PAUL THOMAS ANDERSON

 

 

 

3/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Muchos sabréis de mi admiración hacia Paul Thomas Anderson, al que considero uno de los grandes directores contemporáneos, actuales y de su generación, por lo que es fácil imaginar el interés que me despertaba su nueva película, con reparto espectacular y adaptando libremente a un escritor que me gusta y con el que ya ha tenido sus encuentros.

Por si fuera poco, es saludada como la película del año, la nueva mejor película del último lustro, de la década, del siglo…

Y lo considero uno de los mejores directores modernos desde sus mismos inicios. Con esos toques tarantinianos, scorsesianos, dentro de un universo personal que fue desarrollándose por caminos muy sorprendentes. Aquí también se cita con los Hermanos Coen, otros de los grandes talentos modernos. Quizá por eso esta película, tan reivindicada, me ha decepcionado más.

Anderson atravesó una fase muy densa, seria, trascendente, críptica incluso, desde “Pozos de Ambición” (2007) y “The Master” (2012), llegando a “El Hilo Invisible” (2017), para ir tornando en un universo igualmente particular, pero más liviano y alegre, donde el humor volvía a aparecer en “Puro Vicio” (2014) y estas dos últimas obras suyas, “Licorice Pizza” (2021) y “Una Batalla tras Otra”. Parece que este cambio de tono tiene que ver con su acercamiento a Thomas Pynchon, adaptado libremente tanto en “Puro Vicio” como en esta que nos ocupa.

De hecho, la metaficción estadounidense ya era una obvia influencia en “Magnolia” (1999), donde el nombre de Pynchon venía a la cabeza, como los de Coover, Roth, Wallace… Aquí adapta “Vineland” (1990) de Pynchon, muy libremente.

“Una Batalla Tras Otra” quiere ser muchas cosas: drama doméstico, sátira social y política, parodia, buddy movie… Lo que logra es ser un frenético batiburrillo que, particularmente, me entretuvo y divirtió a lo largo del metraje siempre que me mantenía en lo superficial de la propuesta gracias a su buen ritmo, interpretaciones aseadas y dirección sofisticada. Y esto no es poco ni está mal. Una obra correcta lejos de los elogios lanzados y de las fobias creadas en consecuencia.

“Una Batalla tras Otra” ha tenido tantos elogios como odiadores reaccionando a ellos. Muchos han hablado del aburrimiento que les ha provocado, aspecto que me da mucha pereza (el aburrimiento es puramente subjetivo, y lo que a ti te aburre a otro le puede entusiasmar, interesar y divertir sobremanera y viceversa). Particularmente no me aburrí en ningún momento. Es una película de ritmo aceleradísimo que en su búsqueda de ese tono satírico cae en el delirio y lo hilarante en muchas ocasiones, aspectos positivos de su visionado. Es más, lo formal, todo lo que tiene que ver con lo visual, la dirección y demás, resulta notable, aunque es algo que se presupone en un trabajo de Anderson.

Tiene ritmo y se ve bien. Los problemas llegan con lo conceptual. Al final todo resulta una carcasa lujosa, pero vacua.

Anderson logra un ritmo acelerado, con planos muy largos, cámara al hombro y rasgos que recuerdan a Spielberg, Scorsese o Tarantino. Frenesí, con un uso de la música muy clásico en su cine y que también remite a alguno de los directores citados. Travellings de seguimiento marca de la casa y un estilo visual muy depurado. Gran dirección.

Sus pretensiones se antojan banas y tramposas. Anderson plantea una sátira donde se supone que no quiere dejar títere con cabeza, que nadie se libre de su afilada narrativa, pero lo cierto es que no sale de una película de buenos y malos disimulando malamente sus intenciones. Bueno, es una opción como otra cualquiera, aunque se nota poco auténtica, claro.

Y es que el planteamiento y ciertos aspectos del desarrollo parecían dar para agudas reflexiones, no en balde pretende tocar temas profundos y de actualidad, con hondura dentro de su tono desenfadado, como el cambio y deterioro de las ideologías y las convicciones con el paso del tiempo, la naturaleza autodestructiva de las rebeliones, la complejidad del tema migratorio, la hipocresía progre, las tendencias totalizadoras del poder desde una fachada amable o conceptos similares. O lanzarse con decisión a una radiografía en defensa de la militancia radical. Lamentablemente todo queda simplista, obvio y burdo, sin matiz ni inteligencia a la que agarrarse, donde el esperpento lleva todo a un terreno muy superficial para no poder tomarse en serio casi nada, ni la parte melodramática ni la política ni la familiar… En ocasiones parece que quizá la película alcance la altura pretendida, pero no.

