HARPER LEE: Matar a un Ruiseñor

HARPER LEE: Matar a un Ruiseñor

LITERATURA

 

 

 

 

 

 

Una auténtica debilidad, y sé que para muchos de vosotros también, ya hayáis visto la película, leído el libro o hecho ambas cosas. Pocos libros como este para recomendar a padre e hijo, para iniciar y formar en valores. Pocos.

Una obra exquisita, preciosa, profunda, que logra conjugar el humor, la ironía, la sensibilidad y la emoción con absoluta naturalidad. Tonos diversos que se van fundiendo, donde uno lleva al otro en un todo perfecto que, en ocasiones, recuerda al mejor Dickens, logrando una entidad propia que a los lectores nos hizo añorar más obras de Harper Lee. No han sido pocas las comparaciones con Faulkner o Jane Austen en versión sureña, claro.

Matar a un Ruiseñor” está escrita por una mujer de más de 30 años, una adulta, que usa lenguaje adulto y una ironía también muy adulta, pero insertado en un tono y una mirada infantil, donde esa ironía queda castrada de toda malevolencia, reluciendo como un humor lúcido, sutil y francamente divertido. Ese conflicto entre la sencillez de la mirada infantil y la complejidad del mundo adulto resulta luminoso con la naturalidad narrativa de Harper Lee. Esta doble mirada, que convive expresamente, es la que eleva la obra, le da originalidad, frescura y excepcionalidad. Por tanto, no debe entenderse como un “error de punto de vista” que una niña se exprese o reflexione de determinada manera en este caso.

No le hizo falta publicar mucho más a Harper Lee para convertirse en un referente de la literatura ni a esta obra en un clásico. Ganadora del Pulitzer. Una obra más o menos biográfica sobre sus vivencias a los 10 años y sobre su entorno familiar y vecinal, donde se mostró como aguda observadora con una sensibilidad exquisita para transitar ambos mundos a la vez, el adulto y el infantil. Hay que agradecer el apoyo que prestó Truman Capote, amigo íntimo de la escritora desde la infancia, para que siguiera esta vocación que la llevó a dejar su trabajo en una aerolínea para centrarse en la escritura mientras vivía de generosas donaciones de amigos.

En 2015 se publicó “Ve y pon un Centinela”, borrador de “Matar a un Ruiseñor”, 55 años después de aquella.

 

 

Un texto que ejemplifica a la perfección la integración en la ficción de lo real, elementos biográficos de la escritora. El padre de Lee, Amasa Coleman Lee, era abogado y director de periódico. Llevó un caso donde dos hombres negros acusados de asesinato fueron condenados, ahorcados y mutilados, experiencia que le llevó a renunciar a otros casos de índole criminal. El hermano de Lee también tenía 4 años más que ella; su madre falleció (cuando Lee contaba 25 años), aunque padecía una enfermedad mental, con la que la escritora convivió toda su vida, que la hacía parecer ausente. Sí, también tuvo su propia Calpurnia.

Dill, el amigo y vecino de Scout y Jem, estaría basado en el propio Truman Capote, que era amigo y vecino de infancia de Harper. Rasgos de su carácter son también coincidentes, como su magnífica imaginación. Tuvieron una amistad que surgía de su excepcionalidad, lo que les separaba de los demás. Ella era poco femenina y muy pendenciera, como Scout; Capote (Truman Persons por aquel entonces), pedante, remilgado y redicho. A ambos les gustaba leer y recrear historias.

La casa de los Radley también tiene su base en la realidad con una historia similar. Este elemento misterioso de la casa de los Radley, que no es más que parte esencial de la mirada infantil, que encuentra en el misterio y la curiosidad sus motores vitales (misterio que si no existe se inventa), ha llevado a algunos a definir la obra como “gótico sureña”… Como veáis…

Todo se nos muestra desde el mismo núcleo y contexto sureño, de quien lo ha amado y mamado. Una huida rigurosa y definida del maniqueísmo, con completa naturalidad, en un entorno de gente básicamente decente y buena, como cualquiera de nosotros, una sociedad en la que sus defectos vienen por tradición y cultura asumida o, en casos más excepcionales, por maldad intrínseca, de esa que se encuentra en todos los lados y por las más diversas causas, o falta de formación moral. Un racismo, como otras muchas cosas, unas positivas y otras negativas, como en todo grupo, asumido con normalidad en esa sociedad o entorno.

En cualquier contexto, por enfermizo que parezca, puede encontrarse la buena senda. Y al revés. Eso sí, a veces falta un guía, un Atticus, una mente preclara.

