RELATO

 

 

 

 

 

 

Los mejores recuerdos de Navidad los tengo con mi padre, ese entrañable sinvergüenza, especialmente aquel del muñeco del escaparate en mi tienda favorita. Era una especie de bazar con un montón de cosas variopintas y juguetes que me flipaban. En alguna ocasión, que veía menos que a mi prima de Murcia, de la que me sorprendió todo muchísimo cuando volví a verla, a mí y a mis hormonas, lograba que me compraran algún modesto objeto que me deleitaba durante meses, por inservible que fuera.

Aquel muñeco llegó a mi vida un domingo. Era casi tan alto como yo, con un atuendo futurista, como venido de otro mundo, con armas que parecían de galaxias lejanas y accesorios que eran lo más genial que había visto nunca. Amor a primera vista.

Me quedé absorto mirando el escaparate, cerciorándome de que mi padre me veía bien en esa pose suplicante, de alma en pena, esperando esa palabra de aliento que no llegaba. Era frustrante, dando pie a mi compañero para que dijera su diálogo, pero se ve que no lo recordaba… Mi padre corroboró mi atracción hacia aquel hombrecillo al ver mis gestos, gemidos y esfuerzos para pasar por aquella calle haciendo rodeos que no venían a cuento durante esa semana, porque si algo me ha caracterizado en esta vida es la sutileza. Nunca logré convencerlo. A un mes de las navidades, tenía claro qué era lo que quería que me trajeran los Reyes con la misma certeza que mi padre sabía lo que no me iban a traer bajo ninguna circunstancia.

Antes de cualquier incómoda petición formal, mi padre, la noche del sábado siguiente, mientras me tapaba para darme las buenas noches y en un tono confidencial y secreto, me contó una historia increíble. Tenía la intención de darme una sorpresa: quería pedirle a los Reyes de mi parte (¡qué brujillo!) que me trajeran aquel muñeco que, según había observado, despertaba cierto interés en mí (se las sabía todas). Había un problema, claro, y es que no estaba en venta. En una conversación con el dueño de la tienda y el propio muñeco, le explicaron que Steve, que así se llamaba, no estaba muy por la labor de pertenecer a nadie por el momento, que tenía muchas cosas que hacer. Le gustaba mucho viajar y correr aventuras, no quería meterse en una casa, aunque yo le había caído muy bien, porque se ve que me recordaba mirándole con mucha ilusión. Quizá, en un futuro, cambiara de opinión…

Por ejemplo, esa misma semana se iba a la jungla, a la que llevaría su cantimplora y su látigo, porque era seguro que se encontraría con leones, que eran muy peligrosos y siempre estaban pendientes de sus excursiones por la sabana africana.

Aquello me dejó perplejo, desconcertado, fascinado y decepcionado, una mezcla que me fue difícil de asimilar… durante unas horas. Al día siguiente, mi padre, como quien no quiere la cosa, me llevó sin rechistar a la tienda en la que estaba mi ansiado muñeco y, para mi asombro, allí estaba vestido de explorador, con su atuendo moteado, el sombrero, la brújula, la cantimplora, el látigo… Fue tal el impacto que no dije palabra en todo el día.

Así, mi padre, todos los sábados, me contaba las aventuras y excursiones que mi amigo Steve vivía a lo largo de la semana.

Antes de seguir, debo contaros alguna cosa de mi padre. Era encantador, mi persona favorita, divertida e imaginativa, pero bastante pendenciero, irresponsable y desbordante de carisma. Era muy generoso con los demás y consigo mismo, no tenía nada suyo y le gustaba gozar de sus pequeños vicios. Raro era el mes que no tenía problemas de dinero. De hecho, todo este plan con Steve venía de que no podía comprarlo. Eso sí, se propuso conseguirlo en un futuro, si aún me interesaba, junto a una historia definitiva.

Total, que cada sábado me contaba las más apasionantes historias de buceadores, buscadores de tesoros, astronautas, villanos, superhéroes, pilotos, piratas… que adquirían cualidades sobrehumanas en sus aventuras o las perdían con el tiempo, donde Steve siempre era el protagonista y me mandaba algún mensaje o entregaba algún obsequio. Aún conservo una esfera dorada con incrustaciones que se abría y descubría un pequeño ídolo encontrado en una perdida ciudad inca que, según Steve, daba buena suerte.

Mi padre fue perfeccionando el sistema de tal forma que no podía caber duda alguna de que todo lo que contaba era real. Se hizo amigo del dueño de la tienda, al que daba ideas y del que recibía llamadas para contarle el siguiente modelo que colocaría. Me hacía entrar en la tienda para hablar con él, confirmándome todo con una naturalidad abrumadora y avanzando futuras experiencias…

El vendedor vestía a Steve los domingos por la noche, así que mi padre tenía toda la semana para elaborar su historia del sábado, que alcanzaron un virtuosismo digno del mejor autor infantil. Así, cuando llegaba el siguiente domingo, todo encajaba como un guante. Viví aquellas historias partiéndome de risa o bajo las mantas por el miedo que me daban, pero siempre terminaban bien.

Pasado un año, mi padre fue preparando la llegada de Steve a casa, por si acaso. Estaba cansado, dolorido, debía buscar una vida más tranquilla y sentar la cabeza… Lo que no calculó mi retorcido y seductor padre fue que vapuleó mi innato egoísmo infantil, lo aniquiló de tal forma que tuve que rendirme. Era la solución perfecta, mi renuncia voluntaria para salvar sus historias. Empecé a pensar en cosas que no había pensado en la vida, en las consecuencias de tener a Steve en casa. Mi egoísmo viró. Pero lo comenté tarde…

Lo compró y tuvo que abandonarlo en el trastero porque yo había decidido que era mejor que Steve no renunciara a su vocación, que allí siempre tendría su casa para cuando quisiera, pero que debía seguir haciendo esas cosas mientras aún fuera joven… Y eso hizo: durante dos años más me regaló sus maravillosas historias.

 

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