EL ÚLTIMO REGALO DE PAPÁ NOEL

EL ÚLTIMO REGALO DE PAPÁ NOEL

RELATO

 

 

 

 

 

 

Despertó un tanto desconcertado. Comprobó sus datos. Había cosas que no encajaban. El día y la hora estaban bien, pero el año… Había estado dormido demasiado tiempo. El sitio también le desconcertó. Dos compañeros suyos seguían desactivados en el suelo.

No recordaba cómo había llegado allí, aunque tampoco era importante, ya que se encontraba cerca del lugar donde debía llevar a cabo la entrega. Comprobó la mercancía. Era correcta, pero sólo tenía un sobre.

Sus sistemas parecían funcionar con normalidad, pero no tenía contacto con la central ni señal alguna. Salió al exterior. Todo estaba desierto y deteriorado. ¿Qué había pasado? Era como si hubiera sucedido un cataclismo o padecido una guerra. Eran las siete de la tarde, pero activó su camuflaje por si acaso. Su base de datos parecía haber quedado obsoleta. Edificios y calles que constaban habían desaparecido o estaban en un estado deplorable.

Intentó volver a comunicarse con la central, pero no lograba señal por ningún lado. Estaba completamente incomunicado y con unos datos erróneos. Según ellos habían pasado cincuenta años justos desde que debía haber realizado la entrega.

Desde la intimidad del camuflaje que le proporcionaba su tecnología y el sigilo intrínseco que aplicaba siempre a sus cometidos, observó que, en algunos edificios, no siempre aquellos que estaban en mejor estado, había gente malviviendo. Miraban por la ventaba con desconfianza, intentaban alguna reparación, que eran tiritas para una hemorragia, o, simplemente esperaban. Techos agujereados, parcelas y fincas secas, puertas y ventanas deterioradas… Y eso sólo en el exterior.

La casa a la que se dirigía se conservaba aceptablemente y, en contraste, parecía desprender vida. Salía humo, estaba iluminada y se oían ruidos sordos en su interior. Era la única que tenía algún motivo navideño. ¿Qué había pasado?

Esperó a la madrugada y al sueño. Entonces entró, como era su costumbre y marcaba su programación, para dejar el regalo en cuestión. Lo dejó en un lugar llamativo para que no se extraviara.

Nada más confirmar la entrega, que no llegó a la centralita, su configuración y programación cambiaron por completo. Se quedó inmóvil y en estado de hibernación.

Carolina se pegó un susto de muerte cuando vio a aquel mastodonte en su salón. Tal fue el impacto que tardó media hora en reparar en el sobre que había frente al televisor. Lo abrió y miró con extrañeza a aquella figura que vestía como Papa Noel, pero que no era humana. Siguió las instrucciones.

El androide volvió a la vida. Carolina no daba crédito. ¿Qué era aquello? ¿Qué hacía allí? ¿Quién lo había mandado? Estaba claro que era para ella, ya que el humanoide la saludo por su nombre y se puso a su servicio.

Tardo unas semanas en comprender todo lo que ese Papá Noel podía hacer, aunque cualquier duda la solucionaba él mismo, que la instruyó a la perfección. Se hicieron inseparables.

Carolina era el corazón de esa comunidad atemorizada. Ella intentaba ayudar a todo el mundo, pero no daba abasto ni tenía los medios, lo que la martirizaba. Ahora la cosa podía mejorar con su nuevo compañero.

Juntos fueron anotando todos los problemas que había en la zona y los que tenían los vecinos. El androide tenía una base de datos que, aunque obsoleta, servía para explorar.

Su batería tenía una duración de varios cientos de años, así que en ese sentido no había problema. Verlo trabajar era una experiencia. Su fuerza era colosal, así como su velocidad y precisión. Reparó casas enteras, hizo otras nuevas, creó cultivos y cuidó cosechas con la ayuda de todos, viajó buscando alimentos y productos de primera, y segunda, necesidad… Aquella gente empezó a sentirse más confiada, a perder el miedo, sólo por tenerlo allí.

Le gustaba pasar tiempo con los niños, seguramente un reducto de su programación anterior, aunque se sentía distinto. En el verano lo invitaban a las barbacoas y las comidas. Le daban un vaso y un plato vacíos para que comiera con ellos…

De alguna manera, sus algoritmos y sofisticada programación, le decía que era feliz. Aunque sentía que le faltaba algo. Veía cómo aquellos humanos se contaban historias, se provocaban risas o pasaban los ratos en silencio, mirándose o tocándose. Eso a él le faltaba. En realidad, no tenía un amigo. Todos sus datos le confirmaban que tener un amigo estaba bien.

La comunidad fue creciendo, fue llegando gente nueva que ocupaba las casas recién construidas y aportaba su colaboración. Cada vez había más cosas y se iban reactivando vías de negocio. Se hizo todo a una velocidad de vértigo gracias a aquel Papá Noel a tiempo completo.

Ya había pasado un año desde que el Papa Noel llegara. Apenas se veían zonas desiertas ni ruinosas. Las casas parpadeaban y se escuchaba jolgorio de villancicos. Esa noche se dedicó a poner unos juguetes que él mismo había hecho en las casas donde había niños, siempre teniendo en cuenta sus gustos según el trato que había tenido con ellos. Por la mañana, Carolina lo vio en su lugar de descanso. Al sentirla se activó de inmediato. Miró extrañado el regalo, ya que la mujer tenía el mismo sobre que él trajo la Navidad pasada.

–Te pedí cuando eras un capricho y llegaste cuando eras una necesidad.

Se lo entregó y él lo abrió. Dentro había una hoja escrita por una niña de ocho años llamada Carolina. Era una carta a Papá Noel con una sola petición: Me gustaría tener un amigo.

 

sambo

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