RELATO

 

 

 

 

Cómo aprendió José, nuestro patriarca ancestral, a leer era una historia recurrente en la familia. Se contaba de padres a hijos, entre hermanos o en noches de verano. La pobreza, el analfabetismo y cómo salió adelante gracias a un amigo. Una historia que ahora suena casi a fantasía pura, sobre todo porque eso del colegio y dar clases es algo residual.

La inserción de implantes a los recién nacidos tardó en imponerse, pero desde hace varias décadas todos los bebés, con escasas excepciones, tienen uno. Las actualizaciones según el funcionamiento, la capacidad y el desarrollo neurológico de cada persona tuvo lógicas reticencias iniciales, hasta que fueron siendo admitidas por sus beneficios prácticos en el progreso social y la maximización cognitiva del ser humano.

José no tenía medios. La familia era tremendamente pobre. No se plantearon escolarizarlo, ni a él ni a sus hermanos, que desde muy pequeños se vieron obligados a trabajar. Tenían mucha amistad con los Gallardo, otra familia. Nuestro patriarca sentía devoción por ellos, especialmente por el hijo mediano, que era de su edad. Eran uña y carne, lo hacían todo juntos. José tomó a Antonio, o Manuel, ya que la historia la hemos oído en mi familia con distintos nombres, como mentor. Sólo se separaron cuando escolarizaron al de los Gallardo.

Ese procesador neurológico acelera el desarrollo intelectual y cognitivo, dotando, en ese modo inicial simple, de conocimientos neutros e inmutables como la capacidad lectora, el conocimiento de tres idiomas o matemáticas básicas entre otras cosas, que cada individuo iría desarrollando a su ritmo. A esta implantación se la llamó “El Primer Día de Colegio”.

El patriarca José era un niño inquieto y curioso. Muy inteligente, todos sabían que trabajar la tierra no era su destino. Cuando terminaba su labor, iba a casa de Antonio y aguardaba en silencio a que éste terminara sus deberes. Se sentía intrigado por lo que su amigo hacía en el colegio, que le parecía sofisticadísimo, de gente superior y elevada, algo a lo que él no tenía acceso. Así comienza todo siempre, con la curiosidad. A los pocos días comenzó a preguntar.

A partir de los seis años, el procesador se actualiza con diversas materias, cada vez más complejas y en función de las capacidades mostradas por el individuo y que mejor se adecuaran a él. La “Especialización”. Todos los conocimientos sobre determinada actividad mecánica o intelectual se cargan en el procesador para su particular evolución. Como en un ordenador, se introducen distintos manuales homologados. Desde conducir un coche o pilotar un avión a todo lo concerniente sobre medicina o la carrera judicial. Se debe ser cauteloso con la cantidad de datos que se cargan, ya que en exceso provocan sobrecargas que pueden producir lesiones cerebrales. Por ello hay unos límites muy estrictos que no pueden excederse.

Antonio era un chico afable, servicial y tranquilo. Le encantaba pasar el tiempo con José. Aunque hizo amigos en el colegio, prefería pasar con él su tiempo libre. Cuando José mostró curiosidad por las materias que daba en el colegio, y que a él le aburrían bastante, todo cambió. José tenía una lucidez increíble, así que, sin darse cuenta, comenzó a hacer de profesor con un día de adelanto. Enseñó a José a leer, a sumar y a restar. Eso le servía a él de repaso y estudio. Las dudas que José planteaba le enfrentaban a cuestiones inéditas. Pronto fue Antonio el que preguntaba sus dudas a José. Los dos amigos crecieron juntos con una admiración y cariño mutuos que los acompañó hasta su muerte.

La “Especialización” provocó el surgimiento de movimientos contrarios que argumentaban que con ella se creaban robots, personas de pensamiento único fáciles de domesticar y manejar, ya que todos se desarrollaban en función de programas con materias homologadas. Esto, por supuesto, era discutible, sobre todo en lo concerniente a materias meramente mecánicas o basadas en datos que pudieran objetivarse. Se extendió la idea de que esos datos podían manipularse con intenciones ideológicas. Cuando se fueron incluyendo las materias liberales o las humanidades, muchos vieron confirmadas sus sospechas, ya que el pensamiento deductivo y reflexivo del desarrollo intelectual es puramente individual y objetivarlo supondría sesgo y manipulación. La única intención de objetivar esas materias, más allá de las fuentes originales, así como de determinar qué se incluía y qué no en dicho conocimiento, tenía que ser el control del pensamiento.

José se convirtió en un empresario exitoso y dio la mejor educación a sus hijos, que comenzaron una tradición de excelencia científica. Así llegó hasta nuestro tatarabuelo, que fue el creador del primer procesador neurológico. No se olvidó de Antonio, al que dio trabajo y procuró cuanto fue necesario para que tanto a él como a su familia no le faltara de nada.

Comenzó a limitarse la libertad de elección. La gente no podía elegir las materias que les cargaban, sino que la elección se hacía en función de sus capacidades genéticas y carácter, buscando un beneficio social que decidían especialistas. Así se creó una sociedad monocorde con muy pocas voces discrepantes. Los colegios fueron desapareciendo y el magisterio fue sustituido por guías técnicos que revisaban el buen desarrollo del individuo tras una nueva descarga, que solían realizarse hasta los dieciocho años, si bien, posteriormente, podía añadirse alguna más.

Aunque el legado de nuestro patriarca José no hizo sino agrandarse con las sucesivas generaciones, llegando a ser todo un imperio gracias a la patente del procesador neurológico, nunca nos desmarcamos de la educación tradicional. No teníamos necesidad y valorábamos mucho nuestra libertad e independencia. Por eso, nadie en la familia se ha implantado el procesador.

Hoy le he contado la historia de nuestro patriarca a mi hijo. Una tradición antes de dar las primeras lecciones. Es su primer día de colegio. Voy a enseñarle el abecedario.

 

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