ENAMORADO

ENAMORADO

RELATO

 

 

 

 

No quiero pasar página. Nadie puede obligarme a ello, ni siquiera su rechazo. Puedo ser perfectamente ese amante paciente. Uno de los que esperan. Siempre.

La amo y la odio. La odio porque no la odio de verdad. Es, simplemente, que duele saber que lo nuestro es imposible. Vivo dos vidas a medias que nunca forman una entera, sólo doblan la insatisfacción. Una vida anhelando, la otra que no me importaría olvidar. Desde que la vi, todo quedó definido por las risas que no le provoqué, los besos que no le di y las cosas que pudimos a hacer. Eso es todo.

Me conformo con lo que me da, aunque lo que me da me hace sufrir. En realidad, no tengo derecho a pedirle más. Siento que todo lo que tengo y todo lo que soy se lo debo a ella. Cuando me dedica su tiempo, es plenamente mía.

He compartido sus desesperanzas, su soledad, sus dudas, sus indecisiones y rectificaciones, sus pocas satisfacciones. Nunca ha reído mucho, pero no lloraba poco.

No me entendáis mal. No suelo ponerme tan intensito con los demás. Para ellos guardo mi pose calculadamente fría y varonil, un tanto displicente e indiferente, del que se sabe atractivo y deseado. No me cuesta, me sale solo. Creo que no he cambiado nada desde que tengo uso de razón. No es fingimiento, soy de esas dos formas y de varias más.

Mi look está bien definido. Elegante y deportivo. Musculoso, alto, moreno, pelo corto, ojos azules. Mucha camisa y pantalón entallados, americanas… Los tonos oscuros son los que más me gustan. Ella se apaña con sus pijamas, sus camisetas muy usadas, los pantalones amplios y cómodos, el pelo recogido. Siempre se acercó así, sin maquillar, de andar por casa, informal. Me encanta, lo reconozco. Nunca me han gustado las mujeres demasiado arregladas, aunque siento curiosidad por saber cómo estaría con un traje de noche.

En serio, tendríais que verla. Cualquier descripción se antoja absurda. Simplemente, imaginad lo que os hace sentir la mujer que más os gusta. Ella es tan real, tan auténtica, tan carnal.

Debe quedar claro que en todo esto el egoísta soy yo. Soy yo el que se niega a cerrar un capítulo que ella ni siquiera ha empezado a escribir. Soy yo el que está comprometido y el que quiere algo más. Ella siempre fue honesta conmigo, puso sus límites y el lugar en el que me quería y necesitaba.

Tengo dos críos. De seis y ocho años. Muy salados. La pequeña es muy mal hablada y descarada. El mayor es más serio, aunque le ha dado por llamarme Peter… No sé por qué.

Llevo casado casi una década. Me gusta mi pareja, como es y como soy con ella, pero no estoy enamorado. Tenemos una vida bastante satisfactoria. Viajamos, follamos con asiduidad, nos llevamos bien, pero lo abandonaría todo. Debería sentirme satisfecho, pero, ¿cómo puede uno estar plenamente satisfecho siempre? Necesitamos sentirnos satisfechos cada cierto tiempo, y para ello es imprescindible estar insatisfechos… de vez en cuando.

Y ella es mi insatisfacción permanente. Cuando la veo coquetear con otros, me consumo. Me consumo, aunque no coquetee. Paso meses esperando un detalle, una atención. Lo único que no puede evitar es lo que siento.

 

Muchos de mis compañeros de trabajo me dicen que soy un pelele en sus manos, que me hago daño absurdamente. Seguramente tienen razón, pero no acaban de entender que eso me da igual.

Me muevo por ella y para ella… No me reconocía hasta que la conocí. Hago lo que quiere, es cierto, pero es que disfruto haciendo aquello que no me gusta hacer cuando me lo dice ella. Os aseguro que lo paso mal cada día que no la veo. No me importa estar lejos de ella, si es ella la que me lo ordena, pero no saber es una tortura. Al menos, la otra media vida sirve para no caer del todo, supongo.

Hacía tres meses que no la veía. Atrapado en una maraña de recuerdos, ideas, expectativas y posibilidades. Mis compañeros decían que no sólo se había olvidado de mí, sino de todos, pero yo sabía que volvería. Es la persona que mejor me comprende, por mal que haga las cosas siempre logra redimirme.

No sabéis la alegría que me dio verla abrir las páginas de su cuaderno. Esa sonrisa señalaba que traía algo bueno. Quizá no para mí, pero sí para ella. Salir de la oscuridad y la incertidumbre gracias a ese bolígrafo me daba la vida. Sentía una tremenda curiosidad por saber qué quería que hiciera, qué le había impulsado a volver. Temía que me dañara, pero era un vértigo placentero. Me dejé llevar una vez más, cumpliendo sus órdenes sin contraprestaciones, hacia donde ella quisiera que fuera, deseando que alguno de esos caminos diera, por fin, fuera de aquellas páginas. Son los derechos del autor.

 

 

Relato Anterior

 

sambo

Leave a reply