EL CASCABEL

EL CASCABEL

RELATO

 

 

 

Mi padre siempre fue un gran aficionado al fútbol, quizá su gran pasión. Decían que era bueno, llegó a jugar en Segunda División. Centrocampista de buen toque y físico que se lesionó y tuvo que dedicarse a cosas más mundanas como el cuidado de un modesto negocio y el de su hijo.

Era un tipo muy tranquilo, afable. Hablaba con fluidez, pero siempre en un tono cálido, afectuoso, incluso cuando se entusiasmaba, que era muy a menudo cuando tocaba sus pasiones. Le gustaba ver los partidos en la televisión, cuando tenía libre. Su cerveza, algo de picar y su sitio fijo del sofá. Desde allí corregía a los de su equipo, recriminaba a los rivales, criticaba a los comentaristas y al árbitro, pero nunca perdía ese civismo que lo distinguía. Era una forma de expiar y aliviar su frustración, porque aunque ese comportamiento es común en buena parte de los aficionados, en los que aspiraban a algo más, en los que estuvieron allí, hay además un dolor atemperado que se mantiene a ras de piel.

Aquella rutina fue seduciéndome. Sólo prestaba atención a sus movimientos y comentarios, el sonido de la televisión me llegaba atenuado. El olor de la cerveza, el ruido del picoteo, sus movimientos bruscos que lo colocaban casi en equilibrio al borde del sofá cuando intuía una ocasión, sus gritos que se anticipaban al gol… Cuando fui creciendo le hacía preguntas sobre fútbol para que me contara todo lo que se le pasaba por la cabeza. No tenía fondo. Sus descripciones eran precisas y entusiastas, sus críticas era constructivas y la pasión que transmitía contagiosa.

Me gustaba ir con él a ver partidos. Al principio era sólo por la novedad, pero poco a poco me fue enganchando el ambiente. A mi padre le gustaba ver a los chavales, los conocía a casi todos. Comentaba las habilidades de unos y otros, así como sus defectos, en voz suave, casi para sus adentros. Todo fue adquiriendo cierto halo especial que me impulsaba. El olor del césped húmedo, el sonido de las botas golpeando al balón, las advertencias entre los jugadores y las quejas en las faltas… En los descansos me gustaba salir al campo y tumbarme bocarriba en la hierba, que casi siempre estaba fresca, y sentir el sol o la lluvia.

Fue justo después de una de esas mañanas viendo partidos, cuando cambié su vida sin pretenderlo. Jamás sentí decepción en él por ser una chica, de hecho me hacía partícipe de todo cuanto tenía que ver con el fútbol, pero también estoy segura de que jamás pensó que aquello fuera a convertirse en una afición a la que me quisiera dedicar. Por eso no olvidaré nunca aquellos segundos en silencio cuando le dije que quería jugar al fútbol.

“Pues si quieres jugar, jugarás”, me dijo.

Ni por asomo sospeché todo lo que estaba a punto de suceder por aquel sencillo deseo, de hecho no me enteré ni del proceso. Él comenzó a enseñarme los fundamentos básicos. Íbamos a una parcelita donde podíamos practicar. Me daba consejos e instrucciones, me explicaba cómo colocar el pie y determinados movimientos que debía automatizar. Aquellas tardes, cuando venía del trabajo, eran lo mejor del mundo. Había fines de semana que no íbamos a ver partidos para practicar más. Traía a algún amigo suyo para probar más cosas, sabedor de que nadie quería jugar conmigo.

Fueron unos meses geniales. Luego mi padre comenzó a ausentarse a menudo para planificar aquel proyecto que se le ocurrió tras mi petición, pero cada vez que tenía un rato entrenábamos como siempre.

Tenía una tiendecita de ropa deportiva que iba regular, pero daba para comer. Vivíamos en un piso bastante decente de cien metros cuadrados. Cuando le dije que quería jugar al fútbol alquiló la tienda, vendió la casa y se endeudó con el banco.

En verano del año siguiente abrió su pequeña academia deportiva. Era modesta y sin mucha variedad, pero acudió gente de muchos sitios para ver aquel lugar dedicado exclusivamente al deporte para invidentes.

Me sorprendió muchísimo la cantidad de chavales que, como yo, querían jugar al fútbol. Comencé a hacer buenos amigos, formamos equipos mixtos e, incluso, organizamos una liga.

Nunca olvidaré el día de mi primer partido. Iba equipada con todo accesorio habido y por haber. Mi uniforme azul, mis medias, mis espinilleras, mi brazalete de capitana… Estaba tan entusiasmada como nerviosa, aunque creo que mi padre lo estaba aún más. No paraba de recordarme cosas y darme consejos. Era la primera vez que me iba a ver en un partido oficial y quería hacerlo bien para él, que estuviera orgulloso. Mi padre era una de esas personas que deseas que crean en ti.

Aquel día metí mi primer gol. Se me daba muy bien conducir el balón cambiándomelo de pierna, sentía un placer especial haciéndolo y escuchando los cascabeles en mi vaivén. En un momento dado, sentí que tenía hueco para disparar, así que no me lo pensé. Le pegué con todas mis fuerzas. Fue un tiro lejano. El balón no debió girar, ya que no se oyó ningún cascabel en su vuelo hasta que golpeó en las mallas.

Aquel día de agosto tuve mi primer pequeño éxito, pero mi padre parecía haber alcanzado la gloria. Yo sólo podía imaginar cómo había sido el gol, pero él me lo describió paso a paso, haciéndomelo sentir aún más vívidamente que cuando lo marqué, como hacía cuando veía los partidos al borde del sofá.

 

 

sambo

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