LA EQUIVOCACIÓN

LA EQUIVOCACIÓN

RELATO

 

 

 

 

 

Estaba desorientado. Al tropezar fue como salir de un ensueño para caer en el desconcierto. Sus ojos parpadeaban rápido intentando distinguir dónde se encontraba. Su cabeza empezó a vibrar, pasó de la nada a que le atacara una estampida de ideas confusas y deshilachadas que dejaba más confusión y pocas huellas.

El salón era pequeño, le sonaba vagamente, pero no era su casa. Era uno de tantos salones que había visto, sin nada que lo distinguiera. Fue de un lado a otro sin mucho sentido. No lograba recordar qué hacía allí. ¿Lo habían invitado? ¿Estaría robando? Intentaba no hacer ruido, pero apenas veía nada. Vio la silueta de un árbol de Navidad y se acercó a él. Se golpeó con un paquete bastante grande. Parecía un regalo. Se sentó en el sofá más amplio para pensar un poco.

El golpe que se dio con el regalo debió despertar a alguien, ya que escuchó un leve ruido en las habitaciones interiores. Le sorprendió la nitidez con la que oía todo. Casi podía visualizar lo que ocurría al concentrarse. Alguien pequeño se estaba levantando de la cama y buscando unas sandalias. Era un niño.

Dudó. No sabía qué hacer. Debía esconderse, huir de allí. Se quedó inmóvil. Cuando fue a levantarse ya era tarde. La puerta que daba del pasillo a la sala se abrió.

El crío no tardó ni medio segundo en echarle el ojo encima. El corazón el dio un vuelco a los dos. Esperaba que el niño empezara a gritar o dijera algo. Sólo quería silencio, tranquilidad. Necesitaba concentrarse.

El niño no apartaba los ojos de él. Cerró la puerta y fue con sigilo hacia el árbol. Pulsó el interruptor y las luces que lo decoraban se encendieron. El hombre se vio sorprendido. El niño flipó en colores. Ambos se miraron durante unos segundos de arriba abajo. El niño tendría unos seis años y sujetaba un muñeco con la mano. El hombre había colocado los brazos estirados hacia delante, como buscando protección.

–Papá dijo que este año no podías venir –aseguró convencido el niño.

El nombre quedó extrañado, aunque se tranquilizó un tanto porque el pequeño parecía que no iba a delatarlo.

–¿Cómo? ¿Ir a dónde?

–Aquí. Papá dijo que este año Papá Noel no iba a venir.

Aquello le descolocó por completo. Fue como un fogonazo, como si en la cabeza se recolocara, aunque fuera en parte, alguna cosa. Lo que decía el niño tenía cierto sentido. Entonces se percató de su indumentaria. Se miró las mangas rojas, luego los pantalones y el calzado. Buscó un espejo que encontró en la entrada y vio el reflejo de un hombre grueso, barbado y vestido de rojo.

Estaba claro que él no era el padre de aquel niño y que, por tanto, no debería estar allí. Volvió al salón y observó con detenimiento la escena. Comenzaba a recordar cosas. El niño se dio cuenta de su extrañeza.

–Tú eres Papá Noel, ¿no?

–No sé… creo que sí –respondió el hombre.

Al niño se le iban los ojos hacia el paquete que había en la habitación, pero el hombre lo único que quería era salir de allí como fuera. No podía estar más tiempo allí.

Se agachó delante del niño y, cogiéndole de los hombros, le dijo que se tenía que ir a la cama, que mañana abriría el regalo, pero que no le dijera a nadie que había estado allí. Bien sabía que no cumpliría aquello, pero mientras le diera tiempo a marcharse sin que le viera nadie no importaba.

El niño lo miraba embelesado y obedeció de inmediato. El hombre se acercó al árbol. Lo apagó. Antes de abrir la puerta vio el gran saco que había llevado. Lo cargó sobre su espalda y salió sin hacer ruido.

A la mañana siguiente el niño estaba expectante esperando al padre, al que había despertado con euforia. Entre bostezos y con los ojos aún pegados, vio a su hijo a la entrada del salón con una sonrisa que le guiaba el camino. Miraba de reojillo.

–¿Qué pasa?

–¡Mira! ¡Ha venido! ¡Dijiste que no vendría, pero ha venido!

El hombre se refregó los ojos como si eso fuera a hacerle más inteligente para entender aquello. Entonces vio el paquete…

–¿Qué cojo…? –paró a tiempo–. ¿Qué es eso?

Ya no quedaba rastro de sueño en su cuerpo. Había preparado con mucha psicología aquel día para que su hijo no esperara nada, porque nada había podido comprarle más allá de un muñeco barato que abrió la noche anterior. ¿Quién había metido ese paquete allí? ¿Qué era eso? Parecía un regalo. Un gran regalo. Y su hijo estaba ansioso por abrirlo.

–Ten cuidado, cariño, puede ser peligroso. Déjame a mí.

–¡No! ¡Es para mí! ¡Me lo dijo Papá Noel anoche!

Según dijo esa frase, se tapo la boca de inmediato, como intentando evitar que se fugaran más presos indiscretos. El padre lo miró asustado.

–¿Quién te dijo qué?

–Papá Noel… –susurró entre dientes.

El hombre acercó con miedo el oído al paquete, luego lo tanteó con pánico. Algo más envalentonado, aunque no mucho, cogió una pequeña doblez del papel de regalo y lo rasgó. Era una bicicleta.

Quedó perplejo, pero al abrirlo del todo sus recuerdos lo golpearon con fuerza. Era la bicicleta que él pidió de niño, con la que soñó tanto tiempo, que pidió a Papá Noel durante años, pero que nunca le trajo. Cada vez que se acercaban esas fechas se acordaba de la bicicleta, porque había decidido que en cuanto pudiera le regalaría una a su hijo. Por desgracia, no había podido hasta ahora.

–¡Mira, Marco! ¡Esta era mi bicicleta favorita!

Le invadió una emoción que consideraba muy “tonta”. Al volverse para que su hijo no viera la lagrimilla que no pudo retener, vio aquel gorro rojo en el sofá.

–A lo mejor se ha equivocado y la bicicleta era para ti, papá.

–No, cariño, te aseguro que Papá Noel nunca ha estado más acertado. Nunca.

 

sambo

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