OLVIDO

OLVIDO

RELATO

 

 

 

 

 

La calidez de una leve luz comenzó a acariciarme la cara. Conocía bien esa sensación. Me encantaba. Tocaba despertarse. En pocos segundos oiría la llamada de mi abuela para desayunar. Pasé varios minutos entre ensoñaciones y pensamientos dispersos y placenteros hasta que me percaté de que la llamada no llegaba, que sólo acudía el aroma del café recién hecho.

Salté de la cama restregándome los ojos. Me dirigí a la cocina, donde humeaba la leche caliente. Había un extraño silencio carente de humanidad. Una suave brisa, el diálogo jovial de los pájaros y el zumbido sordo de los insectos sustituían a las voces y las pisadas. No había nadie.

Me acicalé, me vestí con premura y exploré por el resto de la gran casa buscando a alguien de la familia, pero parecían haberse puesto todos de acuerdo para marcharse. Nadie respondía a mis llamadas. Ni mis tíos ni mis abuelos estaban allí, pero todo parecía como si acabaran de marcharse. Tazas todavía calientes, una colilla consumiéndose, la puerta que daba a la calle, abierta…

Salí a la calle. El día era luminoso y templado, avisando bastante calor. El clásico día de un gustoso verano de libertad y acción, pero la calle también estaba desierta, rellena sólo con el sonido de chicharras lejanas. Me acerqué a la confitería de enfrente. Tampoco había nadie. Llamé a Matilde, la mujer que me surtía de helados y caramelos, pero no contestó. Parecía que acababa de salir corriendo, dejando la caja registradora abierta incluso…

Comencé a inquietarme. Las calles tenían una soledad mortecina, de abandono lejano. Miré en todas direcciones y apuré las esquinas antes de coger mi bicicleta. Me dirigí con pedaleo lento y dubitativo hasta la casa de Miguel, mi cómplice de aventuras. Siempre íbamos juntos a los pocos sitios a los que se podía ir allí… y a los pocos sitios a los que se podía ir en los pocos pueblos que había alrededor. Con él eran los partidos eternos, los viajes sin rumbo en bicicleta, los baños en la laguna donde toqué mi primer culo sin mirar el tiempo, los estudios de los diversos insectos y plantas que nos rodeaban, las expediciones furtivas a la casa de los asesinatos…

Fue mi guía en ese mundo de plena libertad en el que no había que dar explicaciones, donde las complicidades surgían, férreas, sin forzarlas, sin apenas darte cuenta. Aquel era el mundo sin horarios ni fronteras, era el mundo del instinto y la curiosidad, con todo por descubrir y por inventar. Íbamos a jugar cuando apetecía, a comer cuando había hambre. Allí mi abuela, que parecía dedicarse en exclusiva a cocinar, aunque nunca la veía hacerlo, siempre tenía preparadas ingentes cantidades de comida para saciar mi apetito… o para ofrecerme cuando no lo tenía.

Al llegar a su casa, de nuevo el silencio respondió a mis llamadas. No sabía a dónde acudir, vagué varias horas con mi bicicleta por el pueblo, dando vueltas absurdamente. Las casas estaban dormidas, los bares abiertos y vacíos, sus neveras encendidas, las máquinas de café en marcha, las tostadas a medio comer… Cogí algo de lo que había en las mesas y en las neveras antes de seguir buscando. Aquello parecía un mundo expectante o abandonado, donde la vida se había volatilizado, huida en una urgencia inmediata. Todos habían sido raptados por el viento, que sólo dejó el polvo como silencioso testigo.

Cada vez que pasaba por el mismo sitio, el lugar había cambiado. Casas que parecían haber pasado por un bombardeo, derruidas, abandonadas o desaparecidas, víctimas de un envejecimiento apresurado.

Dos disparos rompieron abruptamente el fúnebre silencio que lo ocupaba todo. Luego otros dos disparos. Tres, cuatro. Era en la casa de los asesinatos, aquella a la que nos acercábamos por las noches en busca de fantasmas que creíamos oír y atisbar tras las cortinas. Bajé de la bicicleta y me puse a resguardo, pero de allí no salió nadie ni se volvió a escuchar nada más.

Era como si hubiera caído en el reverso o el negativo de un mundo que fue, como si hubieran vertido aquel lugar de un vaso a otro y todas las personas hubieran quedado atrapadas en el colador… como si yo mismo hubiera hecho el volcado…

Salí de allí a todo trapo, dando de sí a los pedales. Sin darme cuenta acabé pedaleando por las afueras, donde se acumulaban las fincas y granjas de la gente que trabajaba allí. En medio de un camino, frente a unos olivares resecos, una vaca me miró con su rostro indiferente, como si nada estuviera pasando. Por mi lado pasó el caballo de Luis, el herrero, con su silla de montar y su bocado, a paso lento, pero sin su dueño. Aquella imagen hizo recorrer un escalofrío por todo mi cuerpo. Parecía habitar un eco inconcluso de una vida que no terminaba de marchar.

A lo lejos escuché las campanas de la iglesia. Di un brinco y salí disparado. Si sonaban es que alguien tenía que hacerlas sonar. Allí acudirían todos a la misa vespertina. Llegué en pocos minutos, pero la plaza también estaba vacía, como el interior de la iglesia a la que entré en un frenesí desquiciado. Subí hasta el campanario, pero todo era fantasmal.

Despavorido regresé a casa buscando desesperadamente el teléfono. Tenía que llamar a mis padres para oír la voz de alguien, pero cuando fui a coger el auricular vi que me faltaba mi mano derecha…

Sudando, pegué un bote en la cama. La calidez de una leve luz comenzó a acariciarme la cara. Conocía bien esa sensación…

–¡A desayunar! –gritaron desde abajo.

Una paz inundó todo mi cuerpo. Bajé corriendo y al ver a mi abuela la abracé, fuerte, creo que incluso le hice un poco de daño, ya que la noté retorcerse. Quería sentirla, palparla, la agarré como se agarran los chicos a una rama que cruje amenazando quebrarse. Me aferré a ella antes de que desapareciera. Antes de que todo desapareciera.

sambo

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