MINIPUNTO

MINIPUNTO

RELATO

 

 

 

 

 

 

Casi siempre estaba nevando. A todas horas. Esto puede tener su gracia cuando no estás acostumbrado y ves la nieve una vez al año o una vez cada década. Es verdad que tiene sus diversiones, pero para los que la sufrimos a diario, resulta desesperante, monótona, aburrida e incómoda.

Al menos tenía algo bueno, y es que a menudo no podíamos ir al colegio porque los accesos quedaban completamente bloqueados. Eso estaba bastante bien… salvo para nosotros, que teníamos un padre maestro…

Nuestro padre era uno de los profesores en el colegio y no permitía que perdiéramos clase… Para nosotros, aquello era una de las más trágicas ironías de la vida. ¿No tendría alguna otra cosa que hacer aquel buen hombre?

A pesar de que no podíamos entregarnos a nuestros gozosos y anárquicos juegos, el quedarnos en casa esos días no estaba mal. Mucho mejor que ir al colegio. El tío se lo montaba bastante bien. Os juro que dentro de nuestro desinterés natural, las lecciones que nos dio en aquellas clases caseras se nos grabaron a fuego. Ni repasar los libros nos hacía falta.

Siempre me asombró la extraordinaria caligrafía que lograba mi padre en la nieve. Quizá era eso. Mi padre dedicaba su tiempo libre a practicar la escritura en nieve… Allí lo blanco no era la tiza, sino la pizarra, que se comunicaba con nosotros gracias a un palo que creaba cultas trincheras en su interior.

Sumas, restas, raíces cuadradas, divisiones… Encontrar el sujeto y el predicado, puntuar adecuadamente, colocar tildes… Él trazaba en la nieve el problema. Nosotros debíamos resolverlo en nuestra habitación del segundo piso y, cuando creyéramos tener la solución, bajar a trazarla. Eso sí, no valía con acertar, había que argumentar y defender la respuesta.

“Canción tiene acento en la O porque es una palabra aguda terminada en n, que es uno de los casos en los que se pone tilde en las palabras agudas”. Minipunto.

Luego, una vez allí, no había escapatoria y podía preguntarte más cosas relacionadas. Teníamos un tiempo limitado, a veces porque la nieve volvía a cubrir las incógnitas, otras porque él lo decía. Más vale que bajaras preparado, porque el error se pagaba con creces.

Los minipuntos eran canjeables por premios, como en las ferias, pero si fallabas tenías merecido castigo, psicológico y físico. Los premios eran sobre todo chucherías, pero también otras cosas. Podías acumularlos si querías un premio mejor… Los castigos obligaban a perderte todo lo bueno, quedarte en tu cuarto estudiando sin contacto con el mundo o ver cómo tu hermano se quedaba con lo que debía ser tuyo. Luego estaban los bolazos de nieve…

Mi madre llevaba todo esto con estoicismo. Pasaba de las indiferentes y resignadas quejas sobre el frío y la posibilidad de coger una pulmonía, al brote histérico repentino cuando le parecía que aquello lindaba con el maltrato infantil tras el vigésimo bolazo al condenado, justo cuando los verdugos comenzaban a gozarlo de verdad. Así, al que hacía de diana, mi madre le aliviaba los pesares retorciéndole la oreja mientras lo sacaba de allí a rastras. Aguafiestas.

Entonces llegó Mario. Raro, tímido, enclenque y sin amigos. No nos cayó bien de entrada a pesar de la curiosidad de la novedad. Su tía tenía que trabajar en un pueblo cercano, por lo que pasaba la semana con nosotros acaparando minipuntos egoísta e insensiblemente hasta que volvía el viernes por la tarde a recogerlo.

Es cierto que la experiencia le hizo aprender. Nuestras miradas de desprecio hacia sus alardes académicos le llevaron a no contestar de inmediato a los exámenes de nuestro padre, como solía hacer al principio, dándonos la oportunidad a nosotros que, generosamente, no solíamos aprovechar… Eso sí, cuando fallábamos, por lo que fuera, despiste o desconcentración, había algo en él que le impedía estar callado, una incontinencia repelente que lo hacía más insufrible aún a nuestros ojos.

Luego todo fue cambiando, porque también tenía sus cosas buenas. Como que no le gustaban las chucherías… Y nos contaba todo tipo de historias. Todas las noches se inventaba una o readaptaba algo de lo que leía. Se pasaba el día leyendo. Nos encantaba. Pasó muchos años bajo la tutela de mi padre, con quien compartió afición por las edificaciones.

Ahora tiene 57 años y es como mi segundo hermano. Es arquitecto y ha tenido cierto éxito como escritor. No me extraña con su imaginación. Siempre me dice que nos debe la vida. Que era un bicho raro sin amigos y que nosotros lo aceptamos, que aprendió a vivir y sintió por fin que formaba parte de algo. Lo típico en los marginados.

¡Que nosotros lo salvamos a él! ¡A él! Que me dio casa y dinero cuando me quedé sin trabajo y acompañó a mi hermano en su divorcio ente otras muchas historias que es mejor no contar aquí.

Hoy viene a pasar el fin de semana con nuestros padres, que aún viven. Está nevando, por supuesto, así que contaremos historias, jugaremos a las cartas y, posiblemente, hagamos alguna construcción en la nieve, simulando algún edificio bonito, de esos que mi padre sólo veía en revistas, a la que mirar en silencio y luego lanzar bolazos.

Si, supongo que sí, que de alguna forma, tras tantos años y sin darnos cuenta, nos dedicaremos a demostrarnos lo bien que canjeamos todos aquellos minipuntos que logramos los unos de los otros.

 

sambo

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