JUDAS Y EL MESÍAS NEGRO (2021)

JUDAS Y EL MESÍAS NEGRO (2021)

SHAKA KING

 

 

 

3/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta es la película para los Black Lives Matter. Película de venta ideológica siguiendo la corriente actual, protegida en defensas obvias y universales. Derechos humanos y demás. Una especie de drama, biopic, basado en hechos reales con toque de thriller con buenos y malos muy malos.

El cine estadounidense girando sobre sí mismo y desprendiendo originalidad por los cuatro costados… Otra cinta, basada en hechos reales, que coincide en puntos con otra de las nominadas, cosa sencilla si siempre se terminan tocando las mismas cosas, sobre el tema racial y los Derechos Civiles en los 60. Estamos en Chicago, en 1968. No, no es “El Juicio de los 7 de Chicago”, aunque sale algún personaje…

Esta está en clave de drama histórico con toque de thriller. Esos arranques de thriller son su mejor baza, si bien aparecen en exceso minimizados. Es obvio, además, que esta película salta en este momento porque se pretenden evidentes referencias con la actualidad, buscando un paralelismo entre el considerado gobierno fascista y racista de los 60 con la administración Trump y el movimiento Black Lives Matter.

En la película se plantea cómo el socialismo era la ideología que rescataría a la sociedad del totalitarismo capitalista. Movimientos con distintos líderes y posturas, pero aquí nos centraremos en Fred Hampton, un activista del que se temía se convirtiera en un mesías para la comunidad negra y todos los que defendieran la igualdad de derechos. Combatir el capitalismo con socialismo. Esto está muy bien, pero su exposición es errática, carente de matices, siendo una cinta histórica, obvia y torpe en su propuesta narrativa dogmática. Una crítica que termina por glorificar cosas más que cuestionables… Cosas de la postverdad. Ni los Panteras Negras era un benditos ni muchas de las cosas que hicieron merecen glorificarse, precisamente.

J. Edgar Hoover no podía permitir esto, por lo que todos sus esfuerzos se dirigen a evitar el surgimiento de ese posible mesías que podría ser Hampton.

 

 

Como otras de las nominadas este año, quizá hubiera funcionado mejor como documental, ya que hay algo que lastra el film continuamente, en exceso discursivo y expositivo.

Las referencias religiosas del título no son gratuitas, ya que se realiza un paralelismo obvio entre la historia de Jesucristo y la de Hampton.

Hay energía o, más bien, furia en lo referente a lo político y social, con mucho discurso vigoroso, que contrasta con el intimismo de lo personal, menos elaborado aunque bien mostrado.

Shaka King retrata aquellos convulsos 60 como un estado totalitario ante el que ciertos grupos luchaban, sosteniéndose en postulados socialistas como única vía saludable y posible. Una lucha por los derechos humanos, por la identidad, por la libertad, por derechos básicos, en un entorno y contexto opresivo.

Estado policial, totalitario, capaz de hacer de todo para evitar que su sistema se cuestione. Detenciones inventadas (a Hampton le metieron cinco años en la cárcel por robar helado); provocando miedo, usando torturas, informantes que acusan y asesinan acusando de traidores a miembros de las bandas vigiladas; falsas acusaciones; encierros injustos, torturas carcelarias o policiales; correos intervenidos; segregación y estado policial exclusivamente para los negros, como hacían los nazis con los judíos… Miedo.

 

 

Y violencia escenificada en diversas escenas. Tenemos las torturas a O’Neal, los asesinatos para encubrir infiltrados, el tiroteo a la sede del Partido Panteras Negras…

 

 

Todo ello personificado en J. Edgar Hoover (Martin Sheen). Racista, manipulador y dictatorial, defensor de un “modo de vida”, que aterra con sus veladas amenazas incluso a los propios. Un ser tenebroso y terrorífico que decide los designios de aquellos que le molestan sin muchas contemplaciones.

 

 

Religión

Hampton en la película es una especie de ser de luz. Un activista revolucionario, anticapitalista, socialista y llamando a las armas. Pero cualquier cosa que diga que sea un poco polémica se explicará diciendo que es metafórico, que no va en serio. Líder y presidente de los “Panteras Negras” en Illinois.

La palabra es bella, pero la acción es sublime”. Hasta cita al Ché Guevara o a Mao Zedong con su “Larga Marcha”, que como todo el mundo sabe eran unos benditos. ¡Menudos referentes!

