EL ORFANATO

EL ORFANATO

RELATO

 

 

 

Mi padre y yo vivimos en nuestra choza, que antes fue caravana. A mi madre la atropelló un coche que se dio a la fuga. Mi padre dice que si al menos la hubiera llevado al hospital se hubiera salvado, pero no lo hizo. Era el mismo camino de siempre, el que había atravesado miles de veces hacia su trabajo en el circo. Siempre nos acordamos de ella, todos los días, de una forma u otra.

En cualquier caso, nos apañamos bien, aunque me paso solo buena parte del día porque mi padre no viene hasta la noche. Sé fregar, planchar, limpiar, cocinar algunas cosas, hago las camas y todo lo que tiene que ver con la casa cuando no estoy en el colegio.

A los otros chicos les resulta algo raro, pero no es la única cosa que me diferencia de ellos. Todos mis amigos suelen tener juguetes nuevos, regalos de Papa Noel o los Reyes Magos, regalos que estrenan y bajan al parque para enseñárnoslos y presumir, aunque a menudo los comparten… sin pasarse. Yo nunca he tenido un juguete nuevo. Tampoco los Reyes Magos han venido jamás a mi casa.

No penséis que estoy triste por ello o que me siento marginado. No me importa, nunca me ha importado. En realidad, me encanta, porque seguramente tengo más juguetes que todos ellos.

Es fácil deducir que viviendo donde vivimos no nos sobra el dinero, pero el caso es que mi padre se las apaña para conseguir todo tipo de cosas. Eso sí, el día que todos los demás chavales reciben regalos a mí nunca me llegan, pero cuando menos lo espero tengo una sorpresa esperándome.

Me encantan esos momentos. Mi padre dice que los Reyes Magos reservan ciertos regalos para aquellos que saben valorarlos, regalos no planificados que pueden llegar en cualquier momento, sólo dignos de gente especial que sabe sacarles todo el partido, que tienen la sensibilidad adecuada para comprenderlos.

Los juguetes que me trae mi padre siempre están heridos. Son un coche al que le falta una rueda, un soldado al que le falta un brazo, un camión teledirigido que no tiene mando, un tren sin vías por las que marchar, una raqueta sin pelotas ni cuerdas… Todos tienen algo roto o les falta alguna parte, pero siempre terminan siendo imprescindibles en mis juegos, sobre todo después de conocer su historia.

Cuando mi padre me trae uno de sus pequeños regalos, le hace una presentación de gala, con mucha pompa, siempre de noche, antes de irme a dormir. Se acerca a mi cama y me entrega el juguete, que ha adecentado, por supuesto. Me dice su nombre, porque los tiene a todos bautizados, y comienza a contarme su historia… Siempre las empieza igual. “De lo que la gente rechaza a veces salen las cosas más bellas y los sentimientos más puros”.

Así conocí a “Chatarras”, el coche más rápido del mundo, vencedor en miles de carreras, que tuvo que retirarse cuando perdió la rueda delantera derecha en un accidente. Ahora trabaja en el hospital, socorriendo a la gente, ayudándola cuando están en problemas o llevándolas a que las atiendan. Todos le adoran porque es el mejor en lo suyo.

A los incorregibles “Cable” y su amigo “Vagones”, el camión y el tren que se rebelaron contra sus dueños. Uno porque lo dirigía y obligaba a hacer estupideces, cabriolas ridículas y cosas raras, como a un hámster en una jaula, y el otro porque estaba harto de tener que seguir siempre el mismo camino marcado, por lo que decidieron marcharse para convertirse en el camión más fuerte del mundo y el tren más viajero.

Al valeroso “Metrallas”, que fue el primer soldado en ser admitido en el ejército a pesar de no tener más que un brazo porque el otro era tremendamente fuerte y musculoso, gracias a que desde joven llevaba a todas partes a sus dos hijos abrazándolos con él.

O a la bella “Trenzas”, la raqueta campeona que ganaba todos los torneos, pero que un día se negó a golpear más pelotas porque se hizo amiga de ellas y le contaron que les hacía daño y sufrían mucho cuando jugaban, por lo que una noche desenrolló las tensas cuerdas de su cabeza y ahora hace pompas de jabón enormes y suaves.

No hay límite para mis juguetes, sobre todo cuando mi padre me arropa después de dármelos, me cuenta su historia y puedo soñar con ellos.

Ya casi ha terminado la Navidad, que es el tiempo para los regalos sin aventuras, según dice mi padre. Mañana es el día de Reyes y llegarán más juguetes nuevos, juguetes inocentes para todos los niños. Es una mañana que me encanta, porque seguramente conoceré a algunos y es el día en el que empezarán a vivir las historias que dentro de un tiempo me contará mi padre.

sambo

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