UN BUEN TRABAJO

UN BUEN TRABAJO

RELATO

 

 

 

Fue despertándose, recobrando el sentido, levantando los ojos con esfuerzo. Había quedado inconsciente y seguía aturdido, sin acertar a definir pensamientos aún.

Poco a poco fue recuperando la consciencia. ¿Qué día era? ¿Dónde estaba? Abría los ojos en fugaces secuencias sin fijar la mirada en ningún sitio, atisbando retazos intermitentes de desconocidos objetos. Fue percibiendo las primeras sensaciones, olores y sonidos quedos. Aquella modesta estancia parecía una especie de sótano. Vio unas ventanas alargadas y estrechas en la parte alta. La iluminación era tenue. Olía sutilmente a humedad. Oía el rumor de alguien distraído en sus quehaceres en algún lugar indeterminado…

Bajó su mirada y observó su prominente tripa culminada por su gracioso ombligo. Estaba desnudo, aunque le tapaba una desamparada sabanita. Empezaba a sentir un poco de frío. Se encontraba incómodo, algo dolorido, con las extremidades rígidas, la boca reseca y anquilosada… El cuerpo parecía pesarle una tonelada y notaba que las fuerzas le habían abandonado al intentar moverse.

Seguía confuso y atolondrado. Era evidente que la noche anterior le habían drogado, por eso le estaba costando situarse, recordar, aclarar sus ideas, desperezarse de ese extraño desconcierto que le entumecía el entendimiento.

Aquella no era su casa, ni su cama, nada le resultaba familiar y sus intentos por recordar lo acontecido la noche anterior resultaban infructuosos. Haciendo un gran esfuerzo, procuró incorporarse, pero algo tiró de él… Tenía las manos maniatadas a la cama. También tenía las piernas atadas. Forcejeó un poco, pero las ataduras no cedían. Intentó decir algo, pero su boca estaba amordazada…

Cuando la impotente resignación lo convenció, se hizo el silencio. Recordó que había sentido la presencia de una persona allí. Aguzó sus sentidos para localizarla. Sintió cómo se levantaba y andaba con sigilo a su espalda, acercándose a él.

Una atractiva mujer rodeó la cama con indiferencia, sin mirarlo. Se dirigió a una estantería situada en el frontal de la parte derecha. Allí trasteó un rato con varios objetos, como buscando algo sin mucha prisa. Él la observaba con atención, intentando apresar recuerdos que se escabullían traviesos. Le sonaba mucho esa mujer, pero no conseguía retenerla en un contexto. Empezó a temer lo peor, por lo que volvió a entrar en histeria, tratando de zafarse de los nudos.

Tras un breve momento, la chica se volvió y se dirigió hacia él. Aquel hombre se detuvo y contuvo el aliento, expectante. Al sentarse a un lado de la cama le lanzó una verde mirada sonriente y guardó silencio unos instantes.

–Necesito este trabajo, ¿sabes? – le dijo, mientras bajaba la vista para acariciar una foto que sostenía en las manos.

Él empezó a recordar. Aquella era la chica con la que había estado charlando en el bar la noche anterior. Los recuerdos empezaban a recomponerse esforzadamente en su cabeza. Lo estaban pasando bien, pero no lograba acordarse de qué sucedió posteriormente…

Aunque no había sido nunca especialmente promiscuo, sí que había tenido algunas aventuras amorosas en el pasado. Sabía perfectamente que no era atractivo, pero ser tan conocido y venerado abre muchas puertas y montones de camas.

–Tengo una hija. Necesito el dinero. Es esta –le dijo, levantando la vista con una encantadora sonrisa entre tímida y orgullosa mientras le enseñaba la foto enmarcada.

La mujer hizo caso omiso a los intentos de hablar del aquel hombre amordazado. Cuando cesó en sus quejidos se resignó a contemplarla, fascinado, asustado y curioso, con toda su atención. En un fogonazo de lucidez, creyó comprender lo que había ocurrido y lo que pretendía aquella mujer…

– Creo que puedo hacerlo muy bien, incluso mejor que tú. Llevo mucho tiempo preparando esto. Nadie se enterará de que soy una mujer… al menos por el momento –añadió con una leve e intencionada sonrisa.

Se puso de pie y dejó que disfrutara de su espectacular figura por un momento. Él volvió a emitir sonidos apagados por la mordaza, pero ella se llevó suavemente un dedo a los labios para que guardara silencio. Se volvió y, con relajado paso, se acercó al armario.

Cuando comenzó a sacar las prendas se dio cuenta de que aquella era su ropa de trabajo. Su amplio pantalón y su chaqueta roja, su gorro con la borla blanca… ¿Cómo las había conseguido? Metió todo en aquel saco que también era suyo. Cuando terminó lo lanzó cerca de la puerta.

–La ropa no me va a quedar tan bien como a ti, por lo que tendré que usar rellenos este año –dijo con una sonrisa que ahora tenía un tinte perverso.

Al volverse observó que la mujer tenía un arma en la mano. La foto de su hija en la otra. Él trataba de lanzar atropelladas súplicas y disculpas desconcertadas, pero chocaban con aquella barrera infranqueable que tenía en su boca, hasta que sólo quedaron gemidos… La voz monótona y pausada de ella se escuchó por última vez.

–Sí, creo que lo haré mejor que tú. Tú nunca venías. Tú nunca vienes. Esta Navidad mi hija va a tener regalos por fin.

En ese momento, su dulce rostro cambió y se tornó decidido y duro. Apuntó con seguridad y le metió una bala entre ceja y ceja.

 

 

sambo

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