39 ESCALONES (1935)

39 ESCALONES (1935)

ALFRED HITCHCOCK

 

 

4/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Siempre es un placer encontrarme con Hitchcock, uno de los directores que más me ha hecho gozar en mi vida. En este caso abarcaré uno de sus clásicos de su primera etapa, la británica, una etapa de menor nivel que la americana, pero no baldía de joyas. De hecho, la que aquí traigo, es algo así como el germen de muchas que se depurarían y mejorarían en América, así como la contenedora de toda la sabiduría hitchcockiana hasta esa fecha, esquema del serial hitchcockiano que deslumbraría posteriormente.

Estamos hablando de una de las películas que Orson Welles cita como inspiración e impulso, de las que lo animaron a hacer cine. Así que por eso debemos estarle ya enormemente agradecidos a este estupendo título.

La inverosimilitud y el falso culpable como columna vertebral de una narración tan vertiginosa como adictiva, donde las situaciones se suceden sin pausa y sin descanso, prescindiendo casi por completo de las transiciones y las elaboraciones lógicas de la trama. Un claro antecedente de “Con la muerte en los talones”, el cenit del serial hitchcockiano, en la que se reconocen escenas e ideas que aquí apreciamos.

 

 

 

 

 

 

Y es que hay mucho de Hitchcock y de la posterior “Con la muerte en los talones” aquí. El falso culpable, la chica rubia en el tren que sirve para intentar evadirse, un cuchillo en la espalda que sitúa en posición comprometida al protagonista (y como falso culpable), las continuas persecuciones e ingeniosas y ocurrentes evasiones del protagonista (utilizar al lechero para camuflarse)… La idea de la falsa muerte (o muerte influyente), un aspecto dramático que era muy del gusto de Hitchcock, donde el protagonista recibirá un disparo y lo darán por muerto, pero un libro de Salmos impide que la bala llegue al cuerpo (en “Con la muerte en los talonesCary Grant se presta a una farsa donde finge su muerte para despistar a los villanos). La escena donde Hannay, el protagonista, triunfa con su demagogo discurso político al entrar por error en su huida en una conferencia, recuerda vagamente a la excelsa evasión de Cary Grant en “Con la muerte en los talones” en una subasta.

 

 

Como tantos protagonistas hitchcockianos, sobre todo en sus seriales y folletines, el que aquí nos ocupa, Hannay, será un charlatán ingenioso y con muchos recursos, aunque sea un hombre normal en una situación extraordinaria e inesperada, que los demostrará para seducir, escapar y resolver el entuerto. Aquí lo vemos en todo momento: con la chica en el tren (asombrosa habilidad la del camarero evitando tirar la bandeja ante la persecución por el vagón) y luego huyendo de los villanos, con la policía, en la conferencia…

 

 

 

 

 

 

 

Los trenes, un elemento casi imprescindible en buena parte de la filmografía del maestro, siempre interesantes y significativos; los puentes, como ese que sirve de huida al protagonista (recordemos el de “Vértigo”); los hitchcockianos viajes en coche; el humor y la sexualidad soterrada, como en esos dos viajeros que charlan sobre ropa interior femenina e incluso la muestran (delante de un curioso cura); esas peculiares parejas británicas como contrapunto humorístico, que aparecen en esta etapa británica del director (como en “Alarma en el expreso” de 1938)… A Hitchcock le gustaban, sobre todo en su etapa británica, las conclusiones con escenas en un espectáculo o actuación (“El hombre que sabía demasiado”, “Inocencia y juventud”, “Pánico en la escena”…), y eso es lo que tenemos aquí, una conclusión donde una actuación, la del “Señor Memoria”, es pieza clave. También el uso de alguna melodía como clave de la intriga, como vimos en algunas de las citadas anteriormente (“Alarma en el expreso”, “El hombre que sabía demasiado”), y en esta misma que nos ocupa.

 

 

¿Oye esa melodía? Es la que no podía quitarme de la cabeza. Ahora ya sé dónde la había oído. En aquel maldito teatro de varietés… Annabella Smith (Lucie Mannheim)”.

