Crítica DÉJAME SALIR (2017)

Crítica DÉJAME SALIR (2017)

JORDAN PEELE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ni sus responsables podían esperar el éxito y prestigio que alcanzaría su película entre crítica y académicos. Menos aún las nominaciones al Oscar que ha tenido, incluidas las de Mejor película y Mejor Director (hay que añadir otras dos para completar las cuatro nominaciones totales que tiene, al Mejor Guión y Mejor Actor Protagonista).

Cometí la imprudencia de ver el tráiler, pero es algo a lo que estoy condenado, si bien es cierto que no recordaba nada al ponerme a ver la película. Lo que sí recordaba era la breve sinopsis que había leído. Por una o por otra, a los 5 o 10 minutos de iniciarse la película sabía a grandes rasgos de qué iba y lo que sucedería, con ciertos matices y sorpresas de poca importancia que no podía adivinar. Quizá el ver mucho cine, quizá que las supuestas sorpresas de la propuesta no lo son.

 

 

Déjame salir” no es más que una revisión en clave racial de “The Wicker Man” (Robin Hardy), película de 1973 de la que Nicolas Cage protagonizó un remake en 2006 por el que le dieron hasta en el carnet de identidad, no sin razón. Esta en cambio les ha gustado a los académicos y tal… Esta ha caído en gracia, porque no nos engañemos, eso es lo que le ha pasado a esta cinta, que ha caído en gracia y ha sido rescatada de la condena del olvido y el usar y tirar al que se dirigen este tipo de productos habitualmente. A veces injustamente. Me alegra que valoren estos géneros al menos.

Una familia o secta de captadores, ya sea de hombres en general o de afroamericanos en particular, cada una por sus intereses, que donde en una teníamos una apología del matriarcado que expiaba los pecados del opresor heteropatriarcado, aquí tenemos un componente racial y económico, salpicado con un poco de “Adivina quién viene esta noche” (Stanley Kramer, 1967) y detalles frankensteinianos. También podríamos citar un capítulo de “Los Simpson”, ese donde la familia utiliza el flash de las cámaras de fotos para derrotar a unos robots en un parque de atracciones (aquí hace reaccionar a los atrapados afroamericanos en sus propios cuerpos)… O “Las esposas de Stepford” (Bryan Forbes, 1975).

Al esperar las sorpresas, se me hizo algo morosa la primera parte del film, si bien modula bien sus sugerencias inquietantes, esperando que llegara el momento de la resolución, por lo que tuve que ponerme en el papel de quién no conociera nada ni esperase dichas sorpresas para valorar lo mejor posible el trabajo en el análisis.

Hay aspectos muy bien elaborados e interesantes. El tempo está muy bien trabajado. Siendo una película corta, nunca se apresura, modulando bien la tensión, haciéndola crecer con acierto y sin recurrir a excesivos golpes de efecto. Sí es cierto que los episodios cómicos protagonizados por LilRel Howery, el amigo que trabaja en la seguridad del aeropuerto, con la intención de destensar, no pegan bien y restan impacto a la tensión creada.

Es un personaje curioso, a pesar de todo, ya que sus advertencias y suposiciones, en ese carácter paródico, casi dan en el clavo con todo (mención a la kubrickiana de 1999 “Eyes wide shut” incluida). Además queda claro desde el inicio, para el ojo experimentado, que será una posible salida para el muchacho protagonista cuando la cosa se ponga tensa.

