LUKA

LUKA

RELATO

 

 

 

 

Con el tiempo, los bombardeos se terminan convirtiendo en sinónimo de intimidad. Cuando llegan, unas veces cercanos, otras como ecos lejanos, es mejor pasar el tiempo charlando que con el miedo y los propios pensamientos. Creo que a él le pasaba lo mismo.

Estos tiempos hacen extraños amigos. Dudo mucho que nos hubiéramos conocido sin el estallido de la guerra y las batallas campales. Tampoco creo que de habernos encontrado hubiéramos sido amigos. Siempre se pueden encontrar cosas buenas…

Cuando lo vi tenía todo el aspecto de una persona que se ha rendido. Era un día lluvioso. Había reyertas en las calles que amenazaban con acercarse. Yo iba con paso firme cuando lo encontré. Donde todos corrían para ponerse a resguardo, él permanecía quieto, con la cabeza baja, las rodillas rodeadas por los brazos y la mirada perdida. Normalmente ignoro a la gente y voy a lo mío, pero en aquel frenesí lo cogí de un brazo, lo levanté en volandas y lo llevé a mi refugio.

Era una casa semiderruida, como la mayoría, y abandonada, pero estaba bien parapetada y servía como protección y lugar de descanso. Pasó varios días en ese tono taciturno y callado. Estaba seguro de que no seguiría allí cuando volviera de alguna mis expediciones, pero no se fue. Le daba igual estar allí que en la esquina donde lo encontré. Cuando se ha perdido todo no es raro sentirse así.

Comía y bebía lo que le traía, daba las gracias, dormía. Poco a poco se fue abriendo. Supongo que en la soledad, la cháchara de cualquiera o una mano amiga acaba siendo bien recibida. Fue él quien se acercó a mí una noche de bombardeos. Se mostró afectuoso y agradecido por lo que había estado haciendo, por darle un lugar donde resguardarse, y se ofreció a acompañarme en mis expediciones a por comida o a cualquier cosa en la que pudiera resultar útil.

Así lo hicimos durante algo más de una semana, pero en estos tiempos uno no puede coger mucho apego a un lugar. Todo es inestable. Fuimos moviéndonos de un lado para otro, buscando lugares que parecieran acogedores y lejanos a los problemas, si es que eso era posible, manteniéndonos en ellos todo el tiempo que podíamos.

Así comenzó nuestra creciente complicidad. En esas noches de refriegas y tiroteos, en nuestros paupérrimos escondites temporales, a los que llamábamos indistintamente “dulce hogar”, nos tirábamos horas charlando sobre todo tipo de cosas que no tuvieran que ver con lo que sucedía, con el presente. Así que viajábamos al futuro y, de vez en cuando, al pasado.

Yo le hablaba de mis padres, de mi madre que falleció antes de la guerra, de mi padre, al que mataron antes de que pudiera rescatarlo, de cómo me las había ingeniado en los últimos años, de mis planes de futuro, de mis gustos, lo que hacía antes de que todo se destruyera… A él le gustaba hablarme de Luka.

Lo escuchaba con agrado, era cuando parecía más cercano, más desnudo, cuando dejaba las corazas a un lado y su desgana por vivir a otro. Luka era su perro.

Me contaba con verdadera pasión los juegos que realizaban, los momentos que compartían, sus paseos por el parque, los programas de televisión que veía con él tumbado en su regazo, su orgullo al ver sus habilidades, cómo iba aprendiendo día a día todo lo que le enseñaba, su rostro de cariño cuando le daba la comida o se dormían juntos… Y cómo murió con cinco años cuando cayó una bomba en su casa.

Momentos rescatados al tiempo y al dolor. En sus ojos vidriosos veía el anhelo de lo inevitable.

Siempre que me hablaba de Luka, en la madrugada, cuando se suponía que ambos debíamos estar dormidos, le escuchaba llorar. Un llanto sereno, resignado, desahogado. Llegué a pensar que ese dolor íntimo, que él creía secreto, en el fondo era una necesidad. Necesitaba sentirlo, recordarlo, desahogarse.

Cuando le interrogaba por su familia o cualquier otro aspecto de su pasado, se bloqueaba, rechazaba hablar de ello. Luka era el único punto de fuga, el único resquicio de su pasado en un blindaje emocional fuertemente pertrechado que se resistía a rendirse y desvelar sus tesoros y pesadillas.

Tampoco el futuro parecía un tema especialmente atractivo para él, aunque aportaba vagas ideas a proyectos que pudieran ser compartidos de cuantos yo imaginaba. Era como si su pasado le hubiera incapacitado para ir hacia el futuro, dejándole suspendido en él durante un presente que le resultaba indiferente, eterno, etéreo…

Encontré a aquel perro en otro día lluvioso, tan desamparado como lo encontré a él. Acurrucado en un rincón, empapado y tiritando, era la pura presencia del abandono. No se resistió lo más mínimo cuando lo recogí abrigándolo bajo mi abrigo, secándolo mientras lo llevaba a casa.

Me parecía el regalo ideal, pero él lo recibió con cierto escepticismo, incluso miedo. Lo trataba con excesivo respeto y algo de indiferencia. Un comportamiento titubeante, inexperto. Pensé que quizá me había equivocado.

Como suele suceder, el perro se hizo querer, su influjo y necesidad de protección y cariño derribó sus reticentes barreras finalmente. Comenzaron a jugar, se ocupaba de su comida y dormían juntos cada noche. Lentamente, de una manera muy sutil, atisbé lo que podría llamarse una especie de felicidad en él, un fugaz reflejo de lo que pudo ser en ese pasado que ocultaba.

Hace dos noches se sentó junto a mí. El perro se abalanzó y tumbó sobre él. Me dio las gracias con una sonrisa.

–¿Le has puesto nombre ya? Podría ser Luka…

Guardó un reflexivo silencio de varios minutos.

–Luka no era mi perro. Lo sabes, ¿verdad?

–Lo sé.

–Pero sí tenía cinco años.

 

sambo

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