Dentro de su aparente sencillez, que en realidad es fluir natural, “Matar a un Ruiseñor” es una obra profunda y compleja, con un gran desarrollo de variados temas. Tema profundos, complejos, duros incluso, como el racismo, el incesto, la violencia sexual, la intolerancia, la injusticia, el prejuicio, el clasismo… pero que se desarrollan con una naturalidad pasmosa, donde nunca parecen ser el objetivo sino producto de una convivencia natural en un lugar concreto y ante lo que, por tanto, uno no se puede abstraer de lo que ve, aunque sea con una inocente mirada infantil y la importancia relativa que estas cosas tienen a esa edad respecto a los juegos, la amistad o el amor familiar. “Matar a un Ruiseñor” es una de esas obras paradigmáticas sobre la dignidad personal y el respeto por el prójimo, sobre el valor y el coraje en todas sus vertientes, ya sea en Scout y sus reacciones, con Boo y su protección, en el propio Atticus y su proceder… hasta con la señora Dubose y su esfuerzo por superar su adicción a la morfina.

Se tocan aspectos que fueron polémicos, incluso transgresores, algunos ya mencionados: Violaciones sexuales, violencia racial, incesto, problemáticas de clase… Pero siempre desde la calidez, la ternura en el tono. Nunca hay dogmatismo, simple exposición de una realidad vivida y vívida. Honor, respeto, mentalidad cristiana. Las tradiciones y los tabúes sureños… Temas que entroncan con la vida y con la sociedad y época en la que se circunscribe esa vida.

Sí, el racismo es un tema importante en la obra, pero secundario. Lo trascendente y vital es su reflexión sobre la educación y la formación, que es lo que evita lo otro, que es lo que cura el prejuicio. “Matar a un Ruiseñor” es, por tanto, más allá de todo lo mencionado y lo que mencionaré, principalmente, una reflexión sobre la formación y la educación. La formación y la educación no como una imposición, a la que no se renuncia si en determinadas circunstancias es necesaria, sino como una guía que tiene mucho de poder de convicción, incluso de seducción y ejemplo. Es un manual del concepto. Por supuesto, es la figura de Atticus, su proceder y sus valores, la que personifica estas ideas.

De igual forma, “Matar a un Ruiseñor” es casi un tratado sobre la infancia y la pureza, último reducto del bien puro. Por eso es tan importante la educación y una guía adecuada. Tesis esencial de la novela. Es la única forma de protegerlas contra el mal.

Una pureza, una inocencia, que no se limita a la infancia que representan los tres niños protagonistas, sino que se extiende y universaliza con ese ruiseñor que cita el título: Boo. Me fascina que ni se plantee la posibilidad de Boo como culpable. O el propio Tom Robinson, un inocente acusado.

Y la piedra angular de todo esto es Atticus Finch, para mucha gente el gran referente heroico americano. El núcleo moral de todo. De hecho, el título originario de la novela iba a ser “Atticus”, pero el amplio alcance del relato hizo variar el criterio. Y no es un referente heroico porque sea un héroe de acción, que vaya rescatando a pobres desvalidos como un agente secreto o un aventurero, que vaya acometiendo hazañas extraordinarias, simplemente lo es por demostrar unos valores y ser fiel a ellos, con los que toda sociedad sería mejor, iría a mejor. Valores con los que intentará rescatar a desvalidos… Y Harper Lee lo convierte en un referente a través de la mirada de su hija y los comentarios de otros personajes, es decir, a Atticus se nos muestra, de alguna manera, de forma indirecta, por lo que transmite a los demás, por cómo los demás lo ven mientras vamos asistiendo, a su vez, a su proceder.

Atticus Finch es un guía, en el más amplio sentido del término. Es fácil entender por qué es un guía y un referente para nosotros, para los adultos en general, por sus valores y los conceptos que se exponen en la novela. En cambio, es más complejo e interesante reflexionar sobre su eficacia como guía sobre los más pequeños, sobre sus hijos. Es la idea clave, es el misterio.

Atticus Finch no es obvio ni explícito, su proceder rompe el tópico, contradice lo habitual, lo fácil, lo evidente, precisamente, y eso genera extrañeza en sus hijos, les obliga a reflexionar, a pensar, a darse cuenta de que las cosas no son tan sencillas como parecen, que hay algo más allá de los atajos. Es fácil y humano presumir, reivindicar los logros, sobre todo en la infancia, con los apoyos paternos, en cambio Atticus no hace nada de eso, todo lo contrario, lo evita, se muestra incómodo incluso. Es la pura discreción y humildad. Contrasta con los demás roles masculinos de la obra. Contrasta con casi todo el mundo. Es por ello que sus hijos no saben que es un tirador consumado, como les explican luego, cuando Atticus se ve obligado a sacrificar a un perro con la rabia… Otro presumiría de su habilidad, pero Atticus no…

 

En Atticus Finch, por supuesto, se dan cita todas las virtudes de la paternidad, que es otro de los pilares de la novela. La paternidad, la seguridad, resumida en esa preciosa y sencilla frase final.