Un conclusión que da una especie de estructura circular, ya que la película se inició con otra actuación del “Señor Memoria”, que tiene una muerte tan absurda como digna, incapaz de renunciar a su profesionalidad, obligándose a desvelar todo lo que sabe de los “39 escalones” en público, provocando la desesperación del villano y su muerte con un disparo desde la platea. Una muerte que tiene algo de fatalidad poética en su fugacidad.

 

 

 

La sensualidad y sexualidad soterrada, con unos elementos muy sugerentes y perturbadores, una de las claves que engrandecen al maestro, están muy presentes aquí. No sólo se refiere a los mencionados personajes que hablan de ropa interior, sino a la relación del protagonista con la chica que encuentra en el tren. Un beso robado en el tren sin conocerse como plan de huida, la ofensa de ella y su delación; el posterior encuentro donde las esposas son otro objeto morboso y sensual obligándose a mantener una fingida relación amorosa y matrimonial para salir de los apuros (él la fuerza a ella con amenazas), si bien esa relación amorosa fingida se plantea desde el mismo inicio con el citado beso; esas medias que debe quitarse con la esposada mano de su acompañante rozándola; acostándose juntos mientras cenan y discuten con irónicos diálogos, que despiertan cierta complicidad entre ellos debido a la imposibilidad de separarse… Desarrollo clásico de la relación amorosa con conflicto inicial y paulatino entendimiento y enamoramiento.

 

 

Como curiosidad, os contaré que en los ensayos, Hitchcock dejó esposada a la pareja todo un día, con la excusa de que no encontraba las llaves, que fueron entregadas cuidadosamente a un guarda nada más cerrar las esposas sobre las muñecas de los actores. Ensayó con ellos las escenas que le correspondían y luego abandonó el plató con cualquier excusa que requería su presencia en otro lugar. Así estuvieron mientras el resto del equipo seguía trabajando alrededor suyo. Furiosos, cansados, tensos, crispados, avergonzados y desaliñados, fueron rescatados a última hora por Hitchcock, que dijo repentinamente haber encontrado las extraviadas llaves… así creó la complicidad y un estado psicológico que aprovecharía.

 

 

 

 

Será la fortuna la que redima a Hannay a ojos de la chica, Pamela (Madeleine Carroll), al ver a los villanos que la llevaban en el coche y que creía policías conspirando en el hotel en el que se hospeda con nuestro protagonista, pasando a mirarle con otros ojos, pero no tanto como para acostarse junto a él una vez liberada de las esposas. Una escena encantadora.

Y la conclusión de la película es excelsa, con ese plano final en el que la pareja une sus manos voluntariamente, en plano corto, liberadas ya de las esposas que vimos con anterioridad. Se dice todo con un gesto sin necesidad de verbalizar nada.

 

 

 

 

Es interesante como Hitchcock logra transmitir la subjetiva paranoia del protagonista, interpretándolo todo como amenaza, incluidos esos dos mencionados viajeros que hablan sobre la ropa interior que vende uno de ellos. Una paranoia que luego contrasta con ciertas ingenuidades, como su visita a la policía tras escapar del villano, a pesar de ser el mismo inspector que vio en casa de aquel. De lo urbano a lo rural, camino de Escocia.

 

 

 

 

 

 

Ya era evidente la madurez y la depuración estilística y narrativa de Hitchcock, no ya por el mencionado ritmo que da a la película, prescindiendo de las transiciones (la trama abarca pocos días, no llega a una semana), sino con recursos que son puro cine, que nos remiten incluso al mudo, donde el propio Hitchcock creció. El ejemplo perfecto lo tenemos en la escena en la cabaña de ese infeliz matrimonio (un hombre devoto, avaro, desconfiado y traicionero, una mujer avispada, insatisfecha y bondadosa), que acepta ayudarlo, y que me lleva por algún motivo a “Cortina rasgada”, la película que Hitchcock dirigió en 1966. Observen la escena en la mesa, contada sin palabras, sólo con miradas, donde Hannay (Robert Donnat), nuestro protagonista, lee el periódico con la noticia de su búsqueda mientras el marido bendice la mesa; la mujer sigue la mirada ansiosa de éste, deduciendo su identidad y que él es el perseguido, una mirada captada por Hannay que, descubierto, trata de suplicarle que no lo delate. Ese juego de miradas es descubierto por el marido, que lo malinterpreta, creyéndolo un juego de seducción. Por ello saldrá de la casa para espiarlos desde fuera, desde la ventana (muy Hitchcock también, el voyeur, las ventanas)… No se dice nada, se entiende todo con miradas y gestos, tanto la relación de ese matrimonio, como las complicidades, los malentendidos y los pensamientos de los tres personajes… Es estupendo también el detalle de que se nos muestre al hombre como muy religioso, ya que cuando la mujer deje el abrigo de aquel a Hannay y éste reciba posteriormente un disparo, un libro de Salmos lo salvará, redondeando esta parte de la trama con un buen y coherente giro. Un perfecto suspense.

