UN RASTRO

UN RASTRO

RELATO

 

 

 

 

 

La docencia nunca fue su vocación, aunque la mamó desde pequeño. Desde su bisabuelo, muchos de sus parientes fueron maestros. Abuelos, tíos y su propio padre, que incluso ganó algún premio de esos que reconocen cosas que luego nadie recuerda. Nunca le apasionó y por eso no siguió la tradición familiar… y ahora se veía en esas circunstancias.

Se acicalaba y vestía mientras pensaba en estas cosas, preparándose para dar la clase mañanera a su alumno. Lo cierto es que se le daba bien. Ayer dieron matemáticas y la cosa fue fenomenal. Hoy toca lectura… y aquí van más lentos.

Se dirigió a la cocina a prepararse un café. Como suponía, el alumno ya estaba en el salón, completamente preparado y dispuesto. Formal y serio como siempre. El profesor, taza en mano, se disculpó por la tardanza, aunque había llegado puntual.

La mesa era amplia y rectangular. Sobre ella había amontonados libros de todo tipo, los que usaba para sus clases, de carácter técnico o simple novelas. Estaban en el extremo derecho respecto a donde ellos solían sentarse. El alumno, en cambio, tenía sus libros, bolígrafos y cuadernos colocados en un pulcro orden geométrico frente a él.

–¿Has desayunado?

–Sí –dijo con seguridad el alumno.

El maestro revisó los ejercicios que mandó el día anterior. Unas cuentas. Bien resueltas. Los trazos eran algo torpes, pero legibles. Nada mal.

–No está mal. Hoy toca lectura, como bien sabes. Vamos a ver cómo se da.

–Vale —volvió a contestar el alumno.

Cogió uno de los libros por allí colocados y lo derramó ante el alumno. Las letras eran grandes y claras. El alumno comenzó a ponerse tenso. Aquello le resultaba difícil y lo sabía, pero procuraba disimular y mantener la compostura. Se pasaba las palmas de las manos por los muslos y adquirió un leve balanceo hacia delante y hacia atrás.

–Vamos a ver, empecemos con estas letras. La P y la R con la O. ¿Cómo era?

–Poo popo po… Pro…

–Eso es. Pro. Esa era difícil, ¿eh? –le dije con una sonrisa.

Él alumno apenas sonrió, lanzándole una mirada fugaz y tímida, concentrado y preocupado con el nuevo reto que vendría. Cuando vio hacia donde serdirigía el dedo del profesor su balanceo aumento…

–Vamos con esta letra. La F. La F con la E…

La incomodidad del alumno era creciente. Se tomó su tiempo mientras pensaba y se preparaba para intentar descifrar aquello. El profesor procuraba relajarlo y darle ánimos.

–Ffffffff. Fffffffff… Ffffff…

–Tranquilo. Respira y déjalo salir sin pensar.

–Fff… Fe. ¡Fe!

–¡Eso es! –asintió complacido el profesor–. ¡Mucho mejor y más rápido que el otro día!

Entonces el rostro del alumno se tornó reflexivo. Miraba aquellas letras y aquellas palabras con repentino interés. Pasó los dedos por las hojas del libro, como si siguiera un rastro, y habló como para sus adentros.

–Yo… era bueno en esto –dijo con un gesto enigmático. No era una pregunta, pero buscaba una respuesta.

–El mejor, papá –contestó el maestro tras una breve pausa.

Hubo un silencio. Se miraron. Los ojos del alumno se abrieron como platos a la vez que aparecía una sonrisa sorprendida en su boca, como la de un niño ante la venida de los Reyes Magos. Tras sufrir aquel problema que le provocó la abrupta alexia, no había hecho nunca mención a lo que había dedicado toda su vida…

El profesor recobró la compostura y volvió a centrarse en el libro, dando un tono desenfadado y profesional a aquello.

–¡Hoy la cosa va muy bien! Sigamos. La S con la O y la R…

 

sambo

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