MEMORIAS DE UNA BUTACA: La Tele y la Butaca

MEMORIAS DE UNA BUTACA: La Tele y la Butaca

TELEVISIÓN

 

 

Por JUVENAL GARCÍA

 

 

 

 

 

Iba a escribir un post sobre el maestro Hitchcock, su ansia por hacer dinero llenando cines y la manifiesta injusticia histórica de ser uno de los grandes que nunca fue premiado con un Oscar. También pensaba hablar de cómo muchos de nosotros descubrimos algunas de sus obras maestras al mismo tiempo que nuestros padres y abuelos, porque estuvieron perdidas durante mucho tiempo por diversas razones. Pero luego reparé en que hablar del maestro del suspense y de las rubias gélidas era un magnífico MacGuffin para hablar de algo que desconocen nuestras generaciones más jóvenes: el prejuicio anti-televisión de la mayoría de la gente del cine y su final en nuestra época.

Pues sí, queridos niños y niñas, amables lectoras y conspicuos lectores –o viceversa–: hubo una época de profundo desprecio a la TV. En realidad hubo una época en la que había, en el mundo del relato escénico interpretativo, una cadena de desprecios. El teatro despreciaba al cine como un subproducto. El cine, a su vez, consideraba la tele como un cubo de basura artística; Groucho Marx dijo aquello de:

“Creo que la televisión es muy educativa. Siempre que alguien la enciende, voy a otra habitación y leo un buen libro”.

(“I find television very educational. Every time someone switches it on, I go into the other room and read a book”).

Muchas de las estrellas de las series de televisión soñaban con pasar al cine con éxito. Muchas de las estrellas de cine, cuando caía su popularidad, aparecían como artistas invitadas en series para contento y a la vez conmiseración de las audiencias. No digamos ya si aparecían haciendo publicidad.

En España esto se mantuvo durante años, en especial en lo que respecta a la publicidad. A pesar de la pasta que reportaba la compra de derechos para anuncios (por eso y por otras razones que no vienen al caso se componían jingles), muchos artistas y compositores se mostraban renuentes a mancharse con el dinero televisivo. Especialmente los que componían temas en vez de canciones. Los hay, como Van Morrison o Lluis Llach, que siguen sin autorizar que sus obras respalden anuncios. Se armó un escándalo mayúsculo cuando una agencia compró los derechos de Hoy Puede ser un Gran Día de Serrat “para vender compresas” o tampones, no recuerdo. Pero el asunto llegó a la portada de El País. Tanto escándalo que la campaña fue retirada a pesar de que la agencia (fui socio de uno de los perpetradores) pagó religiosamente los derechos de la canción.

Perdón, del tema.

Pero a lo que íbamos: poco a poco, ante la caída del starsystem y la deliciosa y casi secreta exclusividad del teatro, los actores y actrices (y muchos compositores) vieron que las cantidades de dinero que se manejaban en televisión y en la publicidad eran espectaculares. Y aunque muchos siguieron dosificando su “descenso” de la pantalla plateada a la pequeña, la mayoría vio cómo una serie podía asegurar muchos años de sueldo y un anuncio recuperar carreras olvidadas o relegadas. Algunos fueron y siguen siendo muy selectos respecto a sus elecciones: el que escribe estas líneas llamó al agente de Sean Connery para proponerle su aparición en un spot y la respuesta fue –pongan acento cockney por favor–:

“Mr. Connery sólo acepta aparecer anualmente en una película, un spot y una serie de televisión. En este año Mr. Connery ya ha hecho sus tres apariciones y no aceptará un nuevo papel. Muchas gracias por su amable requerimiento”.

 

 

 

 

Los creyentes en lo comercial, como Hitchcock, por el contrario, vieron clarísimo el mercado de la televisión como algo a explotar. Mr. Hitchcock cedió su imagen para editoriales de libros de misterio, para producciones menores y, sobre todo, para su programa mundialmente conocido Alfred Hitchcock presenta (Alfred Hitchcock presents 1955-1962), que se mantuvo con varias secuelas y reediciones hasta mediados de los ochenta.

Ahora vivimos la edad de oro de la televisión. Ahora productores, guionistas y estrellas de cine están en series que, en realidad, son grandes películas seriadas. Y allí encontramos a directorazos como David Fincher o a estrellazas como el mejor Matthew McConaughey o el mejor Woody Harrelson, a una impresionante Julia Roberts o a un brutal Mahersala Ali, probablemente uno de los mejores actores de todos los tiempos. Hoy en día los Emmy son tan seguidos o más que los Oscar y entre los invitados no falta habitualmente nadie, cosa que no suele pasar tan a menudo con los premios de la Academia.

Ahora hay un tráfico tremendo de guiones y proyectos con nombres que hace veinte años hubieran sido impensables más allá del cameo o del papel “de reinserción” habitual. Los actores que hacían apariciones en publicidad con mil garantías y en productos prometedores están ahora vendiendo de todo para todos. Es difícil ver ahora un anuncio en un plasma que no esté protagonizado no ya por una estrella del cine, el teatro o la televisión, sino del mundo del entretenimiento.

Hace años sólo un astuto fenicio como sir Alfred o gente de su calaña visionaria se atrevieron con el dichoso aparato. Ellos no vieron la muerte del cine, sino la reinvención del entretenimiento. El resto miraba por encima del hombro al que más tarde sería su futuro.

Y los que lo vieron hicieron pasta. Una barbaridad de pasta.

Post Data: en la BBC el tráfico entre escena, pantalla grande y pantalla pequeña fue, como en la edad de oro de Televisión Española, más fluido. Por eso los productos eran de tan alta calidad. Pero esta es otra historia.

 

sambo

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