Atticus apagó la luz y regresó al cuarto de Jem. Allí estaría toda la noche, y allí seguiría cuando Jem despertara por la mañana”.

No se trata de que Atticus sea un ser perfecto, es puramente humano. No se trata de una deificación o idealización. En absoluto. Atticus es, sencillamente, un gran hombre.

Hay escenas que se me grabaron a fuego, tanto en el libro como en la película, que desarrollan reflexiones excepcionales y definen ideas y personajes: Scout burlándose de un compañero de colegio, de clase más baja, por su forma de comer. Calpurnia reprenderá a la joven mientras Atticus respeta la lección de educación de su ama de llaves. Aquí subyace otro tema que se relaciona con el de los prejuicios, que no es otro que el clasismo.

Es fascinante dónde y en qué contextos se desarrollan y definen todos estos conceptos. Ese centro neurálgico que es Atticus Finch, hijo de una época y un entorno muy definidos, pero con una mentalidad y pensamiento liberal que contrasta con esa mentalidad y pensamiento sureño. La mirada de Harper Lee es realista en este retrato de una sociedad y una vecindad que conocía perfectamente. Estamos en el sur de los Estados Unidos, donde el racismo está absolutamente arraigado, aceptado y asumido, pero que a Atticus le es bastante ajeno, oponiéndose a él con ese carácter que ya he mencionado (incluso en su aceptación de ciertas costumbres), sin ningún exceso, sin necesidad de histrionismo, con una naturalidad y normalidad que abruma por su autenticidad y pureza. No hay exageración, rebeldía, postureo, grandilocuencia, sobreactuación… Es un hombre íntegro siguiendo sus creencias y sus principios, lo que es justo, en base a los caminos que puede recorrer (legalidad) y siendo fiel a él mismo. Y respetando los de los otros, aunque estén equivocados y hasta donde se puedan respetar.

Una de las cosas que marca la diferencia entre “Matar a un Ruiseñor” y otras historias con mirada infantil o centrada en la infancia, es que no es sólo la historia de un descubrimiento o una concienciación. Es la historia del descubrimiento de unos valores, de una forma de estar y vivir la vida en base a unos códigos que deben ser universales, pero un descubrimiento donde se explica y se muestra con absoluta naturalidad, casi sin darnos cuenta, el porqué de esos valores y del comportarse y dirigirse así por la vida. El porqué.

Harper usa el punto de vista infantil y hace un retrato de la esencia de la infancia, de todos sus matices, sus resortes, absolutamente magistral y con ese punto irónico en la distancia del adulto que lo hace aún más divertido. Es asombrosa la sensibilidad que exhibe en cada retrato, en cada personaje, con sus distintas personalidades y, sobre todo, sus distintas edades (que además evolucionan). Los conflictos que todo eso va generando y la comprensión y madurez que va provocando. Así, Scout es pendenciera, no se amilana ni pone la otra mejilla, no le van los tópicos femeninos ni los estereotipos sociales, es sensible y su universo de libertad entra en conflicto con los comportamientos que va descubriendo en su entorno y los resortes sociales establecidos. En cambio, su hermano Jem, más mayor, comenzará un cambio. Él ejerce de hermano mayor, es presuntuoso, descarado, con cierta actitud reflexiva, protectora y dominante, chulesca. Poco a poco se irá insinuando cierta asunción de responsabilidad en él, cambios en sus intereses y comportamientos que llevarán a la trifulca, donde Scout lo ve alejarse, donde va encontrando menos puntos de encuentro por las divergencias de intereses. Impresiona esa sensibilidad para describir sus códigos particulares, sus enfados, los momentos tozudos, las jerarquías infantiles en juegos y procederes, las incomprensiones, las asimilaciones y contradicciones de ese mundo adulto al que se dirigen… Esa ausencia absoluta de rencor infantil (Calpurnia, la tía Alexandra), aún cuando se sienten agraviados, alguien les cae mal o tienen alguna controversia, esos rencores no duran… Son detalles de una sensibilidad exquisita. La pureza infantil, sus reacciones viscerales… Libro absolutamente transversal, desde la niñez a la edad adulta.