 

 

Los personajes, que insinúan ciertos puntos interesantes, se desarrollan apresuradamente para caer en las anécdotas y las set pieces más o menos hilarantes, quedando bosquejos de lo que podrían haber sido. Ninguno de los personajes protagonista termina de definir nada más allá del cliché o la parodia. Personajes vacuos.

Sí, Anderson aprovecha la novela de Pynchon para arremeter contra la administración Trump, en lo que es el colmo de la valentía artística, como bien supondréis… Si quería ser provocadora o transgresora, mal camino… Nadie osa hacerlo en el cine y el mundo del arte criticando a Trump… ejem, ejem. Así, los militares son tratados de forma burda, del mismo modo que las sociedades secretas, nazis de una pieza con un toque paródico. Bastante tópico. Termina pareciendo más un perezoso discurso de tertuliano a sueldo en un programa de televisión. En contraste, los movimientos revolucionarios son mirados también con cierto tono de parodia, pero con un halo de nostalgia y romanticismo.

Sociedades nazis, fachadas religiosas con monjas revolucionarias, descerebrados defensores de los derechos civiles… Clichés sobre la ultramegaextremasúperpowerderecha abundan.

 

Un paralelismo y una crítica a la administración Trump y todo el tema de la inmigración, limitándose a llamar nazis a unos y díscolos con valores a otros. Queda claro que a Anderson no le gusta Trump ni sus políticas en el tema de la inmigración ni su supuesto uso de represión policial y militar, todo especialmente representado en el personaje, absurdo, grotesco y paródico, que interpreta Sean Penn con sus anhelos. Es la vida en un estado opresor caricaturesco que, por lo que sea, progresa. No encontraréis matiz, reflexión, complejidad, profundidad u hondura alguna en este ni en ningún otro tema sobre el que incide y pretende un paralelismo con la actualidad. Eso sí, la buena factura, el prestigio de los implicados y la dirección ideológica general ha llevado a la sobrevaloración de lo que podría haber sido algo notable.

Esperaba alguna vuelta de tuerca, algo arriesgado, matizado, verdaderamente valiente o polémico, un poco de complejidad o pura libertad dentro del delirio y la sátira que propone la narrativa, pero no.

La película nos sitúa en un Centro de Detención de inmigrantes en Otay Mesa, en San Diego, California, en la frontera entre EEUU y México, en la preparación de una incursión y atentado del “75 francés”. Una banda, el “75 francés”, que se dedicará a robar para financiar sus misiones, mientras reivindican sus ideas, que van desde la liberación de inmigrantes a la denuncia de la prohibición del aborto.

 

 

Luego habrá una elipsis de 16 años sobre el rostro de la hija de Perfidia Beverly Hills, Willa (Chase Infiniti). Y tampoco se observará o apreciará o explicará la evolución de la sociedad americana en ese lapso de tiempo…

Los revolucionarios son una panda de tarados descerebrados. Son el lado bueno de la historia, claro. Su presentación será liberando inmigrantes del citado centro vigilado por militares. Sus ideales son los acertados, sus procedimientos quizá puedan ser cuestionables. Ellos en sí… Tenemos a Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor, que hace un papel pequeño pero que se recuerda toda la película), personaje sobre el que girará toda la trama. Una obsesa del sexo, ninfómana Premium, que lo que más valora es la determinación, motivo por el que se sentirá atraída por el Coronel Steven J. Lockjaw (Sean Penn), básicamente un nazi.

“Follemos mientras hace explosión”.

 

 

 

 

Esa determinación es la que la atrae hacia “Bob” (Leonardo DiCaprio), sólo que con él parece más que quiere que la tenga, más que el hecho de que la tenga realmente. Quiere verla en ese compañero revolucionario, el que pone las bombas… aunque descubrirá que, en realidad, dista mucho del ideal que tiene.

“La violencia revolucionaria es la única salida”.

En realidad, le pone dominar, someter y transgredir. Esas ideas son su único compromiso. Por eso tener una hija poco tiene que ver con ella y nada cambia en su proceder.

“¿Es raro que tenga celos de mi propia hija?”.

Metralleta a lo Tony Montana con una barriga a punto de eclosionar… “Es como si no fuera consciente de que está embarazada”. Embarazadísima, de hecho.

En ese conflicto que supone el nacimiento de su hija, responsabilidades-revolución, Perfidia elegirá lo segundo. Bob lo primero. Una vez detenida, se someterá al sistema, abandonará su familia (decisión que toma antes) y delatará a todos sus compañeros (no será la única delatora)… Terminará convertida en inmigrante, marchando a México.

“Bienvenida a la sociedad estadounidense”.

