantadores y sencillos de la comedia romántica ochentera y noventera. Con sutiles miradas y sonrisas, Elizondo hace una memorable composición. Él es un ejemplo de mirada positiva capitalista. Es pura sensibilidad, agudeza, comprensión, tacto y sutileza. Siempre habla con segundas intenciones y dobles sentidos para hacer más digerible la realidad en ese mundo, enmascarándolo, sublimando la discreción. Su personaje es el comprensivo nexo que permite la integración natural de Vivian en ese mundo que le es ajeno y que la rechaza. Un sabio exquisito.
“Debe resultar difícil separarse de algo tan bello”. No da puntada sin hilo.



Edward se mostrará borde y altivo con él, olvidando su nombre y apelllido incluso, dejándole con la palabra en la boca. Lo debe considerar otro peón más en ese mundo de lujo que desprecia… pero al final, en la despedida, sí recordará su apellido.
“Que siga tan guay”.
Él hará también de mentor, Pigmalión, con Vivian, enseñándola a comportarse en la mesa y a utilizar los cubiertos. Eso sí, no servirá de mucho en la cena, donde el contraste cómico está algo forzado, pero es entrañable el comportamiento del anciano rival de negocios de Edward, haciendo que la muchacha se sienta bien y cómoda.


El sexo también supone un aspecto importante en su relación, obviamente. El primer polvo son puros negocios, pero marca un complicidad sin retorno. Es brillante el sutil cambio de tono de la noche anterior a la mañana siguiente tras el primer encuentro sexual. Del morbo y la tensión sexual a una relajada complicidad, como de matrimonio primerizo… Luego llegan los sentimientos…
La cuestión principal de esta evolución y giro clave definitivo del film es saber por qué Edward decide llevar al hotel a Vivian y pasar con ella una semana. ¿Puro deseo? ¿Una excentricidad? ¿Vive un proceso de cambio que no sabe gestionar? ¿Es una necesidad?


Lee aquí la 2ª Parte del análisis.
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4/5




