EL MALVADO ZAROFF (1932)

EL MALVADO ZAROFF (1932)

IRVING PICHEL y ERNEST B. SCHOEDSACK

 

 

 

4/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El mundo está dividido en dos clases de seres: el cazador y el cazado. Por suerte, yo soy el cazador. Y eso nunca va a cambiar”.

Un gran clásico del cine aventurero, del cine con científico loco, un clásico original y fresco, que no extraña haya tenido tanta influencia e imitadores. “El Malvado Zaroff” es una especie de película nodriza que alberga otras muchas que vinieron posteriormente.

Son muchos los títulos que tienen a este fantástico film como uno de sus referentes explícitos, implícitos o involuntarios. “Huida hacia el sol” (Roy Boulting, 1956), “Octopussy” (John Glen, 1983) y “El Hombre de la Pistola de Oro” (Guy Hamilton, 1974) de la saga Bond, “Acorralado” (Ted Kotcheff, 1982), “La Princesa Prometida” (Rob Reiner, 1987), “Depredador” (John McTiernan, 1987), “Perseguido” (Paul Michael Glaser, 1987), “Blanco Humano” (John Woo, 1993), “Defensa” (John Boorman, 1972), “El Rey de la Montaña” (Gonzalo López-Gallego, 2007), “La Presa Desnuda” (Cornel Wilde, 1966)…

El Malvado Zaroff” plantea una reflexión sobre la civilización a través de la caza. ¿Naturaleza o deporte? Pensamiento salvaje, visceral, más auténtico; o civilizado, donde se establecen frías reglas…

 

 

La civilización como un remedo de la naturaleza, una mera evolución o, más bien, perversión, incapaz de tornar sus reglas. Los cazadores y los cazados cambian, mejoran sus armas y sus artimañas, pero sigue habiendo cazadores y cazados. De estas cosas habla este clásico y magnífico film que da para muchas lecturas en su abstracción. Las proyecciones y moralejas parecen obvias desde el sencillo planteamiento y debate inicial.

Meditaba sobre la inconsistencia de la civilización. A la bestia de la jungla, que sólo mata para comer, se le llama asesina, y al hombre que caza por deporte le llaman civilizado”.

El personaje interpretado por McCrea representa la altivez y prepotencia humana. Es un tipo osado, un cazador que defiende su práctica… y que de alguna forma recibirá su lección.

La caza es como el juego del póker, sólo que el límite es más alto”.

 

 

Se usan bien los cebos en el inicio de la película. Extrañeza y preocupación del capitán del barco. Unas boyas que deberían marcar un camino seguro que no están donde deberían estar; cartas que vaticinan mala suerte… se va definiendo una tensión que prepara para lo que acontecerá.

Hay más cebos. Las menciones a la lancha averiada, que en realidad Eve sabe que no lo está. La mención a los dos marineros que llegaron con los hermanos y que hace tres días que no se les ve. La sala de trofeos…

Observen el curioso rasgo de estilo mientras estamos en el barco. Un balanceo de la cámara o el decorado que integra al espectador en la embarcación. Por supuesto, al enorgullecerse de su prepotente seguridad de cazador nuestro protagonista, el barco se accidentará para que ponga camino hacia su maduración y redención…

 

 

Un naufragio muy bien mostrado, con explosiones y hundimiento, en un montaje más sincopado y corto que contrasta con el anterior, de planos más largos y generales.

Otro rasgo que llama la atención, que incluso llega a cortar, en cierta medida, la fluidez del relato en la primera parte, son los constantes fundidos a negro. En cambio, es hábil el truco de la niebla en el último tercio, que ayuda a disimular decorados y logra una estupenda atmósfera en los pantanos.

Pichel y Schoedsack, los directores, juegan hábilmente con la profundidad de foco, sobre todo en la parte aventurera: un ejemplo lo tenemos en el fracaso de la primera trampa, con la pareja protagonista resguardada en una cueva, donde vemos a lo lejos la amenazante presencia de Zaroff con su arco. También usan los planos subjetivos a través de la selva en la persecución obsesiva de Zaroff.

 

 

Y es que es ahí, en ese mismo naufragio, cuando esa condición de cazador que nunca será cazado, comienza a cambiar, cuando ve de cerca a los tiburones… Rainsford será el único superviviente.