La parte central del film es buen ejemplo de ese tempo bien modulado, con esa noche que pasa Chris en la casa de su novia, donde nadie parece dormir, ni el desvelado Chris (Daniel Kaluuya), ni los siniestros trabajadores negros, Georgina (Betty Gabriel) y Walter (Marcus Henderson), ni la propia Missy (Catherine Keener), la madre de la novia del protagonista, que permanece sentada en la oscuridad, esperando poder hipnotizar a alguien, generando la extrañeza necesaria y la atmósfera adecuada, con la culminante escena de la hipnosis (que parece funcionar con los cigarros), con esa hipnotizadora poco sensible pero eficaz, la desquiciante taza de té y la infancia traumática de Chris. Esto se encadenaría con la escena de la fiesta, que tiene uno de los planos más inquietantes del film, un excelente y escalofriante momento, quizá el mejor de la película, sin énfasis alguno, cuando Chris desaparece escaleras arriba y todos los invitados, que charlaban distendidamente, callan y miran hacia arriba, en dirección hacia donde marchó nuestro protagonista negro. También es interesante ver cómo los invitados observan en segundo plano con miradas curiosas al protagonista, aumentando la tensión sin enfatizar nada. Y es que, salvo algún susto o arranque sorpresivo, la película es bastante respetuosa con el espectador y los sobresaltos a traición.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El juego de los cebos y los ecos también funciona con bastante acierto. Esas menciones al abuelo y su derrota en el 36 contra Jesse Owens, la distraída mención al sótano cerrado, ese sutil plano en la terraza donde la madre choca una cucharilla en su te frío, justo antes de mencionar el tema del tabaco y la hipnosis, el mismo tema de los cigarrillos, el marchante de arte ciego, la mención al jiu-jitsu y la idea de ir varios pasos por delante, la misma primera secuencia del film (que contiene referencias a «El resplandor» de Kubrick con las menciones a un laberinto, a «La noche de Halloween» en la nocturnidad de ese vecindario, o «Tiburón«, en la amenazante presencia del coche blanco)…

Le costó superarlo”.

 

También hay un buen uso del segundo plano y el travelling, sobre todo de retroceso, dejando entrar elementos que hacen más inquietante la escena o el plano. Observen la primera secuencia, la entrada en plano del coche, el uso de los segundos planos con ese coche abierto y la aparición del misterioso encapuchado por la espalda… todo con muy pocos cortes. O la aparición de la doncella negra por la espalda y en la lejanía de Chris (Daniel Kaluuya), donde se usan los efectos de sonido un poco a traición para dar el sustillo. La aparición del «guarda” negro corriendo en la noche también es impactante con ese uso de la profundidad de campo, así como la nueva aparición ante la ventana de la doncella.

 

 

 

 

 

La casa de los Armitage es lujosa y apartada de todo, pero el piso de Chris, un fotógrafo de talento, no está mal.

 

Ejemplos de travelings de retroceso los tenemos en la cordial bienvenida, tomada en un plano a distancia, donde en el travelling de retroceso se termina incluyendo al guardián afroamericano de la finca. Una distancia que se mantiene dentro de la casa, donde sólo nos acercaremos en la arenga del padre, interpretado por Bradley Whitford, contra los ciervos.

 

 

 

También vemos ese travelling de retroceso en ese falso bingo que en realidad es una rifa y que nos va dejando ver la foto de Chris… El uso de la música, siniestra o distorsionada, enmarca perfectamente a esa siniestra y maquiavélica familia.

 

 

 

La metáfora con el ciervo también parece evidente desde el inicio. Peele juega a ese vínculo desde el accidente, con la mirada de Chis al mismo, herido en el bosque al impactar con el coche. A pocos debe caberles duda de que la perorata y arenga anticiervos del padre de la chica puede ser sustituida por una arenga “antinegros”… En la habitación donde permanece encerrado y atado, habrá una cabeza de ciervo justo enfrente de Chris, que utilizará como catarsis, clavándosela al padre. Una evidente identificación.

 

 

El subtexto racial es lo que ha dado su prestigio a la cinta, sin lugar a dudas. Y tiene ideas interesantes. Menciones a Obama y una especie de inquietante recreación de lo políticamente correcto en el tema interracial, donde los padres de ella, así como todos los blancos que aparecen, ofrecen una excesiva cordialidad, quizá sincera incluso, sin saber muy bien cómo comportarse ante alguien afroamericano, más allá de soltar tópicos. Una relación interracial donde él muestra sus miedos y de ella se recalca su carácter “no racista”, lo que la hace apestar a sospechosa al primer minuto…

No voy a dejar que nadie joda a mi chico”.

 

Juega hábilmente Peele con los estereotipos, procurando eliminar esas extrañezas que observamos junto a Chris, como que todos los trabajadores sean negros o sus inquietantes presencias. Pondrá en boca de Rose (Allison Williams), la novia de Chris, los comportamientos racistas de sus padres, recalcándolos (y haciéndola más sospechosa si cabe). Una vez sale el tema de la hipnosis, se nos encauza hacia esa idea con los afroamericanos que allí vemos, con sus extraños comportamientos.