Seguiremos el estricto punto de vista subjetivo de Scout en todo momento. Scout aprenderá, se pondrá en los zapatos del prójimo, es decir, comprenderá lo pernicioso del prejuicio. No sólo tenemos lucidez en el retrato de la infancia y la educación, también lo hay en la exposición del universo masculino y femenino, sus diferencias. En el contexto marcado. Scout se siente cómoda en ese entorno masculino en el que vive tras fallecer su madre, tiene su propia y definida personalidad que irá matizando y ampliando con otros referentes necesarios, femeninos. Retratos femeninos como la señora Maudie, Calpurnia, la tía Alexandra, la señora Dubose… En algunos casos son retratos castradores. Mujeres muy distintas, que darán distintos puntos de vista y formas de entender la vida que enriquecerán la formación de Scout.

Es deslumbrante la evolución de los personajes jóvenes. Son distintos cuando empieza la novela a cuando acaba, con pequeños matices según van cumpliendo años. Hay que tener en cuenta que la novela abarca un espacio de unos tres años, ambientada hacia mediados de los 30, con una mentalidad de los años 50, claro. Ellos, además, van absorbiendo de todos los referentes familiares (hasta la tía) y amigos. Todos ellos tendrán su influjo y ayudarán a su crecimiento y madurez.

Me fascina, aparte de los hermanos protagonistas, el personaje de Dill, el amigo de ambos. Un personaje absolutamente entrañable y conmovedor que complementa a la pareja protagonista y desarrolla el tema infantil brillantemente. Dill es cariñoso, pesado, entrañable y profundamente vulnerable, algo acomplejado. Su fórmula de protección es una verborrea incontenible y una imaginación desbordada que le lleva a recrear historias que hace pasar por verdaderas para aliviar una realidad que no le complace.

La novela está repleta de esos detalles puramente infantiles, que describen ese comportamiento universal que en muchos casos entronca con otros temas de la novela. Por ejemplo la simpleza, el ego y el prejuicio, que también terminan definiendo a esa sociedad que les integra. Esos dos hijos que se sorprenden porque su padre no presuma y se enorgullezca de lo buen tirador que es, mientras él casi se ruboriza del hecho. Ese prejuicio hacia su padre (ni por asomo pensaban que pudiera ser un tirador consumado por su carácter), que también lo será de esa sociedad que condena a Tom Robinson por el color de su piel.

De hecho, estas escenas resultan simbólicas, guiños minimalistas que tienen su eco en la historia principal del juicio. Representan la soledad del héroe, el hombre que debe enfrentarse al problema porque nadie más lo hace. Se enfrentará solo al perro con rabia, pero también a la turba que amenaza con matar a Tom Robinson, cuando hace guardia en la cárcel… Obviamente, la antesala de su defensa en el juicio. El hombre íntegro.

Hay algunas críticas al libro que me hacen gracia. Por ejemplo que hay “cierta falta de contundencia crítica contra el racismo”. Supongo que luego se quejarán de que otras novelas resultan “obvias”. No sé qué necesitan. Quizá un croquis, carteles luminosos o explicitud infantil con la que saciar su torpeza… También es gracioso que pidan “mayor desarrollo a los personajes afroamericanos”, como si eso fuera el objetivo del libro o éste cojeara en algo por eso. Más bien todo lo contrario. La mirada infantil hacia su entorno es precisa y adecuada. La mirada de un niño que ve entrar en conflicto creencias con las que se ha educado o aprecia con sentido común y una realidad que las contradice.

Gregory Peck, que inmortalizó a Atticus Finch en la gran pantalla, conoció al que fue el modelo para el personaje, Amasa Coleman Lee, aunque éste falleció antes del estreno del film. Gregory Peck y Harper Lee cultivaron una gran amistad más allá de la película, que, por cierto, entusiasmó a la escritora. Tanto es así que Lee regaló un reloj de su padre a Peck, que éste llevó a la ceremonia de los Oscar donde le concedieron la estatuilla como mejor actor por su trabajo, precisamente, como Atticus Finch. Lamentablemente, a Peck le robaron el reloj un día en un aeropuerto, hecho que le dejó consternado y que le costó confesar a Harper. Cuando reunió fuerzas para hacerlo, la escritora no le dio importancia: “Bueno, es sólo un reloj”.

El nieto de Gregory Peck se llama Harper en honor a la autora de “Matar a un Ruiseñor”.

 

 

No es de extrañar que el embrujo de esta obra, la autenticidad y luminosidad de los valores que representa, forjara un vínculo entre la gente que se involucró con ella, promocionando y apoyando a la autora primero, escribiéndola después y adaptándola más tarde. Porque si “Matar a un Ruiseñor” te empapa, es imposible que no te cambie, te deje indiferente, no te inspire. Así que es normal que ellos, para los que esta obra fue determinante (escritores, actores, directores), que se adentraron y sintieron como propia esta historia (lo era para algunos de hecho), crearan ese vínculo que duró toda una vida… como el influjo que la obra ha tenido en tantos millones de lectores y sucesivas generaciones.

 

sambo

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