Rainsford pasa por un breve pero acertado tránsito por lo salvaje (se comenta que las islas están llenas de salvajes, cosa que no…), desde el cobijo de la civilización en el barco hasta llegar a otro reducto civilizado, un castillo solitario que no es más que un remedo de esa civilización que concibe nuestro protagonista (Joel McCrea). Una fortaleza portuguesa restaurada custodiada por un temible forzudo llamado Iván, un cosaco a las órdenes del conde Zaroff, aristócrata que se apartó del mundo tras la revolución rusa… El relato, cuento, de Richard Connell es muy breve, por lo que se engordó la trama para la película, por ejemplo con el personaje femenino y su hermano, otros dos supervivientes de otro naufragio (se mencionan otros dos marineros rescatados que no veremos), que según ese amable e inquietante anfitrión son habituales en la zona.

 

 

La isla donde se desarrolla la historia adquiere un sentido metafórico como manifestación de los instintos y la maldad humanas, el lado visceral y violento que está en su naturaleza, a los que la civilización aspira a poner coto.

Eve (Fay Wray) es el clásico personaje de mujer vulnerable, sin mucho que reseñar, pero tiene ciertos aspectos interesantes en su presentación. Parece el personaje de más sutil inteligencia y vivacidad. Ella sabe que ocurre algo, por lo que busca la complicidad de Rainsford (McCrea) para explicárselo. Los perros, que serán de presa (Harold Lloyd prestó sus Gran Daneses para la película, que fueron teñidos para resultar más amenazadores, lo que no gustó mucho a Lloyd, claro…), los marineros que fueron a la sala de trofeos para no regresar, la lancha que ella sabe que sí funciona… En definitiva, las mentiras de Zaroff

 

 

El retrato de Iván es tan inocente como divertido, su sonrisa, exigida por Zaroff, recuerda a la que hará el Terminator en “Terminator 2” (James Cameron, 1991).

 

 

Entre el protagonista y el villano hay un obvio vínculo a través de la caza. En un principio ambos están encantados con el otro, pero uno terminará decepcionado al no encontrar comprensión en el protagonista, y éste se escandalizará al ver la falta de límites del villano. Un personaje complejo este Zaroff, apartado del mundo pero anhelante de comprensión. Zaroff compartirá sus puntos de vista, que cree coincidentes con los de Rainsford, con ambos ante una bola del mundo (sobre ella, Rainsford clavará una flecha a Zaroff al final del film en otro eco)…

Lo que necesitaba no era una nueva arma, sino un nuevo animal”. “Espero que podamos cazar juntos”.

¿Cazar personas?

 

 

Villano perturbado (esas caricias distraídas en la cabeza, en la que vemos una cicatriz provocada por un búfalo cuando ejercitaba esa vocacional actividad de la caza), tiene ciertas semejanzas con psicópatas como Hannibal Lecter, con distinción aristocrática en su sadismo.

Se vincula caza y sexualidad, es la forma en la que Zaroff se excita. Se representa esta pulsión y símbolo con el tapiz de la mansión y el atizador de la puerta, un claro aviso de lo que veremos. Follar tras cazar. Un centauro portando una mujer. Zaroff lanza una clara amenaza de violación a Eve si vence a Rainsford.

Mata… y luego ama. Cuando uno comprende eso es cuando llega el éxtasis”. “Caza primero al enemigo, después a la mujer”. “¿Qué es la mujer, incluso si es tan bella como esta, comparado con la sangre y la matanza?

Nunca mato a las hembras”.

 

 

Ejerce su dominio de una manera elegantemente sutil, pero firme y explícita, como cuando manda a la mujer a la cama… Su retrato, enfatizado con la iluminación, es excelente. Un ejemplo lo tenemos en ese expresivo picado y esa grúa sobre él tras prometer “ocuparse del hermano de Eve”. Es cierto que la acentuación, sumándose la música, es excesivamente enfática. Muy de cine mudo.

O ese otro encuadre, primer plano también expresionista, cuando Zaroff pide a Rainsford cazar con él en la “Sala de los Trofeos”.

Leslie Banks fue herido en la Gran Guerra, algo que le dejó paralizada una mitad de su rostro, la izquierda, lo que le hace más aterrador. Es un villano fantástico.

Hasta hoy nunca he perdido”.

 

 

 

 

 

Los directores odiaban el enaltecimiento de las borracheras y la caza como deporte. Es por ello que el retrato de Martin Trowbridge (Robert Armstrong), el hermano de la protagonista, Eve (Fay Wray), es cargante y cansino a más no poder. Se hace desagradable y se convierte en víctima propiciatoria.

