EL MÉDICO

EL MÉDICO

RELATO

 

 

 

 

 

Cuando llegué a Miramida, hace ya cinco años, era un lugar casi muerto, un mísero pueblecito agrario y ganadero en completo declive. Lo único verdaderamente apreciable era mi presencia. Vivían allí muy pocas personas, casi todos se había ido, especialmente los más jóvenes. Una más de esas zonas rurales que se quedaban vacías.

Se me encargó la misión de reactivarlo. Desde el gobierno estaban desarrollando un plan experimental y tecnológico para mejorar el mundo agrario y hacer productivas estas zonas. Si funcionaba, la idea iría extendiéndose a otros lugares. Obviamente no tardé en tener éxito.

En poco tiempo convertí Miramida en un pueblo próspero y pujante. Proporcionamos mercancía y materias primas a gran escala gracias a mi excepcional gestión. Logramos multiplicar recursos y sacar el máximo partido a las cosechas y a las explotaciones ganaderas que fuimos creando. Somos una excepción en el país, pero pronto todos seguirán nuestro ejemplo. Son grandes logros, pero aún quedan algunas cosillas por depurar para lograr el pleno rendimiento…

Me tocó organizar toda la infraestructura, crear los mecanismos adecuados de explotación, acondicionar las granjas, las distintas parcelas y las fincas que había comprado el estado, ayudar a las privadas que tuvieran dificultades y resolver todos aquellos problemas cotidianos. Aquel pueblo estaba manga por hombro… Por eso comenzaron a llamarme “El Médico”. Soy al que acuden cuando hay un problema o una urgencia, el que debe aplicar el tratamiento adecuado.

Todos me cogieron aprecio pronto, por mi carácter y por los resultados logrados. Incluso cuando las propiedades privadas iban pasando al estado una vez los propietarios las cedían o fallecían. Todos los vecinos confían en mí, todos acuden a mí para que les resuelva cualquier problema, por personal que sea. Esto facilitó mucho las cosas. También debo estar disponible en todo momento por si desde la Central detectan algún error, alguna falla, alguna carencia o necesidad…

Ahora, por ejemplo, me dirijo a la finca de Félix, que vuelve a tener un problema en la espalda. Esto es muy típico entre los trabajadores no remunerados. Allí estaba el pobre, encorvado, sin poder ponerse recto, mirándome con cara de circunstancias. Tenía una postura muy graciosa. Era el líder de su cuadrilla, así que había que tratarlo con prontitud.

Desatornillé la espalda y vi que el problema era el de siempre. Los productos de esta serie fallaban muchísimo en esa zona. Cambié la pieza y en cinco minutos volvió a estar activo. Me lo agradeció con cordialidad y se dispuso a trabajar con su eficiencia habitual. A ellos no les hacía falta dormir, por lo que trabajaban de día y de noche.

Se sorprendieron mucho los lugareños con la llegada paulatina de visitantes a su pueblo sin atractivos, más allá de ciertos parajes naturales y la tranquilidad del entorno que algunos encuentran placentera. No me extraña que se sorprendieran…

Sinceramente, los humanos aquí suponen un lastre. No es un desprecio. Ellos son simpáticos, ingenuos y entrañables, sobre todo cuando no les interesa algo o sienten amenaza. Fueron importantes en su tiempo, consiguieron grandes logros, no hay más que ver estas máquinas, pero han quedado obsoletos, su eficiencia deja mucho que desear. Su declive físico, sus lesiones y enfermedades, su inconsistencia, su necesidad de descanso… En la ciudad encuentran su razón de ser, donde pueden centrarse en consumir. Los nuevos trabajadores no tienen exigencias, no necesitan sueldo ni comida. Para optimizar el trabajo la solución lógica es clara: depurar el factor humano.

Los resultados no tardaron en llegar y el rendimiento global de las explotaciones aumentó según las principales labores eran ocupadas por trabajadores no remunerados. Es por ello que las familias humanas son un obstáculo para alcanzar la optimización plena. Afortunadamente la gran mayoría de la población humana es muy veterana y no causa problemas, pero con los que son algo más jóvenes la cosa es distinta, ya que no suelen estar dispuestos a marcharse, con lo que es necesario otro tipo de depuración.

Ahora voy a casa de Martín. Concerté con él una cita para depurar algunas cositas con las que optimizar nuestros resultados. Llegó hace poco con su familia. Ayer cumplió 40 años y estuvo celebrándolo con los chicos en el bar. Es de los pocos humanos que aún quedan aquí. El más joven. El último que ha venido. Un romántico que dice apreciar los tesoros que ofrece la zona, la tranquilidad bucólica de sus parajes naturales, el aire que se respira, las aguas limpias de la laguna, las conversaciones con los veteranos lugareños, el contacto con lo genuino… lejos del ruido urbano…

En realidad, la mayoría de las personas con las que habla y él cree viejos trabajadores experimentados no son humanas, ni siquiera el camarero que los sirve, pero es mejor que crea que sí lo son. Estos modelos poseen capacidad empática, así se consigue que su relación con los humanos sea plenamente natural, incluso que pasen desapercibidos entre ellos. Se les dota de un pasado y una vida programada con múltiples variables, así como de una actualización diaria. Se entendió, además, que con ciertos protocolos de comportamiento era sencillo manipular a las personas y sus sentimientos. Los modelos más avanzados incluso tienen capacidades artísticas, irónicas, sentimentales… siempre subordinadas al objetivo prioritario, por supuesto. A esto los humanos suelen llamarlo, en ocasiones, “hipocresía” o “falsedad”.

Martín me abrió la puerta con su afable sonrisa habitual. Le correspondí con varios agasajos y una conversación distendida, en un tono perfectamente calculado y modulado. Le entregué un presente por el día de su cumpleaños. Gasté bromas apropiadas a su sentido del humor y saludé a su esposa con la adecuada calidez y educación que correspondía al momento.

–Tenéis unos niños muy guapos. ¿Qué edad tienen?

–La mayor tres añitos y este pequeño uno y medio.

–Óptimo –respondí con una sonrisa perfecta.

 

sambo

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