Hampton es un referente, un mesías, claro está, y así lo entiende él, hasta el punto de sacrificarse por la causa cuando se hace evidente que van a por él. Renunciará a huir. Un mártir mitificado.

¿El partido gira entorno a mí o entorno al pueblo?

Cuando entregué mi vida a la causa dejó de ser mía”.

 

 

Como líder y mesías, querrá reclutar a un buen número de seguidores, además de tener a un grupo especial de discípulos, donde se incluirá el particular Judas. Hampton tratará de hacer un ejército revolucionario, de reunir la dispersión en la que se encuentran, aglutinando a los distintos grupos que, en realidad, defienden lo mismo… incluso blancos no racistas, “pueblerinos”, portorriqueños…

Hermanos oprimidos de todas las razas y colores”. La coalición arcoíris.

 

 

Hampton es un orador que entrega sus enseñanzas a sus discípulos. Allí los veremos como alumnos aplicados en sus clases. A O’Neal el primero.

El poder está en la gente”.

Estados Unidos está en llamas ahora mismo, y hasta que ese fuego no se extinga, nada importa una mierda”.

Fred Hampton (Daniel Kaluuya) será asesinado a los 21 años, como Mark Clark lo será a los 22. En la redada donde Hampton fue asesinado, la policía dio 99 disparos, por uno de los Panteras, que además fueron acusados de numerosos cargos, incluido el de intento de homicidio. Un ajusticiamiento por una traición y un mártir que asumió la pena por su causa. Muy a lo Jesucristo.

 

 

Tras su muerte, en el epílogo de la película, tendremos su legado. Los supervivientes de la redada y las madres de Hampton y Clark interpusieron una demanda en los 70 contra el FBI y la fiscalía por conspiración para asesinar a Fred. 12 años de pleitos. De los 47’7 millones demandados logaron 1’85. Madre e hijo siguen el legado paterno con los Panteras Negras, el hijo, de hecho, es presidente.

Puedes eliminar a las personas, pero no la idea”.

 

 

Y como colectivo son casi santos, como bien demuestra esa bronca que se echa a O’Neal, el afroamericano malo, por intentar ligar con una “hermana de armas”.

Cuando la policía destroce a base de tiros la sede de los Panteras Negras, O’Neal se escaqueará (con el peligro de descubrirse), pero esa sede será recompuesta con el trabajo de la comunidad.

La policía, que sería algo así como el imperio romano, intentará captar a un Judas para infiltrarlo en la organización de Hampton. Ese será Bill O’Neal (LaKeith Stanfield).

 

 

O’Neal es un tipo con recursos, se mostrará como un consumado actor y, en general, un tipo bastante despreciable. Lógico si debes evitar sospechas sobre ti.

Un maleante de poca monta que parece saber cómo funcionan las cosas por allí, haciendo trapicheos entre sus vecinos utilizando el símbolo del miedo. La placa. Lo cierto es que a pesar de sus recursos no se le verá muy hábil en su presentación…

 

 

Es un mentiroso y un liante, con bastantes recursos para salir de apuros y cierto carisma para camelarse a su entorno. No tardará en ser del núcleo duro de Hampton, su chófer.

 

 

O’Neal es el personaje más interesante del film. Un personaje ambiguo que está en una encrucijada de la que se ve incapaz de salir. La policía lo chantajeará, lo apretará y lo amenazará, el dará coches y dinero, pero a costa debe traicionar, mentir, manipular. En su periplo tendrá dudas, ya que el mensaje de su líder también cala en él. Se sentirá seducido, integrado en ese grupo. Él será la punta de lanza de la reconstrucción de la sede de los Panteras, con esa ambigua motivación…

Ese plano suyo, en la soledad de su habitación, con una gran fotografía donde sólo apreciamos su silueta, es muy simbólica. Un gran plano. Un ser desposeído de su personalidad y de lo que podría llegar a ser.

 

 

Una pesadilla escenificará su mala conciencia y su miedo a ser descubierto. También se marca un contraste entre él y Hampton, en una de las escenas finales, cuando le da de beber para dormirlo… En ella, con todos reunidos como en la Última Cena, veremos los pensamientos sobre el futuro de Hampton, su renuncia a huir y la tragedia por el presente de “la rata” O’Neal, nervioso y pesaroso por lo que va a hacer.