 

 

Los que no son revolucionarios son nazis. Un estado opresor que miente para justificar sus acciones interesadas, incluso aunque sean particulares (drogas inventadas para sitiar el pueblecito donde se oculta Bob con su hija, por ejemplo), o amenaza sin escrúpulos para obtener información. Lockjaw comparte con Perfidia su pasión por lo opuesto. Una atracción irresistible hacia esa mujer negra, revolucionaria y que representa todo aquello que persigue y odia. Otro salido fetichista que anhela eso que no tiene. Un perturbado interpretado por un Sean Penn muy burdo, grotesco y caricaturesco. Y muy elogiado en su trabajo. Ver la relación de Perfidia con Bob le fastidiará una placentera sesión de onanismo. Su presentación misma será sexual. Su relación con Perfidia también será sexualmente peculiar. Muy pervertidos.

“Para salvar el planeta, hay que empezar por la inmigración”.

La relación entre Lockjaw y Perfidia se basará en el chantaje, la manipulación, la delación… Y es que Lockjaw quiere, pero no tiene el grado de pureza para ser un nazi que pueda pertenecer a ese “Club de Amantes de la Navidad”. Un “polla sucia” del que hay que deshacerse…

“Club de amantes de la Navidad”. “… dedicados a hacer del mundo un lugar seguro y puro”.

Disfruta siendo sometido por esa chica tan sexual que representa a aquellos que le gusta someter a través de su trabajo militar. Es retorcido, mentiroso, manipulador, pervertido…

 

 

“No fue suficiente para tu madre, ¿cómo va a serlo para ti?”.

La sociedad secreta nazi procurará terminar con ese hipócrita miembro que se les ha colado en sus filas, pero lo cierto es que Lockjaw se agarra a la vida como pocos. La inmortalidad de los fascismos, parece querer decir Anderson. Aunque lo creemos muerto por un sicario (muy bien rodado todo y con grandes planos), reaparecerá con el rostro deformado y sus peculiares andares para ser ejecutado placenteramente en un despacho creado específicamente para ello y plácidamente incinerado.

“Enhorabuena, Steve. Es un amante de la Navidad”. “Una vez sufrí una violación inversa”.

Bob representa el deterioro de los ideales, supuestos ideales, de las convicciones. En realidad, parece un tipo que se metió en este jaleo para follar, por pura atracción hacia Perfidia. Seguirla por si se fijaba en él y echaba unos polvos. Una vez tiene a su hija casi todo aquello por lo que luchaba deja de tener sentido para él. Es más, ni Perfidia ni la familia de esta lo ven como alguien decidido y verdaderamente comprometido con las causas. Siempre la esperará, aunque sepa que nunca volverá.

“Ella no para y tú no arrancas”. “Somos una puta familia”.

 

 

 

Bob representa la hipocresía progre, convenciéndose de su tolerancia y pensamiento superior hacia los demás, pero siendo el más intolerante y dominante con lo que le toca de cerca. Reaccionario en casa. Tiene el relato bien aprendido. El Bob encarnado por DiCaprio es una versión particular de El Nota de los Hermanos Coen que interpretó magistralmente Jeff Bridges. Un tipo tranquilo y hogareño que se verá obligado a romper con la vida doméstica y huir, cuando detengan a Perfidia, armado con documentos y dispositivos de confianza en caso de necesidad futura (que usará).

“Estamos rodeados de putos esclavistas”. “Hablamos de la libertad”.

“Puto capullo progre de los putos cojones”.

Sin duda es el personaje más interesante. DiCaprio es muy inteligente. En él se insinúan los mejores puntos de lo que pudo haber sido… Es básicamente ingenuo e inocente. Inmaduro. Encontrará en su hija el objetivo de su vida, su auténtica responsabilidad. Una vez asuma esa responsabilidad, se desconectará completamente de “la lucha”. Eso sí, guardando muchas precauciones, pero como protección a su hija. Todo lo que no siente Perfidia. Así se ve con Lockjaw, ignorante de quién es en su primer encuentro.

“¡Madura!”.

 

 

Bob, drogata menor, suele estar cómodo en entornos domésticos. La mayoría de sus escenas serán ahí. Con él, Anderson parece adentrarse en el drama familiar, pero tampoco llega a nada en realidad. Inculcará aquellas cosas a su hija, eso sí.

–¿Y es él, ella o elle?

–Papá, por favor…

–No, ¿está transicionando? Quiero saberlo.

–Es no binario.

El bonito abrazo de la hija a su padre al final de la película debería conmover más de lo que lo logra, pero la falta de profundidad del conjunto merma las emociones.

 

 

 

 

Lee aquí la Última Parte del Análisis.

 

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