RELATO

 

 

 

 

 

 

Era estrafalario y excéntrico. No hablaba con nadie del barrio, salvo con mi madre, que sólo se hablaba con él. Era un viejo rockero trasnochado y pasado de moda que tuvo cierto éxito a finales de los 60 con una banda de rock progresivo que luego se dedicó a dar clases de música a chavales hasta que se jubiló.

Tenía el pelo largo y canoso, vestía coloridas camisas anchas sobre camisetas de bandas de rock. Su casa parecía una burbuja de tiempo capturada veinte años antes. Ni siquiera allí se quitaba sus gafas de sol redondas.

Comprobé su carácter taciturno y arisco cuando mi madre decidió que fuera a pasar allí las tardes cuando se marchaba a trabajar. Hablaba poco, me daba de cenar y, a veces, incluso me quedaba a dormir allí, en una habitación pequeña llena de discos. En realidad todo estaba lleno de discos y libros que se acumulaban en estanterías o en montones por el suelo. Había instrumentos musicales desperdigados por todos lados. Por los altavoces del salón siempre sonaba alguna de esas bandas antiguas que le gustaban. Era un completo desorden que él entendía perfectamente.

Debo reconocer que aquello me encantó. Me dejaba hacer lo que quería. Me dijo que podía utilizar todo aquello con dos condiciones: Que lo usara con cuidado y que luego dejara cada cosa exactamente en el mismo sitio. Era una colección impresionante. Repasaba todos los títulos, memorizaba sin querer el nombre de los grupos, manoseaba guitarras y baquetas mientras él pasaba casi todo el tiempo en su estudio componiendo y tocando. En mi habitación había un aparato de música en el que reproducía discos de aquellos grupos que me llamaban la atención. Uriah Heep, Thin Lizzy, UFO, ZZ Top, Jethro Tull, Aerosmith, The Who, The Kinks, Pink Floyd, Black Sabbath, Kiss, Led Zeppelin, Deep Purple…

Aquello le llamó la atención. Miraba y escuchaba lo que iba eligiendo, aunque no lo parecía, y me daba escuetas instrucciones que cumplía obedientemente. Aquella música fue seduciéndome y me hice adicto. Mi curiosidad fue creciendo. Lo escuchaba todo, lo leía todo… Ya no seleccionaba, elegía un disco y lo ponía. Él comenzó a dejar abierta la puerta de su estudio, que siempre mantenía cerrada. Lo miraba, escuchaba lo que tocaba, preguntaba… Sus bandas favoritas, sus guitarristas predilectos, los baterías que le parecían mejores… Él lo tocaba todo, tenía pianos, guitarras, bajos… y me dejaba usarlos, aunque no tenía ni idea. Y quería tenerla. Quería hacer aquello que hacía Page, Van Halen o Hendrix. Así que se lo pedí.

Aunque se hizo un poco el duro, parecía estar esperándolo. Cuando aceptó, me dijo que si no me lo iba a tomar en serio no le molestara. Y que si empezaba no lo dejara. Me lo tomé en serio.

Primero fueron los acordes, luego varias escalas, sin que faltara la pentatónica. Sus clases eran amenas y divertidas, me daba todo tipo de datos y me contaba un montón de anécdotas e historias suyas o de músicos famosos. Ensayaba a todas horas con una guitarra que me había prestado. Fueron unos meses geniales, pero no duró… Mi madre no pudo mantener su trabajo, por lo que tuvimos que irnos una vez más. Aquello me mató.

Aquel tipo raro me había regalado una pasión y una afición con la que no contaba. Se despidió de mí escuetamente, con su semblante serio habitual. Me regaló la guitarra que me había prestado y me dijo que seguiríamos practicando antes de cerrar la puerta… Me quedé perplejo, porque no sabía cómo demonios íbamos a seguir dando clases, ya que desde luego no iba a venir con nosotros.

Nos mudamos a la otra punta del país. No me adapté bien, por lo que me cobijé aún más en la guitarra. Revisaba mis pocos apuntes y practicaba aquello que recordaba. Pedí algunos manuales, pero no era lo mismo…

Unos meses después llegó el primer paquete. Dos cintas VHS de cuatro horas cada una. Estaban numeradas. Metí la primera con ansia. Le notaba inseguro, algo tímido ante la cámara, pero enseguida se centró. En la primera cinta, con su tono seco y ligeramente irónico de costumbre, repasaba aquello que habíamos dado durante los meses en los que me dio clase. Tenía el mismo aspecto, las mismas gafas de sol, las mismas camisas.

Las cintas llegaban con regularidad. Unas hablaban de aspectos técnicos, otras contaban aquellas historias de músicos que tanto me gustaban. Muchas las conocía, pero ahora las tenía. Repasaba esas cintas una y otra vez, sabía perfectamente en qué minuto estaba cada cosa, en qué momento hablaba de lo que buscaba, si bien él incluía un exhaustivo índice en cada envío.

Cuando entré en su casa por primera vez tenía doce años. Estuvo mandándome cintas hasta que falleció, cuando yo tenía veintisiete. Nunca me dediqué a la música, aunque siempre fue mi gran pasión, ni siquiera fui un gran guitarrista, aunque me sirvió para conocer a la que es mi mujer. Todo eso él lo sabía, simplemente fue fiel a su propia vocación.

Se fue con la misma discreción con la que vivió. Sin decir nada. Se le veía bastante fatigado en los últimos videos, a pesar de que no perdió ni un ápice de lucidez. De la guitarra pasó al piano, a la batería, incluso al saxo. Hablamos mucho por teléfono aquellos años, nuestra relación se convirtió en una profunda amistad. Fui a verlo varias veces y en todas ellas era como si el tiempo no pasara.

Me comunicaron que me había dejado todos aquellos discos e instrumentos, ya que no tenía hijos ni parientes cercanos. Fue un regalo inmenso que me conmovió hasta lo más hondo, aunque era el menor de sus legados.

Unos años después, mi hijo comenzó a coquetear con aquella vieja guitarra que él me regaló. Lo espera. Fue el único motivo por el que conservé aquel viejo video VHS. Si quería aprender, sería mejor que lo hiciera con un buen profesor.

 

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