SEAN CONNERY, EL GLORIOSO VUELO DE LA FLECHA

SEAN CONNERY, EL GLORIOSO VUELO DE LA FLECHA

CINE

 

 

 

 

 

Hay pocos debates tan recurrentes y de resultado tan constante como el referido a quién es el mejor James Bond. Quizá con las generaciones venideras los resultados vayan variando, pero, a día de hoy, la mayoría es abismal. Bond es Sean Connery.

Un eterno maduro, porque Connery ya lo parecía cuando era joven. Cuando tenía 32 años y daba a luz a James Bond frente al Doctor No, podía pasar por un cuarentón o un cincuentón, lo mismo que cuando superó los 60 o los 70… Con poblado mostacho, calva o peluquín cano, barbilampiño o barbado, Connery era rotundo, de ruda distinción y varonil elegancia. Pocos cumplieron años con la insultante exuberancia que exhibió él.

Fue el más duro con esmoquin y el más acogedor y fiable con sus canas. Fue todo lo que quiso ser y lo fue bien. Tenía la extraña y difícil facultad de la credibilidad, desde el talento y el atractivo. Daba igual los años que cumpliera, lo que hiciera, por anacrónico que pareciese, resultaba creíble.

 

 

En la época donde encasillarse era casi un beneficio para la carrera, donde un personaje carismático podía marca una trayectoria entera eclipsando al actor, el señor Connery se pasó por el forro convencionalismos y tendencias, hasta el punto de que en la memoria parece haber dos Connery, el de Bond y el de las otras películas. Me asombra cómo rompió, con absoluta naturalidad, ese presumible estigma, siendo a la vez el más valorado intérprete del agente secreto.

Cuando lo vimos como el padre de Harrison Ford en “Indiana Jones y la Última Cruzada” (Steven Spielberg, 1993), contando solamente 12 años más que el que sería su hijo, todos supimos que ningún otro podría haberlo sido, pero es que luego hizo de una especie de Indiana Jones en “La Liga de los Hombres Extraordinarios” (Stephen Norrington, 2003) con 73 años sin que a nadie le resultara extraño o hiciera una miserable broma sobre ello, como sí ocurrió con Harrison cuando con 66 se volvió a meter en la piel del arqueólogo más famoso de la historia.

Si en medio de un thriller de robos y con una de las actrices más sexys y de moda del momento, Catherine Zeta-Jones, hay que insertar una historia de amor, no importa, tenemos al señor Connery para hacerlo creíble aunque tenga 39 años más que ella.

Este eterno escocés, activista por la independencia, ingresó en la Marina Real Británica para ser licenciado por culpa de una úlcera péptica duodenal. Repartió leche, para beber y para poner en orden a los macarras de su zona, pulió ataúdes, fue socorrista de piscinas, camionero y peón de granja, fue modelo y culturista, le dio a las pesas y fue un buen jugador de fútbol, hasta el punto de plantearse dedicarse a ello.

 

 

Fue nombrado “el hombre vivo más sexy” y “el hombre más sexy del siglo” cuando rondaba los 70, Steven Seagal le descuajeringó la muñeca mientras lo adiestraba para “Nunca Digas Nunca Jamás” (Irvin Kershner, 1983), el golf era una de sus grandes aficiones y renunció a ser Gandalf porque no le terminó de gustar el guión, aunque luego le gustó menos aún los millones que perdió… Y también metió la pata diciendo que abofetear mujeres tras insoportable provocación estaba bien…

Fue el perfecto mentor y guía, ya fuera para crear vocaciones en hijos arqueólogos y aventureros, ayudar a amigos inmortales a cortar mejor las cabezas o instruir en los matices de la investigación eclesiástica y detectivesca…

Varonil seductor y hombre extraordinario, amó a aspirantes a ladronas, princesas y espías veleidosas, aplicó su licencia para matar en el Orient Express y resolvió crímenes en el nombre de la rosa, guió a jóvenes escritores y fue uno de los vengadores, cortó cabezas en atmósferas peligrosas y se fugó de cárceles rocosas… Una trayectoria larga e impecable, surcada en submarino bajo un puente lejano hasta el último de octubre de un año de secano.

Sean Connery es ese hombre que subió una colina en el día más largo, el seductor superagente que conquistaba hasta a las mujeres de paja, que curaba traumas sexuales de bellas cleptómanas con imposibles gayumbos apocalípticos. Antes de su corona como primer caballero, decían que era un hombre que podía reinar. Yo digo que es un intocable en el Olimpo de los inmortales.

 

Con la marcha de las grandes estrellas y leyendas de nuestra infancia, nuestra adolescencia, de nuestra madurez, es fácil sentirse un poco huérfano y muy desnudo. En sus obras encontramos lo reconfortante, lo necesario en un mundo que a veces parece abocado a la locura sin sentido, el consuelo de lo que fue bueno. Así que, cuando queramos una paternal compañía y vestirnos con el elegante traje de la varonil distinción, de la sensual ironía y la serena fiabilidad, nos pondremos una de esas grandes historias que protagonizó nuestro amigo Sean.

Porque la muerte de Connery no es más que una herida superficial. Lo creíamos grave, como Indiana al final de su última cruzada, pero un poco de agua del cáliz de la memoria cinéfila siempre lo redimirá y curará para la eternidad. Siempre vivo, allí, donde la flecha que lanzó junto a Audrey señaló para descansar tras 90 años de glorioso vuelo.

 

 

sambo

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