Por supuesto, tendrá sus 30 monedas, en este caso en forma de gasolinera además de dinero. 200 mil dólares.

 

 

William O’Neal se reivindicará como revolucionario. Estuvo infiltrado en los Panteras Negras hasta principios de los 70. Lo hizo en un documental estrenado el 15 de enero de 1990 (única entrevista dada), el Día de Martin Luther King. Esa misma noche se suicidó, como hizo Judas.

 

 

Jazz y thriller

Hay ciertos aspectos estilísticos que conviene destacar. El primero es el uso de la música, discordante, que genera una atmósfera amenazante y tensa muy conseguida, sobre todo en las escenas de suspense o tensión. Una estridente banda sonora. Un ejemplo lo tenemos en la presentación de O’Neal en la sala de billar. O en la escena en la que Hampton se reúne con los Crowns y O’Neal es reconocido por uno de ellos, con otro tono, con mucho bajo y percusión, en un pretendido suspense.

 

 

Este suspense se extiende en la escena siguiente, de buena atmósfera, en el coche, en una noche lluviosa, con las sospechas de sus compañeros y un bajo predominante. O’Neal tirará de recursos.

La dirección es bastante correcta, aunque convencional. Destaca, además de la música, una fotografía que tiene buenos aciertos, sobre todo en las escenas nocturnas (y algún plano mencionado, como O’Neal en su habituación a solas y a oscuras).

 

 

Las planificaciones de King son bastante clásicas. Un ejemplo. La escena donde O’Neal se reúne con el policía que interpreta Jesse Plemons en casa de éste (un actor que se ha colado en muchísimas películas de supuesto prestigio, de contenido político, con grandes directores, en roles secundarios). Planifica la conversación directamente en plano-contraplano (ya vimos uno general de la estancia antes de un inserto de la entrevista que dio para el documental), marcando la distancia de ambos. El agente tiene aire al lado izquierdo del encuadre, mientras que en O’Neal prima la frontalidad. El plano general llegará mediada la escena. De esta forma los pone de tú a tú, justo cuando el policía pone a la misma altura a los Panteras Negras y al Ku Klux Klan. Ambos siembran terror y violencia. O’Neal pedirá “algún tipo de compensación”, obviamente. En ese momento, O’Neal pierde esa geometría y aparece más aire a su lado derecho. Ambos terminan, de alguna forma, equiparados.

 

 

La escena de la redada es poderosa, de nuevo nocturna. La masacre y, en especial, la ejecución de Hampton desenfocada, con el rosto de Deborah en primer plano. Muy efectiva.

Es una pena que la parte romántica esté poco desarrollada, porque el concepto de su exposición está muy bien. Me gustan sus escenas.

 

 

 

 

Se marca un buen contraste entre los alegatos enérgicos de Hampton, largos discursos un poco cansinos, con la intimidad de las escenas del protagonista con Deborah (Dominique Fishback). Son muy interesantes varias de ellas. Una con discurso, tras su liberación de la cárcel, con las soflamas violentas, repetitivas, alargadísimas y demagógicas de Hampton encendiendo a la platea, en la que son significativos los planos a la mujer, contrastando con las palabras, consciente de la vida que se le viene encima con ese hombre. Y sobre todo con el bebé que vendrá.

 

 

En el bando de las íntimas tenemos la del primer beso. Muy bien modulada, con silencios y una cadencia sensual bastante acertada. Parlanchines, revolucionarios y muy tímidos. Luego tenemos otra, cuando Deborah manifiesta su miedo ante lo que pueda suceder llevando un hijo en su vientre. La rueda King en plano-contraplano, con ambos separados, para unirlos al final, una vez Hampton le pregunte si se arrepiente, cuando ella recita un poema.

Además, mientras ella recita, utilizará el montaje paralelo para el tiroteo donde Jake Winters (Algee Smith) asesina a un policía a sangre fría antes de ser tiroteado.

No me parece justo que ese sea su legado”.

 

 

Daniel Kaluuya, muy entonado, y LaKeith Stanfield, magnífico en su complejo rol, llevan el peso del film con seguridad.

Judas y el mesías negro” es una cinta correcta, irregular, con ciertos aspectos técnicos conseguidos, como la foto o la música, que peca de ser en exceso discursiva y expositiva, por lo que da la sensación de que funcionaría algo mejor como documental, que sube enteros cuando apuesta por el suspense.

 

 

sambo

Leave a reply