Crítica EL HILO INVISIBLE (2017) -Parte 1/3-

Crítica EL HILO INVISIBLE (2017) -Parte 1/3-

PAUL THOMAS ANDERSON

 

 



 

 

Un plano general, un traje de novia recién terminado a la izquierda del plano, una chica dormida al fondo del mismo, un hombre que llega a despertarla cariñosamente, él es el famoso modisto Reynolds Woodcock, que ha hecho ese vestido para una princesa, que siempre se negó al compromiso. La cámara se acerca sutil y muy lentamente, sigilosa y tímida hacia esa pareja. En ese momento se escucha lo que nunca antes habíamos oído a ese hombre frío, estricto, exigente, maniático y encorsetado: una declaración de amor cálida, firme, enfática incluso; un reconocimiento de vulnerabilidad, la necesidad de esa persona, que no quiere que se separe de él bajo ninguna circunstancia para todo lo que está por venir… y una petición de matrimonio. Y mientras esto sucedía, mientras Alma, la chica, retrasaba nerviosa su contestación, la cámara seguía avanzando cautelosa y premiosamente dejando fuera del plano el bello vestido blanco, símbolo de lo que movía la vida de ese modisto, de lo que la llenaba y vertebraba hasta ese momento, su trabajo, para dejarlos solos a los dos en plano. Y no será hasta que el último fragmento de la prenda desaparezca del plano cuando llegará la ansiada aceptación.

Te amo, Alma. No quiero estar sin ti”.

 

 

 

Y la escena anterior. En sus febriles ensoñaciones, el modisto envenenado por su amante, ve el fantasma de su madre frente a él en su habitación. Es la figura que lo sobrevuela todo, el elemento esencial para entender la historia. Viste el traje de novia que le hizo él siendo un niño, con 16 años, para la boda con su segundo marido. El rostro de ella es serio e inexpresivo, mientras él dice cuánto la ama y lo mucho que la echa de menos. Es el retrato de una vulnerabilidad que se ha vuelto infantil, niño, como cuando dependía de aquella autoritaria madre… Y de repente se abre la puerta que está al lado de ese fantasma para que entre Alma (Vicky Krieps) con una cesta. La cámara hará unas leves panorámicas hacia nuestra izquierda y derecha siguiéndola, pero manteniendo a las dos figuras en plano, hasta que llega el corte para el contraplano. Cuando volvamos a ver a Alma será desde más cerca, y mientras la cámara la sigue con otra panorámica, al cruzarse por el sitio donde estaba la figura materna comprobaremos que ha desaparecido. Y en el rostro de Daniel Day-Lewis, recibiendo las cariñosas atenciones de Alma en esa habitación en penumbra, se produce la gran revolución: ese hombre ha encontrado por fin la figura materna que tanto añora, a la que hemos visto coger el relevo ante nuestros ojos en esta hermosa, sensacional y bergmaniana escena.

Una casa que no cambia es una casa muerta”.

 

 

 

 

Un vestido de novia, el recuerdo que menciona Woodcock de su madre; un vestido de novia, con el que aparece el fantasma de su madre; y un vestido de novia, que desaparece de plano, hecho para una princesa (es simbólico que se dañe este vestido tras el envenenamiento sufrido), en la redención y petición de matrimonio… Perfecto…

 

Un vestido de novia que tendrá un mensaje oculto: «Nunca Maldito«. Porque es ahí donde empezó todo, en aquel vestido de novia que hizo para su madre, que se fue poco después. Ahí Woodcock comenzó a sentirse maldito. Un mensaje que leerá Alma, y lo entenderá todo, entenderá cual es su papel.

Así, con esta exquisita sutileza, se definen la aceptación y las reglas de un amor, una comprensión que aún tardará en confirmarse del todo, pero que es auténtica, como iré explicando.

Estos detalles, sutiles, brillantes, definen la calidad y categoría de una película, eso que la mayoría no capta o le da igual, pero que no da igual, porque es básico para la creación de un todo, es el manejo del lenguaje cinematográfico. El cómo se cuenta, tan importante (y más ahora, donde casi todo está inventado), como el qué se cuenta. Pero, ¿y lo que se cuenta es igualmente sutil y brillante? Pues, absolutamente sí, porque esas dos escenas, con el pasado que las provoca y el futuro que desencadenan, se atiborran de matices, ideas y conceptos.

Ya lo sé. Tostón, pesada, aburrida… son adjetivos que este tipo de películas suelen llevarse, aparte de grandes elogios. Es lógico, lo entiendo, muchos espectadores están acostumbrados a otro ritmo, piden más movimiento, que pasen cosas que se salgan de la norma, defensores de esos que dicen que el cine debe ser la vida sin las partes aburridas… Incluso que sea más obvio. Una pena, con lo rico y variado que es el cine, la gran cantidad y variedad de formas de contar las cosas, la gran cantidad y variedad de cosas que hay para contar… Retratar la vida, evadirse de la misma, prescindir o escenificar la vida misma y sus infinitos matices… usar la brocha gorda para entretener… el detallismo para fascinar… “El hilo invisible” es una obra maestra, aburra a algunos o no lo haga. No se me ocurriría recomendarla a cualquiera, pero lo que es, es.

 

 

 

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sambo

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