 

 

Esa ausencia de transiciones y puntos muertos en la trama queda maravillosamente explicitado en esa escena donde damos por muerto al protagonista tras recibir el disparo del villano, para acto seguido verle en comisaría denunciando tal efecto… y acto seguido verse obligado a salir por la ventana cuando entiende que la policía no será de ayuda y prefieren creer al hombre sin falange en el meñique. De Málaga a Malagón.

 

 

 

 

 

 

Es ya una evidencia la maestría en el uso del suspense. Me gustan los muy hitchcockianos juegos en off, donde el protagonista se escabulle, esas conversaciones en off donde los referenciados permanecen en plano, como cuando hablan del asesinato en la casa del villano mientras él lo escucha en tensión… Son notables también esos planos generales por parajes naturales, en persecuciones (donde se incluye un extraño objeto, un autogiro que no vuelve a aparecer) o en ocultaciones, como en esa cascada donde se esconden Hannay y la chica, Pamela (Madeleine Carroll)… Esos planos subjetivos, como en casa del villano profesor Jordan (Godfrey Tearle), que indican el ansia de Hannay por huir ante una situación comprometida…

 

 

 

La escena inicial, donde se presenta al “Señor Memoria”, personaje clave, tiene una perfecta mezcla de humor y suspense o intriga. Desde esas surrealista e insistentes preguntas que se dedican al “Señor Memoria”, que hace gala de su retentiva con innumerables datos, a la presentación del protagonista, sin que le veamos el rostro, en distintas angulaciones. Disparos repentinos y una mujer misteriosa y extraña que parece ocultar algo, como nos confirma en casa de Hannay. Ella, agente secreto y mercenaria (comedora de pescado), fue la autora de los disparos e involucrará al protagonista en una extraña trama en la que debe detenerse a unos tipos que van a llevar un extraño secreto a Inglaterra. Y hablará de los “39 escalones” y un villano sin una falange en el meñique… perfectos cebos. Puro cine de espías.

¿Cómo se reproducen los pájaros?” “¿Cuántos años tiene Mae West?

 

 

Hitchcock siempre abominó de la coherencia, y ponía ejemplos muy lógicos y argumentados sobre esta postura, aunque también es cierto que hay coherencias y coherencias, licencias y licencias… Es algo que tiene que ver con cierto sentido ético y estético, la aspiración principal de generar emociones, pero en ocasiones ese bien mayor no se aprecia, no tiene el sentido que pueda justificar ciertos momentos.

Ejemplos de inverosimilitud o incoherencias buscadas y conscientes hay muchos en el cine de Hitchcock. El director explicaba que eso de dar verosimilitud era fácil, pero a menudo intrascendente y poco interesante. En “Los pájaros”, la presencia en el bar de una ornitóloga en la escena en la que se habla de los pájaros, es una coincidencia más que oportuna, por ello el director explicaba que expuesto así, con ella de repente ahí, atentaría contra lo verosímil, pero a él le resultaría muy fácil meter tres escenas que justificaran esa presencia allí, pero serían tres escenas que corregirían la verosimilitud para aburrir al público con momentos intrascendentes. Para ver la vida, explicaba el director, ya tenemos el día a día, para ver lo coherente y verosímil ya están los documentales… La escena de la avioneta, analizada exhaustivamente en el blog en el análisis a “Con la muerte en los talones”, es otro ejemplo de incoherencia e inverosimilitud buscada y asumida, que logra sorprender, impactar y mantener en tensión al espectador de una forma única.

