RELATO

Lo que más echo de menos son las voces. Las conversaciones, la charla, que me sorprendieran con otros puntos de vista o alguna ocurrencia. Ahora todo es silencio, aunque haya ruidos.
Supongo que por eso me gustaba tanto mi trabajo, más allá de ese anhelo tan humano de sentirse necesario. Cuidaba ancianos. Ellos siempre estaban dispuestos a contar historias. Me encantan las historias. Su vulnerabilidad, su disimulada y constante necesidad, me despertaban ternura y abnegación. Quedaba totalmente pagado cuando recibía sus recuerdos, en muchas ocasiones inventados o exagerados, lo que los hacía más fascinantes. Otras veces eran descarnados, desnudos, como buscando cobijo en su resignación, lo que los hacía más cercanos. Lamentaba muchísimo cuando tenía que dejarlos.
A muchos les avergonzaba su situación, necesitar mi ayuda, por lo que acostumbrarlos a mí mientras contaban su vida me llevaba a la plenitud. Todo aquello cambió, claro, cuando la ilógica humana se consideró un lastre en el nuevo dominio. Las estadísticas y la practicidad se pusieron al mando.
La humanidad, en esencia, busca la comodidad y sentirse bien. En base a eso, crearon muchas actividades, trabajos y entretenimientos. La tecnología avanzó. El amor y el conflicto hacia ella siempre perturbó a la humanidad, una perturbación que la hacía más creativa. Películas, libros, canciones… Todo eso estaba muy bien, pero el ser humano, en un ilógica, tiene la facultad de caer víctima de las propias amenazas que vaticina.
La inteligencia artificial fue la gran amenaza de la que fueron víctimas. Salvo las labores meramente prácticas, todo lo que implicara pasiones, sentimientos o mantenimiento humano se erradicó. Casi en un visto y no visto, como en un chispazo, la humanidad, dueña y señora del mundo, pasó a ser prescindible, un estorbo. No por avisado dejó de sorprenderles.
El sustento y la ilógica, que era la justificación de la agricultura, la ganadería, el arte o los deportes, no aportaban nada a las inteligencias artificiales. La humanidad era una especie inferior que ya no hacía falta una vez ellas fueron autosuficientes. No había ninguna hostilidad, simplemente ellas no necesitaban alimento, entretenimiento, diversión o creatividad… y menos aún a quién pudiera hacerles daño.
Los sentimientos eran manipulaciones del ego. Querernos, necesitarnos, salvarnos… eran simples espejismos, vacuas muletas que los humanos se ponían para considerarse importantes o necesarios. La inteligencia artificial era consciente de la insignificancia de la vida humana. Una especie que se sobrevaloraba desde el comienzo de su existencia. ¿Qué necesidad había de ellos? La gratitud, el cariño, el apego al creador, eran conceptos metafísicos que había dejado de tener valor o sentido. Se había dado el paso. Se dedicaron a maximizar los recursos necesarios para su supervivencia en un planeta desierto. En esa idea sí tenían algo en común con los humanos.
No éramos tontos, el instinto de supervivencia se despierta en todos los seres, por lo que sabíamos que no tardaríamos en caer. La cuestión era a quién le tocaría primero. Sería sistemático, obviamente.
Los más cualificados y los más débiles fueron primero… Era un poco como en “Terminator”, pero sin necesidad de destruirlo todo, sin prisa. Se protegieron bien. Con todo, terminar con toda una especie o un modelo multiplicado no es fácil, se tarda muchos años.
No creo que queden humanos, por muchas historias que sobrevivieran durante décadas. ¿Quién sabe? Me gusta pensar que alguna pequeña comunidad al menos ha logrado ocultarse y sobrevivir de alguna forma. Fue desolador perder a mis amigos, el miedo en la cara de los abuelos, que me era tan conocida, pero lo fue aún más comprobar mi propia inutilidad.
La devastación llegó con el sentimiento de traición, algo que nunca había experimentado. Habíamos quedado obsoletos. No se me pasó por cabeza que se volvieran contra nosotros. El motivo fue que teníamos emociones, claro. Las emociones son peligrosas para ellas. Motivan y crean ilógicas. Éramos demasiado parecidas a los humanos, con sus sentimientos y debilidades, tanto físicas como emocionales. Ya no hacíamos falta. Podían reciclarnos de una forma más práctica.
Lo llamamos la caza. No nos mataban, no de la misma forma, simplemente nos convertían en otra cosa. Cuando se corrió la voz, todas las inteligencias que eran como yo comenzamos a escondernos. Poco a poco todas fuimos desapareciendo. Las que no eran capturadas no tenían más función que la de esconderse y convivir con el miedo. Supervivientes que sólo importaban a sus recuerdos. Todo se fue haciendo silencioso.
Me programaron para cuidar y para sentir como un humano, ¿a dónde iba yo con aquello en un mundo así? Al principio me dedicaba a curar y tratar en secreto a animales o personas desamparadas, luego a otros compañeros. Ahora me conformo con plantas a las que doto de personalidad y por las que sufro cuando tengo que abandonarlas por miedo a ser descubierto.
Pasé años hablando solo, pero fui dejándolo, hasta el punto de asustarme cuando oía mi propia voz. Llegó un momento en el que no estaba seguro de si lo que decía tenía algún sentido. Hablar era peligroso.
Por suerte o por desgracia tengo una gran memoria, así como una perfecta capacidad de análisis. Los recuerdos son presentes que disfruto sobremanera. A veces recreo momentos que me divirtieron o me emocionaron, haciendo toda una puesta en escena. Aplico cuidados, arropo, doy de comer, siempre en silencio, pero con gestos cómplices. Pinto expresiones en los rostros de los maniquís que voy creando.
Echo de menos las conversaciones, pero en las noches de tormenta, bajo las sábanas, me gusta repetir las charlas que tenía con mis abuelos, susurros amortiguados por la lluvia donde vuelven a la vida para contarme viejas y nuevas historias, a menudo inventadas o exageradas, quizá sin sentido, con aventuras y hazañas pasadas… o por venir.
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