 

 

Los personajes no pararán de elogiar a los afroamericanos (y ya se sabe que el elogio debilita, dicen). El padre con Obama como el mejor presidente que ha tenido, el hermano (Caleb Landry Jones) elogiando a Chris por su genética y cuerpo (que uno piensa que quiere hipnotizarlo para convertirle en la bestia que dice), los invitados con adulaciones y alabanzas de todo tipo (su tono de piel, su sexualidad…)… Todo esto desarrolla una idea más que interesante, sobre todo porque puede resultar sincero, los blancos valoran de verdad a los afroamericanos, hasta el punto de querer robarles sus corazas… Es una digievolución racista desde el estado del bienestar y lo políticamente correcto. Eternizarse y mejorarse cuerpo y mente a través de todo joven negro que logren captar.

 

 

 

 

 

 

Pero donde la reflexión alcanza su punto más brillante es en lo referido a los propios afroamericanos. Peele nos deja claro que no hay blanco de fiar, no se salva ninguno en la película, son todos malvadísimos, pero su mirada hacia los afroamericanos no es complaciente. Ni los propios afroamericanos creen que semejante maldad hacia ellos sea posible. Los policías se reirán de Rod, el amigo agente de aeropuerto de Chris; el propio Chris se creerá todas las excusas que le pone su familia política e incluso sospechará primero de los de su propia raza, por su rareza, que de cualquier otra circunstancia; Chris nunca se alarma, incluso Rose se lo menciona; la colección de víctimas de Rose es numerosa, es decir, ingenuos crédulos ante la maldad caucásica. Afroamericanos adormilados y acomodados en lo políticamente correcto, en esa sociedad del bienestar que dice aceptarlos e integrarlos… Ese mecanismo de control, con el uso de la hipnosis, la sustitución de la personalidad, se va haciendo evidente y está bien mostrado y desarrollado.

 

Esta tía está loca”. Es en relación a Chris y que sospeche antes de los de su propia raza, donde podemos encontrar sentido al peluche del león que gira en la mesilla, como si el instinto de supervivencia, la agresividad, la autodefensa natural, se hubieran perdido en ese estado de bienestar, suponiendo una condena. Recuerden la presentación del protagonista, con la crema de afeitar blanca, como si hubiera asumido ese falsario orden de cosas bajo apariencia de cordialidad, que esconde un puro racismo, como si se pusiera una máscara blanca donde se le acepta…falsamente. Me pregunto si ciertas ideas no tienen un componente racista en sentido contrario. Esta película al revés sería tachada de eso.

 

Es satisfactorio que cuando la película decide caer en su vertiente más pulp, violenta y sangrienta, lo haga sin complejos y sin concesiones, y además sin resultar vulgar o excesiva.

A parte de la previsibilidad, especialmente si conoces referentes, y la convencionalidad general de un thriller de terror al que su subtexto tampoco logra elevar donde pretenden hacernos creer algunos, tenemos ciertos defectos menores en la parte final.

 

 

La supuesta sorpresa que más se guarda es la naturaleza de Rose, la novia, pero es una evidencia que es la mayor villana de todas, no cabe otra resolución, por ello cuando se revela con las fotos que descubre Chris y su reacción con la llave, el impacto es básicamente nulo. Más divertido resulta el tema de la nueva identidad y cuerpo de los abuelos de la familia en esos misteriosos afroamericanos. Eso sí, es divertido verla comiendo chucherías con leche mientras escucha la banda sonora de “Dirty Dancing” (Emile Ardolino, 1987).

 

 

Ve a por él, abuelo”.

El uso del flash con el abuelo de Rose debería ser visto por ella, porque Chris lo usa a pocos metros de distancia, pero Rose parece no darse por enterada y cede su escopeta a su abuelo ante la posibilidad que podría darse… En cualquier caso, con la locura lanzada, tampoco nos vamos a quejar, por lo que es mejor elegir dejarse llevar por ese desenfreno y esas ocurrencias, sabrosas en algunos casos (es irónico y divertido, con un punto de maldad, que Chris creyese que su abuelo se sentía atraído por su nieta).

 

 

Una película entretenida que no es para tanto, ni mucho menos, y a la que una nominación como mejor película del año le queda muy grande. Respetos para el aceptable trabajo de Daniel Kaluuya, que también ha tenido nominación.

 

 

 

sambo

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