Esto es así, pero hay otros ejemplos que no justifican las incoherencias o lo inverosímil, que más que eso parecen meros errores fácilmente subsanables, que incluso podrían haber potenciado ese suspense tan querido del maestro. Aquí tenemos alguna, por ejemplo en el inicio.

¿Cómo demonios matan a la mujer que esconde el protagonista en su casa? Un plano de una ventana abierta y ella entrando en su habitación en medio de la noche con una puñalada en la espalda… Bien, ¿qué ha pasado? ¿La mujer se acercó a esa ventana, la abrió, llamó la atención de los espías que la esperan abajo y se puso de espaldas esperando que lanzaran el cuchillo a su espalda? ¿Por qué haría eso, sobre todo tras comprobar las precauciones con las que entró en la casa del protagonista, evitando las ventanas y las luces? ¿Quizá entraron por esa ventana, que no está en un bajo precisamente, la apuñalaron y se fueron? ¿Por qué harían eso si luego les vemos esperando al protagonista, precisamente, para hacer lo mismo? ¿No era más fácil matar a los dos si han logrado entrar? Esta, por mucho que diga el maestro, es una incoherencia e inverosimilitud sin disculpa. Y fácilmente subsanable, incluso potenciando sus grandes obsesiones y principales intenciones.

 

 

 

Acto seguido recibirá una llamada, se supone que de los asesinos… Se supone que sabrán su número al ver su nombre en el portal, si bien hay varios, pero esto al menos tendría una explicación… Que lo llamen en vez de matarle, menos.

También extraña que si los villanos quieren llevar un secreto a Inglaterra, se entretengan en perseguir a quien les persigue para evitarlo, en vez de marcharse sin más, pero en fin… O que la chica a la que el protagonista besa en el tren esté, precisamente, en la conferencia donde Hannay entra por azar huyendo de sus perseguidores (esto quizá entre algo mejor en las justificaciones del maestro)… O que descubran al protagonista que acaba de subir al tren sin conocer su rostro y nada más bajarse del coche porque el hombre, en vez de resguardarse, se asoma descarado a una de las ventanillas…

Cuando Hannay escapa de los esbirros que quieren llevarlo de nuevo ante el villano, esposado junto a la chica, la huida resulta algo artificial, ya que ella no grita en ningún momento alertando a estos de su posición en principio, sólo recurriendo a esa solución, de manera tibia, cuando ya están lejos… Tampoco se entiende muy bien por qué no los matan en cualquier momento, sobre todo cuando a él ya le dieron por muerto a manos de su jefe cuando lo disparó a sangre fría. Por añadir una última cosa, diré que siempre me extraña y escama que el jefe de toda una poderosa organización tenga que mancharse las manos él mismo… como si no tuviera esbirros…

 

 

 

En definitiva, dista de ser una obra maestra, dista de ser una de las grandes películas hitchcockianas, pero es francamente entretenida, la ves sin pestañear y en ella tenemos muchas de las claves del maestro, que iría desarrollando y depurando, tanto en lo estilístico como en lo conceptual, en su universo.

Hitchcock adapta a John Buchan, eso sí, como le da la real gana. Un autor muy del gusto del director. Además tenemos en el reparto a Peggy Ashcroft en uno de sus primeros papeles (sólo se la había visto dos años antes, en 1933, en “El judío errante”), haciendo de la mujer que ayuda a Hannay en la cabaña. Como curiosidad, añadir que Hitchcock, si la vista no me engaña, sale al inicio del film en sus afamados cameos, tirando algo al llegar un autobús, si bien casi no se le atisba.

 

 

sambo

There are 2 comments on this post
  1. Rojo4
    agosto 14, 2018, 9:51 am

    “un extraño objeto, como una especie de helicóptero” Es un autogiro.

    • sambo
      agosto 14, 2018, 10:17 am

      Gracias, procedo a ponerlo.

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