El último tercio del film, el más espectacular y llamativo, en amplio clímax, es una acertada mezcla de terror y aventuras. Desde esa estética gótica en la que nos vamos sumergiendo en la mansión de Zaroff, con esa gran escalera muy al estilo de la que usaría Branagh en su “Frankenstein” (1994), la atmósfera terrorífica es creciente, con un punto culminante en la secuencia en la que se muestra la “Sala de los Trofeos”. Esta escena, en la que se muestran los trofeos humanos, duraba 10 minutos más en la versión original, donde se veían sus cuerpos muertos y se explicaba cómo fueron asesinados. No gustó en los primeros pases con público, la gente se marchaba asqueada, así que se eliminó en su mayoría dejando sólo los planos que apreciamos en el film, una cabeza colgada y otra en un frasco… La estética se hace expresionista, con múltiples sombras y detalles truculentos, cabezas colgadas o envasadas… Tenemos incluso un buen susto con la rata que tira un objeto…

 

 

No habrá divagaciones ni excesos de suspense. Los protagonistas ocultos darán pronto la cara para descubrir las maquinaciones de Zaroff y al hermano de Eve muerto o, mejor dicho, cazado…

Aquí da comienzo una interesante paradoja, donde el habitual cazador, Rainsford, se convierte en cazado, algo que creía no pasaría nunca, pero en una tesitura ambigua, ya que los roles no difieren mucho. Su condición procede de la obligación de la situación, donde él debe huir inicialmente, y de no poseer un arma como su perseguidor, pero una vez recompuesto, el enfrentamiento será casi cara a cara. Hará trampas a lo Rambo con su cuchillo, creará armas rudimentarias, pero que pueden ser letales… Es decir, se comportará igual que el que le persigue, asumiendo su condición de cazado, pero sin dejar de ser cazador… La motivación de salvar su vida en vez de conquistar un trofeo, termina siendo una comparación nimia durante la batalla…

 

 

Una persecución por esa selva de diseño, artificio de la civilización en imitación de lo natural, donde Zaroff dará cierta ventaja a la pareja, comenzando a las cuatro de la mañana. Los retomaremos tras tres horas de caminata, por lo que suponemos serán las siete. Si logran sobrevivir hasta el amanecer, Zaroff los daría como vencedores… Peripecias sucesivas en un gran ritmo narrativo y aventurero: horas construyendo un artefacto, una trampa, para fastidiarla en unos pocos segundos; una segunda trampa infructuosa; un pantano y la niebla que nos recuerda a las futuras “Rambo” o “La Princesa Prometida”; una multitrampa, Rainsford no ceja en su intento, surtiendo efecto con Iván el cosaco…

Ajedrez exterior”.

 

 

Son obvias las similitudes con “King Kong”, de hecho se usaron los mismos decorados en ambas. Además, el productor, uno de los directores, el guionista y varios actores coinciden en ambos films.

Una vistosa persecución con una lograda atmósfera, un gran clímax con la aparente muerte del protagonista, cayendo espectacularmente a un abismo junto a un perro. Pichel y Schoedsack logran una segunda parte de película casi muda, puro placer visual y aventurero (más que muda, sin diálogos).

Habrá un segundo clímax tras el de la persecución, para mayor goce, una vez Zaroff tenga a Eve como trofeo. El éxito de la caza, el arte (tocando el piano), el licor, las armas… gozando su momento. Observen el duelo final entre Rainsford y Zaroff, una pelea de gran nivel en cuanto a la coreografía sobre lo que se estilaba en la época. Un enfrentamiento donde el entorno ya no es salvaje, sino puramente civilizado, con valentía en la realización de las aceleradas imágenes en plano general, donde no se oculta la habitual ingenuidad de estas secuencias…

 

 

Hay ciertos artificios, pequeños detalles que denotan cierta torpeza. Esa parada del protagonista en la gran escalera cuando se iba a dormir, esperando su turno de intervención, resulta muy artificial. Los diálogos, en general bastante naturales, en alguna ocasión terminan siendo algo forzados (la mención a las boyas manipuladas ya era una obviedad que no hacía falta sacar de esa manera artificiosa).

 

 

 

 

 

 

 

 

Hubiera sido recomendable que se viera a Zaroff cometer alguno de sus crímenes, más allá de las historias relatadas, que también fueron cercenadas, como he comentado, lo que haría de su retrato algo más amenazante y aterrador.

El Malvado Zaroff” es un clásico del género cuya envergadura ha quedado manifiesta, un gran referente que en una hora logra una vibrante historia, bien mostrada, que ha servido de inspiración y seguirá sirviendo con seguridad, aunque muchos la tengan olvidada.

 

 

 

 

 

 

 

sambo

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